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Es la pobreza la que debería escandalizar

No sabemos si la historia argentina registra antecedentes similares... Cuánto más ganan en ardor e inclusive virulencia las polémicas que monopolizan la atención de los grandes medios de comunicación –sean opositores u oficialistas-, menos trascendente serán sus resultados para la vida cotidiana de los argentinos. Hace tiempo que se registra la paradoja y en vez de atenuarse, se profundiza.

En efecto, en más de una ocasión apuntamos la maestría de la cual hace gala el elenco gobernante para instalar temáticas que a priori, sólo interesan a sectores muy minoritarios o en ocasiones, a nadie. Por ejemplo, muy candente se tornó el debate en su momento sobre la cuestión del matrimonio igualitario y durante meses, ocupó buena parte de los centímetros que se imprimían en los diarios o preciosos segundos, sean radiales o televisivos. Desde ya la sanción de la ley constituyó un avance para un ámbito de la sociedad pero las pasiones que se despertaron en los momentos previos a su aprobación, no guardaron relación con la demanda previa y menos aún, con su consecuencia en la práctica.

 

Otro tanto sucedió con la votación de los jovencitos a partir de los 16 años. Meses antes del proyecto oficialista que finalmente prosperó, la reivindicación no existía en términos reales. No recordamos movilizaciones multitudinarias de adolescentes que reclamaran entrar a la vida política dos años antes de las previsiones por entonces vigentes y tampoco,  negativas al respecto. Fue después de la iniciativa K que se encendieron las diferencias.

Más cerca en el tiempo y todavía en curso, detonó la polémica por la reforma judicial, otra de las iniciativas gubernamentales que se explican solamente por su eterno conflicto con el Grupo Clarín y no por auténtica vocación transformadora. De hecho, inclusive algunos columnistas cercanos al gobierno admitieron en más de una ocasión que las modificaciones en cuestión serán poco menos que irrelevantes para las grandes mayorías si de mejorar el acceso a la justicia se trata.

Como contrapartida, ninguno de los diarios opositores que no trepidan en amplificar corruptelas que muy probablemente, no tengan idéntico correlato en Tribunales, “aprovecharon” para dar a conocer que a fines de 2012, la pobreza afectó a más del 21 por ciento de los argentinos. Bastante lejos del inverosímil 5 por ciento que informa el INDEC “nacional y popular”.  Para nosotros es un auténtico escándalo, bastante más trascendente que el probable lavado, porque aquí no hay nada que probar.

Desde ya, los cálculos provinieron de una consultora privada que se basó en canastas básicas alternativas, ya que los datos oficiales nacionales no tienen validez alguna desde 2007. El estudio tomó esos cálculos para aplicarlos a los parámetros de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) que suele publicar el organismo. Para tener una magnitud del engaño oficialista, mencionemos que según el INDEC, un argentino adulto requiere de sólo 508 pesos al mes para cubrir sus necesidades básicas. ¿En qué cabeza puede caber?

De todas maneras, la medición se basó en datos que también son oficiales, es decir, en las canastas básicas que miden direcciones de Estadística en las provincias, en combinación con los estudios que elabora la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL). Entonces, concluyó que en realidad, cualquiera de nosotros necesita 1.075 pesos mensuales para adquirir los bienes que en términos estadísticos, se consideran básicos. Un poco más del doble.

Al cruzar ese monto con los datos de la EPH, resultó que algo más del 21 por ciento de los argentinos no alcanza ese umbral, para quedar por debajo de la línea de pobreza. Cabe recordar que según el INDEC, la pobreza durante el último trimestre de 2012 se ubicó en el 5,4 por ciento.

Después de prácticamente una década de crecimiento del PBI, ¿no debería enardecer la persistencia de tanta pobreza? La cuestión de la falsedad de las estadísticas oficiales, ¿no es más importante que tal o cual ministro corrupto?

Obviamente, las cuentas antojadizas que maneja el gobierno tienen su primer paso en la subestimación de la inflación. La contrapartida es una valuación muy por debajo de la canasta básica, parámetro que se toma como base para definir la línea de la pobreza... Quizá haya que precisar conceptos: si bien es cierto que los indicadores sociales experimentaron una considerable mejoría en los primeros años de la experiencia gubernamental en curso, desde 2008 los progresos son más bien modestos, a tal punto que la tasa de pobreza que estaba en vigencia para el segundo semestre de 2012 apenas si se ubicó dos puntos por debajo de cuatro años atrás, cuando alcanzó el 23 por ciento.

No hace falta extenderse demasiado: es la inflación la que atenta inclusive contra las propias políticas gubernamentales de inclusión, al alcanzar porcentajes que rondan o superan el 20 por ciento por año. La persistencia de la tendencia en los últimos seis períodos disminuye en forma considerable el poder de compra de los ingresos y en consecuencia, se erige en obstáculo de importancia en la lucha contra la pobreza.

Como siempre decimos, no es el gobierno el que aumenta los precios, sino los grandes conglomerados económicos que operan como sus formadores. Es la estructura concentrada de la economía argentina la que explica en última instancia la persistencia de la inflación. En todo caso, la responsabilidad gubernamental radica en la incapacidad de contenerla y sobre todo, en hacerle creer a la gente que “la madre de todas las batallas” es su disputa contra un grupo que se consagra a la comunicación. La “lucha contra los monopolios” debería darse en el sector aceitero, en el lechero, en la industria frigorífica, en la distribución de alimentos, en el cerealero y demás. Las restantes, son pasiones desorbitadas.

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