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Ante nuestras narices

Las academias científicas mundiales coinciden en afirmar que el cambio climático tiene lugar ante nuestras narices y que representa una amenaza para la vida en el planeta tal como la conocemos, inclusive para el género humano. Al interior de Estados Unidos, donde históricamente se soslayó el fenómeno, ciertas aseveraciones provocaron conmoción porque revelaron que una amenaza se cernía de manera muy directa sobre América del Norte.

El oceanógrafo Dale Allen Pfeiffer llamó la atención desde su perspectiva. Todos sabemos en mayor o menor medida, que los océanos y mares tienen un efecto moderador en el clima. Lo advertimos cuando nos desplazamos hacia el mar: en las costas los veranos tienden a ser más frescos que tierra adentro y los inviernos tienden a ser más templados. Según Pfeiffer “esto es porque las masas de agua tienden a tener menos variación estacional en su temperatura que la piedra o el suelo, e interactúan con las corrientes de aire que las sobrevuelan”.

A pesar de que se admite aquel efecto moderador, para el oceanógrafo “los meteorólogos han ignorado tradicionalmente el papel de los océanos en los procesos meteorológicos. Y esto podría tener sentido en cierto aspecto: si se estudia el clima, es natural centrarse en la atmósfera, no en los océanos. Pero estamos comenzando a comprender que los océanos son la pareja de la atmósfera para producir el clima y el factor dominante para los patrones del clima a largo plazo”.

En efecto, “los océanos juegan un importante papel en almacenamiento de calor y su transporte y son vitales para el transporte de ese calor desde el ecuador hacia los polos”. Cubren el 70 por ciento de la superficie de la Tierra y tienen 1.100 veces la capacidad acumuladora de calor que tiene la atmósfera. Contienen el 97 por ciento del agua del planeta y unas 90.000 veces el agua de la atmósfera. Además, reciben el 78 por ciento de las precipitaciones globales.

A pesar de tamaña contundencia “los procesos oceánicos no han sido estudiados tanto como los procesos atmosféricos, incluso propiedades ambientales cruciales como transferencias de calor y salinidad en las profundidades han sido descuidadas hasta tiempos recientes”, se quejó el científico. Esa omisión puede ser catastrófica porque el cambio climático abrupto tiene que ver básicamente con dinámicas “termohalinas” en las profundidades oceánicas. El término en cuestión se refiere al calor y la sal.

Observaciones marinas más o menos recientes revelan que el océano se ha calentado en las profundidades desde que se hicieron observaciones similares en los años 50. Esta diferencia de calor corresponde a aproximadamente la mitad del efecto invernadero pero los modelos meteorológicos que se utilizaban hasta hace poco no habían tenido en cuenta la capacidad de los mares de almacenar grandes cantidades de calor en períodos de tiempo relativamente pequeños.

Enseña el especialista que los océanos podrían considerarse como la memoria a largo plazo del sistema climático porque la atmósfera es tan voluble como dinámica. Como no tiene permanencia, de ella no se pueden obtener patrones en términos de décadas. Los océanos en cambio, acogen una variedad de ciclos a largo plazo que pueden afectar y de hecho afectan el clima.
Por ejemplo, quién no ha oído de El Niño o La Niña. Son fenómenos provocados por el movimiento de agua templada en el Pacífico tropical, sobre todo en la costa ecuatorial de Sudamérica. Estas alteraciones, que tienen frecuencias de tres a cinco años, “están completamente supervisadas por un sistema de boyas, de tal modo que ahora pueden ser predichas con un año de antelación”, nos dice Pfeiffer, a título de ejemplo.

Alrededor de América del Norte, los océanos liberan grandes cantidades de calor en la atmósfera fría. Cuanto más hacia el norte, la evaporación aumenta, a tal punto que las aguas nórdicas constituyen las más salinas de los océanos. La concentración de sales ofrece una solución más densa, que se hunde en los abismos oceánicos donde comienza una lenta migración hacia el sur por el Atlántico y hacia el este hacia los océanos Índico y Pacífico. Aquí gira otra vez, ya con menos salinidad y vuelta a empezar.

Pero “si las frías, salinas y densas aguas del Atlántico Norte no consiguen hundirse de alguna manera, entonces la circulación global podría debilitarse y detenerse. Las corrientes podrían debilitarse o ser redirigidas, con cambios potencialmente catastróficos en la biosfera. Si esto sucediera, la región del Atlántico norte podría enfriarse unos 5 grados de media. Esto significaría que los inviernos en el este de Norteamérica podrían ser el doble de fríos que el invierno más frío en todo el siglo pasado y Europa sería incluso más fría”.

Además, “la estación veraniega de crecimiento agrícola en estas áreas se acortaría y la cosecha podría fallar también”. A continuación “la mini-glaciación resultante en Norteamérica y Europa del norte podría continuar durante décadas o incluso siglos, hasta que las condiciones cambiasen suficientemente para que la circulación ‘termohalina’ se reanudara. Más aún, esta mini-glaciación localizada podría suceder aunque la Tierra, en promedio, continúe calentándose. Como resultado, una vez que la circulación ‘termohalina’ continuase, el Atlántico Norte podría ser lanzado de un extremo al otro; de una glaciación a un invernadero”. Nadie quiere ser tremendistas, pero según el oceanógrafo no falta mucho para que ese panorama se haga efectivo. En verdad, ¿no está ocurriendo ya?

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