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Invertir la degradación del medio marino

Hoy se conmemora el Día Mundial de los Océanos. Según la UNESCO, se trata de “una ocasión para celebrar este tesoro común que hace que la Tierra sea un lugar habitable para el ser humano. Los océanos ayudan a regular el clima y el tiempo y proporcionan oxígeno y alimentos, así como otros efectos beneficiosos para el medio ambiente y para la sociedad y la economía en general”.

El tema de la conmemoración para 2013 es “Juntos tenemos el poder de proteger el océano”. La celebración es relativamente reciente, ya que se instituyó cuando a raíz de una iniciativa canadiense, se quiso realzar su importancia. Gracias a su interacción con la atmósfera, litosfera y la biosfera, los océanos juegan un papel relevante en la conformación de las condiciones que hacen posible las distintas formas de vida, no sólo las acuáticas.

Si bien no parece, en 1994 se dio un paso importante hacia la protección de los océanos, el entrar en vigor la Convención de las Naciones Unidas sobre la Ley para los Océanos. En 1997, la Asamblea General de las Naciones Unidas designó a 1998 como el Año Internacional de los Océanos pero la continuidad del deterioro está a la vista, sobre todo en las zonas costeras.

Medio siglo atrás, los océanos eran todavía en gran parte, un espacio natural virgen. Pero en la actualidad, la sobreexplotación de los recursos pesqueros y la contaminación conspiran contra su salud. De la polución que reciben los mares, el 80 por ciento proviene de las actividades que se llevan a cabo en ámbitos terrestres. Su progresión hace que los instrumentos internacionales sean poco menos que letra muerta.

La convención a la que hacíamos referencia constituye un avance jurídico importante. En primer término, concibe a los océanos como un espacio cuyas problemáticas están relacionadas y que en consecuencia, se deben abordar en conjunto. Entre otras precisiones, establece que los fondos marinos, los oceánicos y los subsuelos que están más allá de los límites nacionales, son patrimonio común de la humanidad. En consecuencia, todos los países tienen derecho a su utilización pero también, la obligación de protegerlos.

Los océanos cubren dos terceras partes de la superficie de la Tierra. Menos se conoce que albergan al 90 por ciento de la biomasa viviente y que por otro lado, son fuente primaria de alimento para más de 3 mil millones de personas. Además, constituyen un recurso económico vital que proporciona medios de vida a millones de humanos en todo el mundo. Desde otra perspectiva, aproximadamente el 90 por ciento del comercio internacional se transporta por mar y que más del 29 por ciento de la producción mundial del petróleo viene de los océanos. No hay que perder de vista por otro lado, que el turismo de playa y los cruceros se erigen en una importante fuente de ingresos para muchos países, especialmente los pequeños que están “en desarrollo”.

Para tener presente otros datos que tienen que ver con su impacto económico, hay que decir que cada año se capturan en todo el mundo casi 130 millones de toneladas de pescado, con un valor aproximado de 60 mil millones de dólares. El sector pesquero y la acuicultura brindan trabajo a 150 millones de personas. Sin embargo, no es la económica la perspectiva más importante: sin los océanos, la vida no existiría en la Tierra.

En la actualidad, los océanos sufren una grave degradación a raíz de la contaminación, la pesca excesiva y el desmesurado crecimiento urbano en torno a las costas. Las evidencias son incontrastables y sólo permanecerán invisibles para quienes prefieran no ver. Por ejemplo, el 75 por ciento de las reservas pesqueras experimentan sobre-pesca o se explotan cerca de su límite biológico. Como ya se sabe, las técnicas de arrastre son dañinas y destruyen los hábitat para la reproducción, según oficializó la FAO en 2003. Las flotas pesqueras son 40 por ciento más grande que la capacidad de sostenimiento que tienen los océanos y la explotación pesquera es de dos a tres veces superior al ritmo de reproducción de los peces.

La dimensión industrial que adquirió la pesca en las últimas décadas, redujo en más del 90 por ciento la población mundial de peces grandes. Ese ataque puso en peligro una fuente vital de proteínas. Como consecuencia, la pesca de especies que antes tenían poco valor aumenta, a medida que la extracción de especies de alto valor se estabiliza o disminuye. Y en términos más generales, hay que decir que los océanos Atlántico, Pacífico e Índico se calientan con un promedio de 0,06 grados desde 1955 a raíz del efecto invernadero. La modificación da lugar a elevamientos en los niveles del mar, que se calcula, podrían ir de los 9 a los 95 centímetros para fines del siglo XXI. Ese proceso genera que la mitad de los ecosistemas costeros, es decir, arrecifes coralinos, manglares y pastizales, se encuentren en riesgo de degradación total.

No se extendió demasiado en coincidencia con la jornada, pero el secretario general de la ONU recordó que “desde el comercio hasta la alimentación y la regulación del clima, los océanos son esenciales en múltiples aspectos de la vida de toda la humanidad. Y ello es especialmente así para los habitantes de las zonas costeras, cuyos ingresos y cultura están indisolublemente unidos al mar”.

Advirtió que “si queremos beneficiarnos plenamente de los océanos, debemos invertir la tendencia a la degradación del medio marino causada por la contaminación, la explotación excesiva y la acidificación”. En consecuencia, Ban Ki moon instó “a todas las naciones a que trabajen con ese objetivo y a que se sumen a la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar y la apliquen. Aunemos nuestros esfuerzos para crear nuevas oleadas de acción en favor de la sostenibilidad de los océanos, en favor de las personas y del planeta”. A pesar de la generalidad de su mensaje, hay que acordar.

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