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A los escritores, ¡salud en su día!

Hoy en la Argentina se conmemora el Día del Escritor, en coincidencia con el aniversario del natalicio de Leopoldo Lugones, una figura de trascendencia superlativa en las letras argentinas que sin embargo, soporta menoscabo en medios intelectuales a raíz de su errática trayectoria política. Nació el 13 de junio de 1874 en Córdoba y en la actualidad, es considerado como uno de los máximos valores de la literatura nacional.

En sentido amplio, se denomina escritor a quien escribe o es autor de cualquier obra escrita o impresa. Pero en sentido estricto, el término designa a los profesionales de la literatura. Si se considera al vocablo en su segunda acepción, resulta que no todo el que utiliza la palabra escrita es un escritor, ya que en este caso se refiere a quien la desarrolla como profesión.

En ese contexto, la literatura es el arte que utiliza como instrumento la palabra. Entonces, el escritor es quien trabaja con esa herramienta hasta llevarla a un nivel profesional y artístico. En consecuencia, el escritor en sentido estricto recibirá denominaciones más específicas según el género al que se dedique. Queremos decir que en la jornada de hoy serán merecedores de saludos los poetas, novelitas, ensayistas, cuentistas y dramaturgos, entre otros.

De todas maneras, también revindican una condición de escritores profesionales aquellos que redactan artículos periodísticos, reseñas o reportajes, siempre y cuando se trate del ejercicio de la escritura de manera profesional. Quiere decir entonces, que en este caso el término puede aplicarse no sólo a los creadores de textos literarios. En esta mirada prevalece no tanto el objeto escrito que se produce, sino la formación de quien sea su autor.

Precisamente, se debe a Lugones la fundación de la Sociedad Argentina de Escritores y a raíz de su características de hombre de acción, también dirigió la Biblioteca Nacional de Maestros, que hace tiempo lleva su nombre. Las semblanzas que sobre él se escribieron indican que a los 10 años se caracterizaba por su prodigiosa memoria, por su devoción por la lectura y también, por su afición a las ciencias naturales. Parece que sus talentos eran atractivos familiares, ya que lo convocaban para amenizar “tertulias”.

Para que pudiera dar rienda suelta a sus inquietudes, sus padres lo enviaron a Córdoba, en orden a cursar estudios superiores. Sin embargo, en 1892 volvió a vivir con su familia porque ésta retornó a la Docta, después de sufrir una crisis económica. Esa situación de estrechez provocó que el joven Leopoldo debiera trabajar y en consecuencia, no tuvo más remedio que convertirse en autodidacta.

En ese período comenzó a incursionar en diversos aspectos de la vida pública, ya que de hecho compartió con un auditorio su primera poesía. Más o menos al mismo tiempo, dirigió un periódico de ideario liberal y anticlerical, que se llamó “El pensamiento libre”. Eran las épocas en que la Unión Cívica Radical periódicamente se levantaba en armas y en una de esas ocasiones, Lugones se alistó como voluntario para sofocar el movimiento.

En 1896, su existencia sufrió un vuelco ya que se instaló en Buenos Aires y además, se casó. En la capital se unió al grupo de escritores socialistas que integraban José Ingenieros, Roberto Payró y Ernesto de la Cárcova, entre otros. No tuvo mayores inconveniente al escribir en el periódico socialista “La Vanguardia”, mientras al mismo tiempo publicaba artículos en “Tribuna”, un medio cercano a Julio Roca. Cuando contaba con 22 años, se hizo columnista de “La Nación”, gracias a las gestiones de un amigo suyo: Rubén Darío... En 1897, se publicó su primer libro: “Las montañas de oro”.

A partir de 1900, la opinión pública porteña asistió al desarrollo de Lugones como escritor y a sus curiosos virajes políticos. En 1905 apareció “Crepúsculos del jardín”, una de sus obras más valoradas. Allí se acercaba al modernismo hispanista y a las nuevas corrientes literarias francesas, entre ellas, el simbolismo y el decadentismo. Esa tendencia alcanzó su máxima expresión en “Lunario sentimental”, de 1909.

En “Las fuerzas extrañas”, de 1906, Lugones plasmaría sus habilidades para escribir cuentos de misterio. Ese trabajo, junto con los “Cuentos fatales”, que vieron la luz dos décadas después, renovó el género de la forma breve e inició una fecunda tradición en la que más tarde se inscribirán Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Julio Cortázar.

Por otro lado, debemos al escritor cordobés la veneración que las letras nacionales profesan por José Hernández. En “El payador” (1916), reunió una serie de conferencias sobre “Martín Fierro”, que implicó un auténtica rescate de la obra, hasta el momento prácticamente soslayada por los círculos literarios. Para Lugones se trataba del “cuento homérico de la cultura argentina”. Ese enfoque instaló en la crítica una fructífera polémica que se prolongó por décadas y cuyo resultado fue la aceptación del poema como la obra emblemática de la identidad literaria argentina.
Lugones siguió con atención los acontecimientos que se desarrollaban ante sus ojos y en más de una ocasión, se involucró. Gradualmente, su pensamiento socialista se batió en retirada, para dar lugar a una variante del nacionalismo que se alejaba de la derecha católica pero que cuestionaba severamente al liberalismo. Ideológicamente, no era “políticamente correcto”, porque apoyó la irrupción militar en la vida política argentina.

Pero quedémonos con el escritor. En esa etapa aumentó con ritmo vertiginoso su cuantiosa producción intelectual. Se destacan de aquellos tiempos “Poemas solariegos” (1928), uno de sus títulos más elogiados. En otro rubro, aportó los ensayos “La patria fuerte” (1930) y “La grande Argentina” (1930), indispensables para comprender la época. Cuando se suicidó en una isla del Tigre, las informaciones sorprendieron tanto a la opinión pública como a quienes se vinculaban con él cotidianamente en la Biblioteca Nacional de Maestros. Pero el grosor de su obra le valió superar los límites de la muerte.

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