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Será justicia superar las deformaciones y silencios

El 19 de junio de 1764, cuando José Gervasio Artigas vino al mundo, la Banda Oriental no se limitaba al actual territorio del país vecino, comprendía además Río Grande. No fue el prócer de la independencia uruguaya, como erróneamente podría suponer algún inadvertido, sino uno de los patriotas americanos más lúcidos. Pero claro, como fue caudillo y federal, se ganó todas las deformaciones y silencios posibles que suele propinar la historia de los Mitre o Sarmiento.

Entre 1810 y 1820, Artigas se erigió como referente central de la Liga Federal, que tenía como principios de doctrina el federalismo y la república. Obviamente, el centralismo de Buenos Aires encontró en él un oponente formidable y los intereses mercantiles que se ligaron a Gran Bretaña, no dudaron en incurrir en la traición ante la presencia del enemigo portugués. Hay que tener en claro además que la “jurisdicción” de la Liga Federal no se limitó a la Banda Oriental del Uruguay. En su momento de esplendor, Artigas confederó además a Córdoba, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe y los pueblos de las Misiones.

En consecuencia y cuando todavía están frescos los bicentenarios de las revolucionarios americanas, hay que tratar a los próceres comunes en su justa dimensión. Que sepamos, en aquellos años de actuación pública, Artigas jamás se proclamó o reconoció como “uruguayo”. Simplemente, se identificaba como americano. Así como tampoco se encontrarán referencias a su supuesta “argentinidad” en la correspondencia y demás escritos de San Martín. Como ya dijimos en muchas oportunidades, el correntino siempre se refería a las Provincias Unidas de Sudamérica.

Para terminar con el influjo de Artigas hizo falta mucha venalidad. Sus antiguos lugartenientes aceptaron traicionar sus instrucciones y postulados. Buenos Aires siempre intentó verlo muerto y cuando las tropas portuguesas invadieron el territorio de las Provincias Unidas al pisotear la Banda Oriental, la elite porteña que usufructuaba el poder no movió un dedo para repeler la agresión.

El rol vergonzoso que cumplió Buenos Aires durante buena parte de aquellos tiempos decisivos, también debería quedar claro durante las evocaciones que tienen lugar en estos tiempos. No sólo conspiró contra Artigas y se preocupó muy poco por la ocupación extranjera del territorio patrio, además dejó inermes a los gauchos de Salta que se cansaron de repeler invasiones realistas y por otro lado, se abstuvo de aportar recursos para el ejército libertador del Perú, que bajo las órdenes de San Martín y bandera chilena, partió para completar la tarea de la independencia.

Entre la traición de los propios y la agresión portuguesa, Artigas se batió en derrota. Hay que dimensionar la amargura que se habrá instalado en el corazón de ese hombre, que se exilió en Paraguay y cultivó la tierra hasta su fallecimiento, en 1850. Nunca le había gustado que le llamaran por sus títulos militares, pero para la gente era el “general de hombres libres”.

¿Por qué tanto odio portuario hacia el ex blandengue? Las razones son múltiples. Una de ellas y no menor es la adopción del Reglamento de Tierras, que se puso en vigencia en 1815 en los territorios bajo la gobernación del caudillo. Cuatro años después del fallecimiento de Mariano Moreno, el oriental no hizo más que plasmar en la práctica, los lineamientos del “Plan de Operaciones” de la Revolución de Mayo. Marcó así una diferencia notable con los antecedentes estadounidense y francés, donde las revoluciones se hicieron para reconocer los derechos de los “ciudadanos”. En las praderas orientales y en el Litoral, el pobrerío, la indiada y los esclavos también recibían el influjo revolucionario. Artigas buscó llevar a la práctica el gran principio de la igualdad.

El Reglamento decía que “los más infelices serán los más privilegiados”. Claro, como el instrumento preveía normas igualitarias para garantizar el acceso a la tierra, los terratenientes de ambos lados del Plata, miraron desde un inicio al jinete de soslayo. No por nada, el ejército de Artigas se conformó con el gauchaje y los negros, que se sumaban a la lucha por la libertad colectiva porque ella, se traducía en la suya individual. La gente guaraní y charrúa tampoco fue ajena a las movilizaciones de aquellos años.

Las versiones antojadizas de la narración histórica quisieron fabricar enfrentamientos entre San Martín y Artigas. Dicen que el primero no tenía demasiadas simpatías hacia el federalismo, pero menos simpática le caía la clase mercantil porteña de alineamiento pro-británico. Por eso, cuando el Directorio le ordenó volver con el Ejército de los Andes para batir a los caudillos del Litoral y la Banda Oriental, San Martín inventó mil excusas y hasta se ofreció como mediador. Esa actitud de poner en un plano de igualdad a Buenos Aires con los “bárbaros” de las provincias irritó sobremanera a las autoridades de la ciudad-puerto.

Además, Artigas era proteccionista... “Que todos los derechos, impuestos y sisas que se impongan a las introducciones extranjeras serán iguales en todas las Provincias Unidas, debiendo ser recargadas todas aquellas que perjudiquen nuestras artes o fábricas, a fin de dar fomento a la industria de nuestro territorio”. Para aquel puñado de americanos, resultaba obvio que aquel era el camino para iniciar un proceso de desarrollo autónomo.

“Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana”, aseveró el caudillo en ocasión de una asamblea popular. Curiosamente, pasaron a la historia como adalides de la democracia tipos que pensaban que no había que ahorrar “sangre de gauchos” y que además, escribieron una historia tan falsa como el civismo que decían profesar. Que estas épocas de revisión histórica sirvan también para hacer justicia en términos históricos.

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