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A la seguridad vial la hacemos entre todos

En la Argentina, hoy se conmemora el Día de la Seguridad Vial. Durante la jornada, se debería promover la educación vial como estrategia para reducir los siniestros que tienen lugar como consecuencia del tránsito y sus gravísimas secuelas. Se sabe, la mortalidad alcanza en la Argentina cifras dramáticas y además, se sufren enormes pérdidas materiales.

En coincidencia con cada 10 de junio, se deberían difundir normas y señales de circulación, además de estimular el desarrollo de actitudes y prácticas de prevención. Afortunadamente, la coyuntura encuentra a la Municipalidad de Bariloche nuevamente en la calle con sus controles de alcoholemia, los que semana a semana no dejan de sorprender por sus guarismos. Además, son numerosas las obras viales que están en pleno desarrollo y que se supone, deberían conducir a una mayor seguridad en las arterias.

Es que la seguridad vial debería ser materia de políticas públicas. En ese sentido y aunque no parezca, los distintos niveles gubernamentales, es decir, municipales, provinciales y nacionales, tienen un importante papel que desempeñar. No sólo a la hora de socorrer a las víctimas de los mal llamados accidentes, sino también en cuanto a la infraestructura vial y la fiscalización de los automovilistas o transportistas.

¿Por qué el 10 de junio? A los más jóvenes les resultará inverosímil, pero esa jornada de 1945 se decidió el cambio de mano. En efecto, hasta entonces los argentinos manejábamos por la izquierda, al igual que en Gran Bretaña y los países de su influencia. En aquella oportunidad, se decretó el sentido del tránsito por la derecha, norma que se generalizó en la mayoría de los países.

Como decíamos más arriba, la Argentina ostenta uno de los índices más altos de mortalidad por hechos que tienen que ver con el tránsito. Fallecen aproximadamente, 20 argentinos por día de manera violenta como consecuencia de colisiones y otros siniestros callejeros o viales. Las víctimas fatales rondan las 6.700 pero además, hay que contabilizar a 120 mil heridos de distinto grado y las secuelas lastimosas que dejan miles de discapacitados. Por otro lado, el costado económico no es menor: las pérdidas superan los 10 mil millones de dólares anuales.

No nos perdamos en la frialdad de los números. Nos referimos a vidas humanas, hombres, mujeres, jóvenes y niños de nombre y apellido, historias y futuros. Porvenir que sin embargo se trunca a raíz de una mala maniobra, del exceso de velocidad o de las inadecuadas condiciones de los vehículos, entre otros factores. Proyectos, sueños e ilusiones que se hacen añicos junto con los rodados.

Digamos que el tránsito por calles y rutas provoca tantas muertes como si un avión con 130 pasajeros se cayera por semana. Vaya a saberse por qué razón, la opinión pública, los medios de comunicación y los gobiernos prestan más atención ante las catástrofes de la aviación que a la veintena de muertes cotidianas que mencionábamos. Desde ya, no hay vidas que valgan más que otras.
Claro, en el caso de los hechos de tránsito, las víctimas fatales se registran de a una, dos o tres, salvo episodios que incluyan a un transporte de pasajeros. Cuando alguien sube a un automóvil o se encarama a un microómnibus, difícilmente experimente el mismo temor que se siente al subir al avión, pero los riegos no son menores. Jamás hay que confiarse en el supuesto que “a mí no me va a pasar”.

De hecho, los siniestros de tránsito en la Argentina se erigen en la primera causa de muerte para los menores de 35 años y en la tercera sobre la totalidad de los argentinos. Las cifras de fallecimientos son elevadísimas si se las compara con idénticos registros en otros países. Los argentinos tenemos el dudoso privilegio de superar a la mayoría de los países más desarrollados en términos relativos, ya que tenemos entre 8 y 10 veces más víctimas fatales en proporción con los vehículos que circulan.

Entre las razones que determinan los episodios que terminan en colisiones o vuelcos, los especialistas mencionan a la velocidad. En efecto, no hace demasiado ninguna investigación profunda para advertir que en Bariloche, cada vez se maneja peor y más rápido. Con un agravante: los vehículos que circulan son estándar, no se diseñan para “correr”. Otro elemento importante es la persistencia de deficiencias estructurales en material vial, infraestructura que se caracteriza por sus irregularidades y baches. No estamos precisamente frente a circuitos profesionales.

Que la velocidad es una de las causas principales de fallecimientos está demostrado. En ocasiones, suele suponerse que no se va rápido cuando se marcha a 120 kilómetros por hora pero resulta que a más de 90, el vehículo ya pierde gobernabilidad. Parece una obviedad pero a mayor velocidad, también es más la distancia que se requiere para detener el vehículo. Además, más importantes serán las consecuencias si se produce alguna falla mecánica, si revienta un neumático o si se sucede cualquier imprevisto.

Por otro lado, hay que tener presente, justo en coincidencia con esta época del año, que la noche, la lluvia, la niebla y en nuestro caso las heladas, son causas fundamentales para que deba disminuirse la velocidad. Siempre es más importante llegar a destino que hacerlo rápido. El último cometido puede no cumplirse... Además, otra causa fundamental de mortalidad en accidentes de tránsito es la atribuible a la ingesta de bebidas alcohólicas. Los impedidos para manejar no sólo son los “borrachos”: un vaso de vino, cerveza o de bebidas fuertes, limita la capacidad de conducción, ya que produce una alteración de los reflejos. El precepto es muy simple: si uno se cuida, estará haciendo otro tanto con los demás.

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