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¿Para qué la política si no es para “hacer feliz al pueblo”?

En nueve días se estará celebrando un nuevo aniversario de la Revolución de Mayo, un tanto lejos de la exaltación que se vivió siete años atrás en ocasión del Bicentenario. Además, el gobierno actual no parece el más sensible a términos como “patria” o “pueblo”. Más bien, su idiosincrasia se entronca con la de aquellos que narraron una versión un tanto edulcorada de la historia, como para que ningún sector poderoso se sintiera incómodo con el relato.


Por ejemplo, el perfil que todavía más se difunde de Manuel Belgrano, es el que entregó la corriente liberal de la historiografía. Allí está la “Historia de Belgrano”, de Bartolomé Mitre. El fundador de “La Nación” se cuidó de “editar” convenientemente la trayectoria del prócer, para que más o menos encajara en la línea Mayo-Caseros-Pavón. Es decir, centralistas-unitarios-liberales.

Pero si se ve un poco más allá, se verá que el vencedor de Tucumán y Salta no cuadraba del todo en el ideario de quienes a partir de 1861, impusieron su visión al resto de las provincias. En verdad, Belgrano no tenía nada de inmaculado -hasta hijos “naturales” aportó a la población de las Provincias Unidas-, sí era muy abnegado y su trayectoria se llenó de gestos éticos, pero además poseía una doctrina muy clara, inspirada en determinadas ideologías.

Belgrano pensaba en política y no sólo en símbolos. “El vestido de los héroes de la Patria, (es) siempre tirados y siempre en trabajos y poco menos que desnudos”, escribió. La descripción hacía mención a sus compañeros de armas. Eran los anónimos, los protagonistas de la historia, los que combatían en el interior del país por una nación americana. Estaba cargado de ideas y por llevarlas a la práctica fue que luchó.

El 15 de julio de 1810 escribió los nueve puntos básicos para la Primera Junta de Gobierno. Era necesario un plan que “rigiese por un orden político las operaciones de la grande obra de nuestra libertad”. La realidad del país era desoladora: “inundado de tantos males y abusos, destruido su comercio, arruinada su agricultura, las ciencias y las artes abatidas, su navegación extenuada, sus minerales desquiciados, exhaustos sus erarios, los hombres de talento y mérito desconceptuados por la vil adulación, castigada la virtud y premiados los vicios”.

Los nueve puntos de Belgrano sirvieron de base para el Plan de Operaciones de Mariano Moreno, secretario de la Junta. En agosto de 1810 fue el segundo, a sugerencia de Belgrano, el encargado de redactar el programa político y económico que bajara al papel el “delirio” de aquellas 162 personas que habían decidido ensayar un camino autónomo. A esos postulados, “el gobierno provisional de las Provincias Unidas del Río de la Plata debe poner en práctica para consolidar la grande obra de nuestra libertad e independencia”. Como puede advertirse, en este caso no había dudas ni máscara de monarca alguno.

Moreno definió la revolución como un proyecto sudamericano: “el sistema continental de nuestra gloriosa insurrección”. Para el secretario era necesario modificar la estructura social: “tres millones de habitantes que la América del Sud abriga en sus entrañas han sido manejados y subyugados sin más fuerza que la del rigor y capricho de unos pocos hombres”. Moreno sabía que los privilegios debían ser suprimidos si en verdad se quería crear “una nueva y gloriosa nación”.

Ambos hablaban del Estado como herramienta de redistribución del ingreso. “Qué obstáculos deben impedir al gobierno, luego de consolidar el Estado sobre bases fijas y estables, para no adoptar unas providencias que aun cuando parecen duras para una pequeña parte de individuos, por la extorsión que pueda causarse a cinco mil o seis mil mineros, aparecen después las ventajas públicas que resultan con la fomentación de las fábricas, artes, ingenios, y demás establecimientos en favor del Estado y de los individuos que las ocupan en sus trabajos. Si bien eso descontentará a cinco mil o seis mil individuos, las ventajas habrán de recaer sobre 80 mil o 100 mil”.

La idea era “hacer feliz al pueblo” a través de un Estado que dirigiera sus políticas en favor de las mayorías. Un Estado que pensara en el mercado interno y fuera proteccionista desde la perspectiva comercial. “Se pondrá la máquina del Estado en un orden de industrias lo que facilitará la subsistencia de miles de individuos”. Además, el objetivo “será producir en pocos años un continente laborioso, instruido y virtuoso, sin necesidad de buscar exteriormente nada de lo que necesita para la conservación de sus habitantes”. ¿Se entiende por qué aún hoy llega a las aulas una versión pasteurizada de Belgrano?

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