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La desertificación debe estar en la agenda pública

El concepto de desertificación hace referencia a la degradación de la tierra en las zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas, que obedece, sobre todo, a la actividad humana y a las variaciones climáticas. En ocasiones, confundimos a la desertificación con el avance de los desiertos pero, en realidad, se debe a la vulnerabilidad que presentan los ecosistemas de zonas secas, a la que suman la sobrexplotación y el uso inadecuado de la tierra.

Las zonas secas representan un tercio de la superficie de la Tierra. La pobreza, la inestabilidad política, la deforestación, el sobrepastoreo y las malas prácticas en materia de riego afectan negativamente a la productividad del suelo. Alrededor de 250 millones de humanos sufren, de manera directa, los efectos de la desertificación, mientras que unos 1000 millones se encuentran en las zonas de riesgo que se reparten en más de 100 países. Entre ellos, la Argentina.

Para la Convención de Naciones Unidas de Lucha Contra la Desertificación (UNCCD, por sus siglas en inglés), las zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas ocupan el 41 por ciento de la superficie planetaria y, en esos espacios, habita el 38 por ciento de la población. Para el caso argentino, las tierras de esa índole representan el 75 por ciento del territorio. En consecuencia, el país es uno de aquellos con mayor superficie en riesgo de sufrir procesos de degradación del suelo.

En la víspera (17 de junio), se conmemoró el Día Mundial para Combatir la Desertificación y la Sequía con el fin de generar conciencia sobre la problemática y las iniciativas internacionales que están en juego para combatirla. La intención es recordar que se puede neutralizar la degradación de dichas tierras mediante la búsqueda de soluciones, con una firme participación de la sociedad y cooperación en todos los niveles.

En su edición 2017, la jornada analizó la relación que existe entre la degradación de la tierra y la migración. Ocurre que, entre otras, la degradación medioambiental, la inseguridad alimentaria y la pobreza son causas de la migración y de varias dificultades para el desarrollo. Entre 2000 y 2015, el número global de migrantes aumentó de 173 a 244 millones de personas.

Uno de los objetivos en la lucha contra la desertificación es fortalecer la resiliencia de las sociedades frente a las múltiples dificultades que obstaculizan el desarrollo, mediante la gestión sostenible de la tierra. La efeméride resulta propicia para recordar la importancia que tiene el suelo en la producción de alimentos y en la generación de empleo, al igual que su contribución a la sostenibilidad, estabilidad y seguridad en las zonas que, precisamente, se ven afectadas por la desertificación.

La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible afirma que “estamos decididos a proteger el planeta contra la degradación, incluso mediante el consumo y la producción sostenibles, la gestión sostenible de sus recursos naturales y medidas urgentes para hacer frente al cambio climático, de manera que pueda satisfacer las necesidades de las generaciones presentes y futuras”. Específicamente, el Objetivo 15 recoge la determinación de la comunidad internacional ante la necesidad de detener y revertir la degradación de la tierra.

En la Argentina funciona el Observatorio Nacional de la Degradación de Tierras y Desertificación porque el país tiene la responsabilidad de gestionar un porcentaje importante de las tierras secas del planeta. Hace aproximadamente un cuarto de siglo, desde diversas reparticiones estatales se trabaja con el fin de neutralizar la degradación de la tierra, mediante el abordaje de los procesos de erosión y desertificación.

De más está decir que la problemática resulta del todo preocupante en las tierras áridas y semiáridas de la Patagonia. En los ecosistemas que aparecen más vulnerables ante la problemática, la actividad humana más extendida es la ganadería extensiva sobre pastizales naturales. El aumento de las condiciones de aridez y el deterioro de nutrientes lleva a una disminución en la fertilidad de los suelos, situación que provoca una menor productividad de los pastizales con sus secuelas en la producción ganadera.

Investigadores argentinos establecieron que las regiones más afectadas son las semiáridas que, como resultado del cambio climático, experimentan mayores condiciones de aridez. Sin embargo, la evidencia disponible demuestra que el aumento de la aridez no es uniforme en todas las regiones: mientras algunas zonas sufren de manera más evidente, otras no acusan recibo e incluso otras aparentan tornarse más húmedas.

Es el caso del norte de la Patagonia, donde algunos modelos climáticos acusan escenarios en los que podría registrarse un ligero aumento de las lluvias, sobre todo en verano y otoño. Pero los mismos esquemas prevén incrementos en las temperaturas, lo que implicaría más evaporación ambiental y, como resultado, más aridez. En definitiva, el combate contra la desertificación debería tener un lugar en la agenda pública que aún no posee.

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