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Acción por la tolerancia y el respeto entre los pueblos

Cada 24 de abril se conmemora el Día de Acción por la Tolerancia y el Respeto entre los Pueblos. Dispuso la conmemoración una ley que se aprobó en 2007 y que pone de relieve la trascendencia del genocidio que sufrió el pueblo armenio hace menos de un siglo. La intención consiste en demandar que a partir de aquella dolorosa experiencia, ningún pueblo del mundo sea nuevamente víctima de la barbarie.

En general, pocas veces la Argentina se pone a la cabeza de alguna temática en el marco del concierto internacional pero frente a este caso, su conducta marca una suerte de excepción, ya que entre los 22 países que reconocieron oficialmente la perpetración del genocidio armenio, figura la Argentina. Esa fue la metodología que encontraron los activistas de la diáspora armenia para superar la sistemática negación en la que incurren los sucesivos gobiernos turcos.

En consecuencia, la República Argentina aprobó mediante una ley y de buena fe, el reconocimiento del genocidio armenio como un hecho histórico. Los restantes son Bélgica, Canadá, Chile, Chipre, Francia, Grecia, Italia, Líbano, Lituania, Holanda, Polonia, Rusia, Eslovaquia, Suecia, Suiza, Uruguay, El Vaticano y Venezuela. Nótese la ausencia de Estados Unidos y Gran Bretaña, además de otros países de importancia.

Al proceso que hoy se conmemora para exhortar a la tolerancia y el respeto, también se lo conoce como “holocausto armenio”, “gran calamidad” o “masacre armenia”. En síntesis, se caracterizó por la deportación forzosa y masacre de un número indeterminado de civiles armenios, que se calculó aproximadamente en más de un millón y medio de personas. Tuvo lugar durante el gobierno de los Jóvenes Turcos, en el entonces Imperio Otomano, desde 1915 hasta 1917, mientras transcurría la Primera Guerra Mundial.

Los testimonios de los sobrevivientes y los hechos que fueron reconstruyendo los investigadores, permiten concluir que como todo genocidio, se caracterizó por su brutalidad. El ingrediente particular tuvo que ver con la utilización de marchas forzadas para practicar deportaciones en condiciones extremas, interminables trayectos que generalmente llevaron a la muerte a muchos de los deportados.

Si bien el armenio fue el que recibió mayor saña, otros grupos étnicos también resultaron atacados por el Imperio Otomano durante el mismo período, entre ellos los asirios y los griegos. Precisamente, algunos autores consideran que estos actos formaron parte de la misma política de exterminio, rasgo que constituye un ingrediente clásico de la figura del genocidio.

Se toma como punto de partida del genocidio armenio el 24 de abril de 1915 porque ese día, las autoridades otomanas detuvieron a unos 250 intelectuales, líderes de la comunidad de armenios en Estambul. Posteriormente, los militares del Imperio dispusieron la expulsión de los armenios de sus hogares y gracias al peso de las armas, les obligaron a marchar cientos de kilómetros por el actual desierto sirio. Hombres, mujeres, niños y ancianos acometieron esas travesías sin alimentos ni agua. Justamente, las masacres no respetaron edad ni sexo. Las violaciones y otras modalidades de abuso fueron moneda corriente.

Reconocer o no el genocidio armenio es un asunto espinoso de la política exterior. Como se recordará, cuando la Argentina hizo público su reconocimiento, las autoridades turcas hicieron llegar su más enérgica condena. Turquía es pieza clave en el andamiaje estadounidense en esa zona del planeta y de ahí que a la Casa Blanca, ni se le ocurra mencionar el tema, aunque la mayoría de los gobiernos estaduales ya hizo suyo el reconocimiento.

La República de Turquía, sucesora jurídica del Imperio Otomano, no niega que las masacres de civiles armenios tuvieran lugar, pero se opone a considerar que se tratara de un genocidio. Argumenta Ankara que esas muertes no fueron el resultado de un plan de exterminio masivo que dispuso el Estado, sino que se debieron a luchas interétnicas, enfermedades y el hambre, durante el confuso período de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, esa tesis es minoritaria entre todos los investigadores que abordaron el tema.

El razonamiento que todavía hoy esgrime el Estado turco sostiene que el Imperio Otomano no hizo más que luchar contra una sublevación que tenía lugar en su territorio soberano, a la que protagonizaban milicianos armenios con el respaldo ruso. Se niega también a comparar ese proceso con el Holocausto del pueblo judío, ya que según los turcos, a diferencias de los armenios, la población judía de Alemania y Europa no hizo campañas separatistas ni se rebeló en alianza con potencias extranjeras.

Argumentos que flaquean a la hora de intentar una justificación sobre la matanza de tres millones de personas. Obviamente, para Ankara esa cifra tampoco es verosímil. Pero hay un rasgo de la actualidad que llama la atención: a la sola mención del genocidio armenio en cualquier parte del mundo, le suele corresponder una queja formal de los embajadores turcos. En cambio, hablar del holocausto armenio en la propia Turquía puede implicar la posibilidad de enfrentar un procesamiento judicial y condenas a prisión. Fue el caso del escritor turco y ganador del Premio Nóbel de literatura, Orhan Pamuk.

La discusión tiene consecuencias políticas muy actuales. Las relaciones entre Turquía y Armenia nunca pudieron catalogarse de “normales”. La primera cerró sus fronteras hace unos años a raíz del control armenio sobre la zona de Nagorno-Karabaj. Armenia declaró en varias ocasiones que tiene intenciones de restablecer las relaciones diplomáticas y abrir la frontera sin condiciones previas pero claro, todavía hay heridas que permanecen abiertas. Y entonces, duelen.

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