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Un tratado que acertó al mantener a raya la polución

El Tratado Antártico se firmó el primero de diciembre de 1959 pero recién entró en vigor el 23 de junio de 1961, es decir, hace poco más de medio siglo. En su primer artículo, establece que ninguna de sus disposiciones se podrá interpretar “como una renuncia, por cualquiera de las partes contratantes, a sus derechos de soberanía territorial o a las reclamaciones territoriales en la Antártida, que hubiere hecho valer precedentemente”. Entre “las partes”, está la Argentina, claro.

Precisamente, nuestro país es uno de los pocos sino el único, que puede acreditar más de un siglo de presencia sin interrupciones en esas tierras remotas. El texto aclara que adherir a la normativa, tampoco se podrá entender “como una renuncia o menoscabo, por cualquiera de las Partes Contratantes, a cualquier fundamento de reclamación de soberanía territorial en la Antártida que pudiera tener, ya sea como resultado de sus actividades o de las de sus nacionales en la Antártida, o por cualquier otro motivo”.

Quiere decir entonces que los reclamos sobre soberanía en la Antártida están literalmente congelados desde que se celebró el Tratado Antártico, al instalarse un régimen jurídico especial al sur de los 60 grados de latitud sur. El sector nacional se extiende desde ese paralelo hasta el polo y está comprendido por los meridianos de 25 y 74 grados de longitud occidental. La inmensa superficie pasó a formar parte del Territorio Nacional de Tierra del Fuego desde 1957 y en la actualidad integra esa provincia, cuyo gobierno debe nombrar todos los años un delegado para la región antártica.

El racconto histórico señala que cazadores criollos de focas se aventuraban en aquellos confines, ya a comienzos del siglo XIX. Los buques partían desde el puerto de Buenos Aires para aventurarse hacia las lejanas Shetland del Sur, denominación que impusieron los británicos. Como el interés de los navegantes rioplatenses era otro, se abstuvieron de proclamar descubrimientos o de reclamar para las Provincias Unidas del Río de la Plata jurisdicción territorial sobre el lejano sur. Por eso, fueron otros los que pasaron a la historia como descubridores de archipiélagos que en rigor, ya figuraban en determinadas cartas náuticas.

Sobre fines del siglo XIX y a principios del XX, fueron varias las expediciones europeas que resultaron auxiliadas por marinos argentinos. Como consecuencia de aquellas incursiones, inclusive los extranjeros designan a determinados accidentes geográficos con nombres “nuestros”, como isla Uruguay (por la corbeta del mismo nombre), las islas Argentinas y Quintana, entre otras.

Pero fue el 22 de febrero de 1904 cuando se inició la presencia permanente de la Argentina en la Antártida. En aquella jornada veraniega, se izó el pabellón nacional en las islas Orcadas. Hay que destacar que por cuatro décadas, el nuestro fue el único país que mantuvo presencia permanente en esas latitudes. Para el argumento argentino, es el mejor aval que se pueda presentar para justificar el reclamo de soberanía. Entonces, se contabiliza bastante más de un siglo de actividades nacionales, de índoles científico y administrativo.

En términos jurídicos, hay que decir que por disposición del Poder Ejecutivo, se estableció en 1904 el Observatorio Meteorológico Antártico Argentino. Otro decreto resolvió la creación del Instituto Antártico Argentino, ya en 1951. Más tarde se fijaron los límites del sector nacional y en 1969 se creó la Dirección Nacional del Antártico. Cabe tener presente además que desde la vigencia del Tratado Antártico, el gobierno adoptó todas las recomendaciones que surgieron en el marco de las reuniones consultivas.

Para justificar sus pretensiones, el país esgrime como títulos la continuidad geográfica y geológica que existe entre la Antártida y la porción continental del territorio argentino. También menciona la herencia de la jurisdicción española al producirse la emancipación y la presencia de buques cazadores de focas en la región desde 1810 en adelante. Pero el argumento de más peso es el que mencionábamos párrafos atrás, es decir, la presencia del Observatorio Meteorológico y Magnético de las Orcadas del Sur, desde 1904. Luego se instalaron y mantuvieron otras bases, tanto permanentes como temporarias. En definitiva, nadie puede soslayar la presencia nacional en la península antártica e islas adyacentes, como tampoco en la barrera de hielo. Además, hay numerosos refugios en diversas localizaciones del sector.

Con momentos de mayor desarrollo y otros de menor intensidad, la Argentina jamás interrumpió su gestión en la Antártida, a través de trabajos de exploración, estudios científicos y cartográficos. Además, instituciones nacionales instalaron y mantienen faros y otros dispositivos que ayudan a la navegación. Por otro lado, desde los tiempos de la legendaria corbeta “Uruguay”, se desarrollan en todo el área tareas de rescate, de las que se beneficiaron inclusive expedicionarios ingleses.

En los últimos tiempos, no llegan buenas noticias desde la Antártida. No sólo de la porción que la Argentina pretende, sino de toda su dimensión. Las inmensas extensiones de hielo se reducen y el mar llega a lugares donde años atrás, sólo se encontraban inmensos campos blancos. El calentamiento global, que durante tanto tiempo las potencias se negaron a admitir, se nota de manera contundente en el continente helado.

No sabemos si en algún otro lugar del mundo existen ambientes naturales prácticamente prístinos, como en la Antártida. Pero sí sabemos que su preservación es primordial. No sólo por la tan temida elevación de las aguas costeras, sino por el valor que la vida y el ambiente antárticos tienen en sí mismos. En este sentido, el Tratado Antártico se revela como un instrumento exitoso, ya que impidió que la polución que reina en el resto del planeta, también arrimara al continente helado.

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