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El periodismo: una actividad problemática

Quizá como nunca antes en la Argentina es posible pasarse horas frente a señales televisivas o leer dos o tres diarios de circulación importante y al término de la operación, resultar tremendamente desinformado. Y lamentablemente, en la tarea colaboran los medios de comunicación del oficialismo, sean públicos o privados, demasiado preocupados por responder las operaciones de prensa que montan los grandes grupos que se consideran afectados por la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual.

La reflexión viene a cuenta del Día del Periodista, que se conmemora cada 7 de junio. Y en ese sentido, resulta oportuno que la gente tenga presente una situación que periódicamente aflora: no necesariamente los hombres y mujeres de prensa que se desempeñen en determinado medio de comunicación, coinciden ideológica o profesionalmente con la línea editorial de la empresa para la cual trabajan.

Como en cualquier otra actividad laboral o profesional, en el ámbito del periodismo el trabajo es un bien escaso. En consecuencia, así como el oficial de Cuentas de un banco no tiene por qué coincidir con la política empresarial de la entidad para la cual trabaja, otro tanto sucede en el mundo de los periodistas. No necesariamente los que escriben para “La Nación” son golpistas o para “Clarín” contrarios al oficialismo. Y viceversa, quienes se desempeñan en medios públicos no son todos voceros del gobierno, menos aún si pertenecen al personal de planta.

En los últimos meses además, quedó en evidencia con fuerza incontrastable como algunos periodistas no tienen inconveniente alguno en poner en tela de juicio su propia trayectoria si la oferta económica es sustantiva y borrar con el codo las apreciaciones que sostenían hasta no hace mucho. Es que la actividad periodística, amigo lector, no tiene por qué diferenciarse demasiado de las prácticas más corrientes de la sociedad en la que está inmersa. No somos más o menos especiales porque tengamos la costumbre de enfrentar una cámara, un micrófono o un teclado.

Sí admitiremos que las expectativas que se despertaron hace poco más de tres años a partir de la sanción de la Ley de SCA, por ahora no encontraron correlato en la realidad. Para quienes bastante antes de 2003 advertíamos la existencia de oligopolios informativos que tendían a uniformar criterios intelectuales, morales y estéticos, resulta claro que no asistimos a una pluralización de voces ni de contenidos, sino más bien a la aparición de una pléyade de medios cercanos al oficialismo que disputan agenda, pero rara vez sentidos.

No fue esa la lógica que primó en la Junta de Gobierno que asumió el poder el 25 de Mayo de 1810, cuando tiempo después ordenó la puesta en circulación de un órgano oficial que plasmara en el papel el ideario de la revolución. Desde ya, en aquellos tiempos la actividad que se entendía por periodismo se conformaba con elementos bien distintos a los de hoy, cuando la faceta de entretener aparece desorbitada sobre las funciones de informar y sobre todo, educar.

Entre nosotros el periodismo se puso en práctica en épocas de convulsión y acompañó desde los periódicos el proceso que desembocó en la independencia. Eran tiempos de auténtica confrontación ideológica, de imprentas rudimentarias y esfuerzos editoriales, durante los cuales los periodistas no sólo se comprometían con la labor de informar sino también con las acciones de gobierno, tendientes a construir una nueva soberanía.

De todas maneras, los sucesos de Mayo no generaron nuevas prácticas por generación casi espontánea, como erróneamente se acostumbra a suponer. La actividad periodística en el Río de la Plata no tuvo que esperar la ocurrencia del nuevo gobierno para ponerse en marcha, ya que durante el período virreinal y en plena maduración de los ideales emancipadores, tuvieron lugar emprendimientos que aportaron su granito de arena en el esclarecimiento de las conciencias que precedió al movimiento.

Ese fue el caso del “Telégrafo mercantil, rural, político-económico e historiógrafo del Río de la Plata”. Así de largo era su nombre, iniciativa del abogado y militar oriundo de Extremadura, Francisco Antonio Cabello y Mesa. El peninsular, que tenía la intención de formar “una sociedad patriótica, literaria y económica”, tuvo entre sus colaboradores a escribas ardorosos como Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Manuel Medrano y otros futuros protagonistas del proceso independentista.

Hay que tener presente que en aquellos tiempos iniciales, abundaba la opinión en los periódicos y faltaban las crónicas. “Nación alguna puede prosperar sin el fomento de la industria; su extensión es inmensa, sus objetos innumerables, sus utilidades indecibles”, se afirmaba, por ejemplo. En sus columnas Hipólito Vieytes gustaba referirse a la agricultura, a la industria, al comercio y a la educación moral. Como puede advertirse, no estaban entre sus planes permanecer bajo la sujeción española.

Dice Bartolomé Mitre en su “Historia de Belgrano”: “Para llenar los objetivos que los redactores se habían propuesto, el periódico (la Gaceta de Buenos Aires) tenía que enseñar lo contrario de lo que las leyes españoles mandaban, y despertar por este medio en los naturales la aspiración hacia un ideal desconocido; y las imaginaciones se precipitaban a su encuentro atraídas por un encanto irresistible...” Nótese que tan distantes las aspiraciones de antaño a los limitados objetivos de la actualidad.

Hoy, de un lado parecieran limitarse a denunciar rimbombantes casos de corrupción cuya magnitud en Tribunales siempre resulta menor a la periodística. Del otro, la construcción de un país imaginario que soslaya la permanencia de las injusticias, las postergaciones e inclusive, de ciertos crímenes. Es evidente que se torna urgente revisar qué se entiende por hacer periodismo.

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