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Una bandera de historia confusa pero grande

Hasta que las Provincias Unidas adoptaron una bandera como enseña propia, se recorrió un camino que no estuvo exento de retrocesos y ambivalencias, como sucede en general con todo el pasado nacional.

La narración tradicional se remonta a las jornadas que tuvieron lugar entre el 22 y el 25 de Mayo, cuando los “chisperos” a las órdenes de French y Beruti distribuyeron cintas para identificar a los revolucionarios. Algunas fuentes hablan de colores rojos y blancos, con la figura del rey por entonces depuesto. Otras mencionan que en realidad eran celestes y blancas, colores que identifican inclusive en la actualidad a la dinastía Borbón.

Dos años después, las tropas que tenían como jefe a Manuel Belgrano comenzaron a utilizar una escarapela azul-celeste y blanco. En un informe oficial, el propio comandante explicaba que abandonaba el rojo “para evitar confusiones” porque los realistas utilizaban esa divisa. El 13 de febrero de 1812 propuso al gobierno la adopción de esa escarapela, el 18 de ese mismo mes la Junta abolió la roja y reconoció la celeste y blanca. Enseguida se dotó a cada soldado de ese sello. “Este será el color de la nueva divisa con que marcharán al combate los defensores de la Patria” había proclamado Belgrano al momento de redactar su propuesta. Pero todavía faltarían cinco años para que el Congreso de Tucumán adoptara una bandera propia.

Algunos fragmentos de esta historia se conocen muy bien. El 27 de febrero de 1812 Belgrano dispuso que se establecieron dos baterías de artillería en las orillas del río Paraná, próximas a la Villa del Rosario, por entonces una pequeña población. Al atardecer de esa jornada, Belgrano ordenó que se enarbolara una bandera de su creación. Los datos no son fidedignos y se presume que esa primer enseña sólo contaba con dos franjas horizontales: blanca la superior y celeste la inferior.

La arenga del abogado que devino en militar de la Revolución todavía despierta emoción: “¡Soldados de la Patria! En este punto hemos tenido la gloria de vestir la escarapela nacional que ha designado nuestro excelentísimo gobierno: en aquel, la batería de la Independencia, nuestras armas aumentarán las suyas; juremos vencer a nuestros enemigos interiores y exteriores, y la América del Sur será el templo de la Independencia y de la Libertad. En fe de que así lo juráis, decid conmigo: ¡Viva la Patria!”

Pero la conducción política de entonces no pensaba en idénticos términos. Pocos días después, el 3 de marzo de 1812, prohibió al general utilizarla, por razones de política internacional y le ordenó que la ocultara disimuladamente y que la reemplazase por la que se usaba en la Fortaleza de Buenos Aires, es decir, la rojo y gualda. La versión más difundida sostiene que Belgrano se alejó para hacerse cargo del Ejército del Norte y a consecuencia de la distancia, no supo del contenido de esa orden.

En consecuencia, al producirse el segundo aniversario del 25 de Mayo en San Salvador de Jujuy, durante una ceremonia que se llevó a cabo en la iglesia más importante de esa localidad, Juan Ignacio Gorriti bendijo a la polémica bandera y unos días después Belgrano escribió a sus superiores que “el pueblo se complacía de la señal que ya nos distingue de las demás naciones”. Pero el Triunvirato reaccionó con una reprimenda y entonces, el jefe acató la disposición: “la guardaré silenciosamente para enarbolarla cuando se produzca un gran triunfo de nuestras armas”.

La victoria en cuestión se produjo el 24 de septiembre, en Tucumán. Como consecuencia, en enero del año que siguió Belgrano mandó confeccionar otra bandera, la que recibió aceptación de la Asamblea del Año XIII pero como enseña del Ejército del Norte, no de las Provincias Unidas. El 13 de febrero de ese año, después de cruzar el río Pasaje (desde entonces también Juramento), las tropas al mando del porteño juraron obediencia a la Asamblea del Año XIII. Durante el transcurso de la ceremonia, un oficial mantuvo en alto a la celeste y blanca.

Siete días después, se libró la Batalla de Salta, en cuyo transcurso las armas de la Patria lograron un triunfo completo sobre los realistas. Aquel fue el primer enfrentamiento en el cual las tropas de las Provincias Unidas se dejaron presidir por la enseña propia, aunque formalmente, sólo funcionaba como enseña que identificaba al Ejército del Norte. También se usó durante la segunda expedición auxiliadora al Alto Perú hasta la batalla de Ayohuma (13 de noviembre de 1813), cuya suerte fue esquiva para las armas de la Revolución.

En términos oficiales, la celeste y blanca se adoptó como símbolo de las Provincias Unidas del Sud el 20 de julio de 1816. Tomó esa determinación el Congreso General Constituyente que deliberaba en San Miguel de Tucumán. Otras fuentes dicen que la fecha correcta es el 25 de julio. Aquel cuerpo deliberante había declarado la independencia unos días antes, el 9 de Julio, para una jurisdicción territorial que por entonces comprendía también parte del actual suelo boliviano. No obstante, fue la enseña que heredó más tarde la República Argentina.

Cabe considerar que en durante ese período, no hubo “una” bandera argentina. Se dice que las primeras constaban de una franja celeste y otra blanca, de igual tamaño. Las medidas son imprecisas, porque en más de una ocasión las concebían militares en servicio bajo circunstancias que no siempre permitían una costura prolija y uniforme. En forma paulatina, se transitó hacia la enseña de tres franjas horizontales como hay la conocemos. Y en 1818, por decisión del gobierno, se incorporó el Sol incaico. Como siempre decimos, lástima que la celebramos el día del fallecimiento de su creador... Preferiríamos su natalicio.

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