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Sin humanismo no hay medicina digna

Desde 2004, el 12 de julio es en la Argentina el Día Nacional de la Medicina Social, en homenaje a todos los profesionales que se desempeñan en esa faceta de la salud pública. La fecha se eligió para recordar especialmente al célebre cardiocirujano René Favaloro, quien precisamente naciera un día como hoy pero de 1923. A propósito, la Declaración de Principios de la fundación que instituyera, proclama honestidad, trabajar con pasión, esfuerzo y sacrificio sin límites.


Difícilmente pueda cuestionarse que el médico se tomara muy en serio sus postulados. Como se recordará, dejó de existir el 29 de julio de 2000, cuando contaba 77 años de edad, después de suicidarse. Por las misivas que dejó, se supo que la situación financiera de la entidad tuvo mucho que ver con su drástica determinación. Por entonces, maduraba la crisis económica que estallaría a fines del año siguiente y que en 2002, arrojaría a la pobreza al 57 por ciento de los argentinos.

Tanto tiempo después, aún perturba asomarse a su estado de ánimo: “estoy cansado de luchar, luchar y luchar, galopando contra el viento, como decía don Ata. No ha sido una decisión fácil, pero sí meditada", expresó en una de las cartas. Precisamente con vocación comunitaria, Favaloro había fundado la entidad en 1975 con el ánimo de realizar investigación y docencia. En tanto, en 1992 formalizó el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular, con la “asistencia, la docencia y la investigación”. Sus pacientes sin recursos económicos llegaron a significar el 30 por ciento.

Por medicina social se entiende a aquella que procura entender cómo las condiciones sociales y económicas impactan en la salud y enfermedad. Asimismo, procura fomentar condiciones para que la comprensión sobre el tema pueda conducir a una sociedad más sana. Las inquietudes en este sentido comenzaron a registrarse a escala global a principios del siglo XIX, cuando la Revolución Industrial y el consiguiente aumento de la pobreza, hicieron estragos en la salud de los trabajadores y sus familias. Las primeras organizaciones de asalariados llamaron la atención sobre los efectos que las nuevas condiciones de trabajo provocaban en la salud de los menos favorecidos.

Los principales exponentes actuales de la medicina social asumen su importancia creciente y critican a la investigación científica predominante porque la encuentran “des-socializada”. La acusan de interesarse sólo por cuestiones biológicas “cuando de hecho las preguntas deberían de ser de índole bio-sociales”. El pensamiento sanitario general afirma que en el origen de las enfermedades inciden la biología, la genética y los hábitos o conductas personales. La medicina social admite su importancia, pero considera que juegan un papel relativamente menor en la producción de la enfermedad, en comparación con los conflictos económicos que existen al interior de cada sociedad, al igual que ciertas creencias culturales. Se habla entonces de los “determinantes sociales de la salud”.

En cuanto a Favaloro, en una de las últimas conferencias que dio, resumió el “decálogo del buen médico”, al que integró con estos postulados: la historia clínica está por encima de cualquier avance tecnológico; todos los pacientes son iguales; el trabajo es en equipo; máximo respeto al médico de cabecera; cobrar honorarios modestos; hacer docencia e investigación; prevenir y estimular la vida sana; no perder el humanismo; abogar por la paz y el último pero no menos importante, el optimismo tiene efectos biológicos.

Más o menos se conocen sus hazañas en el ámbito de la cardiología, pero recordemos que a su preparación profesional la inició en el Hospital Policlínico de La Plata, donde se recibían los casos complicados de toda la provincia de Buenos Aires. Inclusive, Favaloro vivió en el hospital durante los dos años de su residencia. Se graduó en 1949 e inmediatamente se produjo una vacante para médico auxiliar, puesto al que accedió en forma interina.

Al poco tiempo, junto a su hermano Juan José, empezaron a trabajar en un centro médico del ámbito rural pampeano, integrándose muy pronto a la sociedad que atendían. Durante los años en que permanecieron en la localidad de Jacinto Aráuz, fundaron un centro asistencial. Como consecuencia de su tarea, desapareció la mortalidad infantil de la zona, se redujo la cantidad de infecciones en los partos y la desnutrición, crearon un banco de sangre con donantes y realizaron charlas comunitarias en las que enseñaban métodos para prevenir enfermedades.

Entre otras sentencias que dejó para la posteridad, aseguró que “la medicina sin humanismo médico no merece ser ejercida”. Con esa convicción, en 1967 concretó su primer by-pass en la Cleveland Clinic de Estados Unidos, cuya técnica cambió el concepto de cardio-cirugía. Fue el primero en llevar adelante en nuestro país un trasplante de corazón y aplicar técnicas quirúrgicas que se utilizaban mundialmente. Que sigan su ejemplo los profesionales de la salud.

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