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Los monocultivos siempre son perniciosos

Al momento de redactar estas líneas, el mega-incendio que todavía asola la zona central de Chile recogía 3.782 damnificados, con 160 evacuados y la destrucción de 1.025 viviendas. Además, 1.151 personas permanecían en calidad de “albergados”, es decir, en moradas de familiares o amistades. La gran prensa chilena sobredimensionaba la actuación de un gran avión ruso, vedette en la lucha contra el fuego, como manera de esquivar las cuestiones de fondo.


Pero ya son muchos los chilenos y chilenas que desconfían de la desinformación mediática. Ayer mismo, comenzó a circular una declaración pública que suscribieron 110 organizaciones de diversos orígenes y trayectorias para exigir el fin del modelo forestal. El pronunciamiento también manifestó la necesidad de finalizar con las políticas públicas y fiscales que beneficiaron durante décadas -directa o indirectamente- a los grupos empresariales que aparecen como responsables de la devastación y de la crisis hídrica que señorea en el centro y sur del vecino país hace años.

El “caso” chileno ilustra sobre las consecuencias que más temprano que tarde, pagan las economías que se vuelcan a los monocultivos, en este caso, de plantaciones de árboles. La catástrofe que todavía se desarrolla al otro lado de la cordillera no tiene que ver con la naturaleza -tampoco las inundaciones y sequías del lado argentino- sino con la expansión desmedida del modelo industrial forestal.

En los hechos, su predominio implica en la actualidad la presencia de tres millones de hectáreas, en las que sólo pueden encontrarse pinos y eucaliptus. Las plantaciones provocan en múltiples localidades crisis hídrica y resequedad en los ambientes, empobrecimiento de los territorios, desplazamiento de la población rural y pérdida de la soberanía alimentaria. Elementos todos que pueden encontrarse también en la Argentina, donde la extensión del modelo sojero se llevó todo por delante.

Si bien el ojo de la tormenta está en zonas relativamente lejanas a Bariloche, los vecinos de esta ciudad que cruzan periódicamente la cordillera saben de la pérdida del bosque nativo, porque está a la vista apenas se sale de los parques nacionales chilenos y se viaja por ejemplo, hacia Valdivia. Con la destrucción de los ambientes boscosos originales, también se retiran el resto de la flora y la fauna, se alteran los ecosistemas y los humedales.

De ahí que los fuegos se propaguen tan rápidamente y sin encontrar obstáculos naturales. Como contrapartida, del modelo industrial forestal sólo se beneficiaron dos grupos económicos que además, embolsaron beneficios fiscales por más de cuatro décadas. La legislación que amparó la destrucción ambiental de buena parte de Chile y tamaña concentración económica, todavía permanece incólume, más allá de las alternancias gubernamentales.

Ante la fuerza incontrastable de la evidencia, se alzan voces en el vecino país para finalizar con el modelo forestal, porque condujo al conjunto de la sociedad al abismo que está a la vista, además con la participación necesaria de redes de corrupción. Irrita particularmente que año tras año, el fisco chileno apuntale los costos de producción de los grupos económicos, al aportar investigaciones desde las universidades públicas, sostener brigadistas para contener los incendios o reconstruir infraestructura vial ante la destrucción que provoca el alto tránsito de camiones.

En el sur del país, se cuentan por decenas y quizá centenas los conflictos que surgieron ante la voracidad de las forestales por las tierras vecinas de campesinos o comunidades indígenas. Además, corre por cuenta del Estado la distribución de millones de litros de agua en las zonas que más padecen la crisis hídrica, en coincidencia con las áreas de mayor concentración forestal. Mientras, se impulsa el desarrollo de biotecnología para generar especies más resistentes a los cambios climáticos y se corre la frontera forestal hacia zonas cordilleranas. Le tocó al fuego demostrar que ese modelo no puede seguir.

Para la gente que se agrupa en las 110 organizaciones que mencionábamos, es prioritario terminar con el modelo forestal para que se acaben las redes de corrupción, se finalice con el saqueo al sector público trasandino y con los mega-incendios forestales. Pero también con la depredación de los territorios y el empobrecimiento. El asunto no tiene que ver con grandes flotas de aviones hidrantes, sino con la dignidad y las soberanías locales.

Los monocultivos siempre son perniciosos, sean forestales o de granos como la soja. Lamentablemente, las advertencias que formulamos desde esta humilde columna hace casi dos décadas, se ven confirmadas en la práctica y de las maneras más crueles. La insostenibilidad deja de ser un concepto abstracto cuando además de muertos, hay desplazados e incalculables daños materiales. Miles de sueños que al hacerse humo, se suman al dolor de la naturaleza ya sacrificada.

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