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No excluir a los pueblos de la historia

El combate de San Lorenzo es uno de los hechos de armas más celebrados por la historiografía liberal, a tal punto que tiene su propia marcha. Como contrapartida, batallas decisivas para la libertad de las Provincias Unidas del Sud como Maipú o Ayacucho, aparecen en segundo plano o ni se tuvieron en cuenta a la hora de construir los relatos históricos más difundidos. Si bien no faltan los hechos gloriosos en la trayectoria patria, no se parecen demasiado a las narraciones que tenemos como verdaderas.

Aquel 3 de febrero no se enfrentaron miles de hombres, sino menos de 400 en ambos bandos y durante apenas 15 minutos. Además, la canción pone de relieve el carácter libertador de San Martín, aunque el enfrentamiento fue el único que lideró en el actual territorio argentino. Más bien, nos parece que sus jinetas de héroe se las ganó en Chile y en Perú. El cuento sostuvo que el triunfo que se obtuvo en 1813 fue tan contundente que jamás los realistas volvieron sobre los pueblos ribereños. Esa aseveración es una burda mentira, porque “la acción de San Lorenzo no fue suficiente para impedir nuevas incursiones”, según admite la Academia Nacional de la Historia. Historiadores regionales pudieron demostrar que el 18 de agosto de 1813 los soldados de la corona protagonizaron una nueva incursión sobre la costa de Tigre y el 22 de agosto hicieron otro tanto sobre el actual San Fernando.

La mayoría de la gente supone que los protagonistas exclusivos de San Lorenzo fueron los famosos 120 granaderos. Pero también tomaron parte milicianos santafesinos a las órdenes de Celedonio Escalada, columna que se integraba con aproximadamente 100 hombres. Si bien San Martín no dice nada en su primer parte sobre su actuación, en uno posterior se refiere a “la actividad y celo de los jefes milicianos”. Algunos estudios afirman que en realidad, las hostilidades se iniciaron cuando los santafesinos cañonearon a los invasores y luego simularon un repliegue para propiciar el avance realista y así, favorecer la carga de los granaderos. Además, la participación de la milicia consta en los partes de los oficiales enemigos. Detenerse en la documentación oficial del adversario, puede echar nueva luz sobre los sucesos.

Como solemos decir, el proceso de las Provincias Unidas del Sud no perseguía todavía la independencia de España. Más bien, se trataba de la contienda entre un ideario monárquico y absolutista contra otro democrático y republicano. Por eso, no puede catalogarse al de San Lorenzo como un triunfo “argentino”. Ninguno de los granaderos o milicianos se lanzó al combate al grito de “¡Viva la Argentina!”. Un efectivo realista que cayó prisionero, escribió: “El comandante Escalada, con sus milicianos, ocupó el centro de las fuerzas mandadas por San Martín. Al grito de

‘Viva el rey’ dado por el jefe de las fuerzas realistas, contestó con ‘Viva la Revolución’, produciéndose inmediatamente el encuentro”.

Al rescatar justeza, también hay que poner en duda la letra de otra marcha que hemos cantado en las aulas, aquella que dice: “Aquí está la bandera que un día / en la batalla tremoló triunfal / y llena de orgullo y bizarría / a San Lorenzo se dirigió inmortal”. Es otro cuentito: ni los granaderos ni los milicianos santafesinos pudieron llevarla porque a esta altura de 1813, las autoridades todavía no habían decidido adoptar enseña propia...

Apunta Vicente Fidel López que “en el ejército de la capital no se habían usado, hasta fines de 1814, más bandera que las españolas (...)”. José Luis de Imaz aportó que “salvo la batalla de Salta ninguna de las batallas por nuestra independencia, libradas en el actual territorio argentino, se hizo enarbolando nuestra bandera”. Al parecer, los granaderos concurrieron a su bautismo de fuego sin enseña alguna.

Una última sorpresa sobre San Lorenzo. Se nos enseñó que al entregar su vida, Juan Bautista Cabral murmuró: “muero contento, hemos batido al enemigo”. Hay que pensar que al salvarle la vida a su jefe, el granadero ya estaba herido de bala y que al recibir la estocada del enemigo, es más probable que hubiera mandado al infierno a su agresor. En general, se pierde la dimensión humana de los que allí y en otros momentos decisivos estuvieron. Cuando sus compañeros fueron a socorrerlo, dijo Cabral: “Déjenme, compañeros. ¡Qué importa la vida de Cabral! Vayan ustedes a pelear que somos pocos”. Recién dos horas después habría pronunciado la frase célebre. Pero en guaraní, porque ese era su origen. Los granaderos jamás se conformaron con los hijos de la aristocracia de Buenos Aires, sino con las expresiones más vitales del pueblo de las Provincias Unidas.

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