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Todos seremos adultos mayores

Según cálculos de la ONU, la población que se conforma con personas mayores de 60 años se duplicará entre 1995 y 2025 en términos globales. En efecto, pasará de 542 millones a 1.200 millones aproximadamente. Por otro lado, consigna la entidad internacional que según estimaciones, entre el 4 por ciento y el 6 por ciento de las personas mayores sufrió alguna forma de abuso y maltrato.

Desde ya, las últimas prácticas pueden conducir a graves lesiones físicas y tener consecuencias psicológicos a largo plazo. Además, se prevé que los malos tratos que sufren las personas de edad aumenten, ya que son muchos los países donde el envejecimiento de la población se registra muy rápidamente. De ahí que estemos frente a un problema social de trascendencia global que afecta la salud y los derechos humanos de millones.

Como la situación que describimos merece la atención de la comunidad internacional, la Asamblea General de las Naciones Unidas designó al 15 de junio como Día Mundial de Toma de Conciencia sobre el Abuso y Maltrato en la Vejez. La idea es que en todos los países se exprese oposición contra los abusos y los sufrimientos que reciben nuestras generaciones mayores.

En sintonía con la jornada, el secretario general de la ONU expresó que “la trágica realidad es que en el mundo hay personas de edad que sufren abusos psicológicos, financieros o físicos. Por desgracia, son demasiadas las personas de edad que podrían hallarse en situación de riesgo. Una de las causas del problema son los prejuicios. Reflexionemos en este día sobre nuestras actitudes con respecto al envejecimiento y la situación y el papel de las personas de edad en la sociedad”.

Ban Ki moon instó “a los gobiernos, a la sociedad civil y a las comunidades a que contribuyan a crear conciencia con respecto a este problema. Los gobiernos, en particular, pueden contribuir a mitigarlo promulgando legislación que proteja a las víctimas de abusos y haga rendir cuentas ante la justicia a los agresores”. Mencionó además que “es nuestro deber para con las personas de edad y la sociedad en general combatir la discriminación por razones de edad en todas sus formas y promover la dignidad y los derechos humanos de las personas de edad en todo el mundo”.

En la Argentina, recogió el guante que plantea la situación el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo, que hasta publicó una cuadernillo sobre la problemática. Su título: Prácticas no discriminatorias en relación con adultas y adultos mayores. Entre otras consideraciones, allí se expresa que “la temática surge como un requerimiento social debido al crecimiento de la población mayor, sus numerosas necesidades y carencias, como también a sus expectativas”.

El texto en cuestión contiene aseveraciones de importancia superlativa. “Tener en cuenta al ser humano viejo como un ser pensante, deseante y sensible, partícipe del entramado social, y reconocer que la vejez es una continuación natural de toda una trayectoria de vida, redundará en un buen trato del adulto mayor y promoverá la mejor calidad de vida al incremento de los años por vivir”.
También se impone destacar que “aún cuando estos cambios en el aumento del promedio de vida de las personas son muy alentadores y deseables socialmente, las expectativas culturales referidas a esta etapa no cambiaron de manera acorde”. Es que todavía y como bien sabemos, “en nuestra sociedad el envejecimiento es considerado como una sangría para la economía, una amenaza para el sistema de salud” o bien, “un peso para las familias”.

El organismo trae a colación la obra de Johan Galtung (1995), quien identificó tres variantes de violencia hacia la vejez: la cultural, la estructural y la directa. La primera de ellas tiene que ver con “los aspectos de la cultura que aportan legitimidad a las diversas formas de violencia”. En ese marco, el así llamado “viejismo” o “edaísmo” refiere a “los prejuicios y estereotipos que se manifiestan en relación a la vejez y que de formas diversas, dan lugar a la discriminación, malos tratos o abuso”.

La segunda por orden de aparición pero no menos importante es la violencia estructural, que se produce cuando se arremete “a una agrupación colectiva desde la misma estructura política o económica. Así, podemos considerar casos de violencia estructural que se reflejan en nuestro país en los sistemas previsionales, de salud, políticas socales para las y los adultos mayores u otras que pueden causar pobreza, enfermedad, situaciones de fragilidad jurídica, falta de participación e inclusión social”. En este caso, no está de más recordar que a pesar de 10 años de gobierno “nacional y popular”, todavía los jubilados ven cómo se birla su derecho de acceder al 82 por ciento móvil y cómo además, su presencia en la conducción de la ANSES brilla por ausente.

El INADI también se tomó el trabajo de identificar a algunas de las modalidades más frecuentes de maltrato hacia los adultos mayores. En primer término aparece la infantilización, conducta que consiste en tratarlos frecuentemente como si fueran niños o niñas para descalificar sus deseos y necesidades. La utilización de diminutivos para referirse a ellos es un ejemplo que está muy a mano.
En ocasiones, también se incurre en su despersonalización, tendencia que implica la pérdida de su individualidad y el menoscabo de sus necesidades personales. Más grave todavía es la deshumanización de la que pueden ser objeto, cuando se pasan por alto requerimientos básicos de cuidado de su intimidad. Y la cosa pasa de castaño a oscuro cuando éstos pierden su libertad en beneficio de algún pariente o directivo. Se impone entonces tomar conciencia sobre la existencia de la problemática. No sólo por cuestiones de estricta humanidad, sino también porque en algún momento todos seremos adultos o adultas mayores.

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