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Estados Unidos jamás renunciará a su abrumadora superioridad militar

Ni siquiera las elucubraciones más pesimistas pueden recrear la existencia próxima de un conflicto bélico a gran escala, del tipo de las guerras mundiales del siglo XX. Sin embargo, las grandes potencias poseen elementos de destrucción de manera incansable, como si efectivamente ese horizonte quedara próximo. Hay un agravante: en términos regionales algunos países imitan esas conductas aunque en la práctica, no tendrían por qué inquietarse por la seguridad de sus fronteras. Es el caso de Chile, por ejemplo.

Cuando terminó la Guerra Fría, supusimos en forma ingenua que la abrumadora cantidad de recursos económicos que se dirigía a la fabricación de armas se iría a reducir. En efecto, en los primeros años hubo una retracción. Pero el belicismo sin proporción retomó rápidamente su curso para luego, experimentar un impulso demasiado importante a partir del 11-S.

Con las pantallas que supusieron el terrorismo y el fundamentalismo islámico, Washington instauró desde 2001 un estado de guerra permanente, que procura la profundización de su dominio global, a través de una presencia fuertemente armada en Irak, Afganistán, Pakistán, los Balcanes, las regiones adyacentes el Cáucaso, Asia Central, África y también Latinoamérica, a través sobre todo de Colombia y más recientemente de Paraguay.

Para sustentar esa ideología, hacen faltas inimaginables erogaciones que sean capaces de apuntalar el complejo industrial bélico de Estados Unidos y otros países proveedores. Frioleras inconmensurables se erogan mientras al mismo tiempo, crece y crece la cantidad de hambrientos en el mundo. De hecho, hace años que la cifra de quienes sufren inseguridad alimentaria en el planeta oscila en derredor de los mil millones de personas.

Esas situaciones de injusticia acostumbran a detonar en crisis humanitarias, tensiones políticas y también nacionales. Pueden argumentar los partidarios del orden de las cosas que es para controlar tales turbulencias que tanto se gasta en armas y en ejércitos. Pamplinas... Es falso que para vencer a unos cuantos milicianos mal armados y peor alimentados sean necesarias cifras cercanas a los 600 mil millones de dólares por año. Si las fuerzas armadas estadounidenses quisieran efectivamente terminar con la insurgencia afgana o con sus simpatizantes en las montañas de Pakistán, no tendrían mayores necesidades materiales. Es otra la verdad de la trama.

Para la Casa Blanca, sea demócrata o republicana, la cuestión pasa por mantener en actividad el complejo industrial-militar, no sólo por el inmenso poder que ese lobby ejerce sobre las decisiones del gobierno estadounidense, sino porque además, ante la presente coyuntura económica de retracción y falta de empleo, las guerritas que siempre puede idear el Pentágono representan un factor que dinamiza la actividad.

Pero además, los sectores dirigentes estadounidenses, sean liberales o conservadores, saben que su proyecto de súper hegemonía puede tropezar en cualquier momento con las aspiraciones de otras potencias, de poderío más significativo. Entonces, la ofensiva permanente de la cual son objeto los estudiantes del Corán, es en realidad un tiro por elevación a China, Rusia, India o inclusive la Unión Europea.

La construcción de un poder militar abrumador es una opción estratégica de Estados Unidos que deriva de una determinación política. Frente a esa decisión, que se adoptó hace mucho tiempo y que no creemos que la actual gestión vaya a cambiar, los sucesivos discursos que adopta la Casa Blanca son precisamente palabras. Estamos frente a una voluntad deliberada de predominio que entre otras cosas, es capaz de prescindir de la vida humana cuantas veces sea necesario, como quedó bien en claro durante una década en Irak y en la actualidad en Pakistán. O en Siria.

Ahora bien, más allá de las consideraciones precedentes, cabe preguntarse si las actuales políticas de armamento, en especial las que pone en práctica Estados Unidos, son atinadas desde un punto de vista estrictamente militar. Es evidente que en materia de informatización, dominio de las telecomunicaciones y control satelital, el Pentágono hace gala de un dominio abrumador. Pero hay que tener presente que hasta el momento, ese complejo que parece más propio de las películas de ciencia ficción, siempre se puso en funcionamiento contra rivales infinitamente inferiores, tecnológica y materialmente.

Ojalá que jamás la lleguemos a ver pero si una guerra “convencional” se desatara con relativa paridad de medios tecnológicos, cuando la destrucción se ensañe contra los puntos neurálgicos de la comunicación y la producción de energía, estaremos frente a un escenario que ya se describió: la conflagración comenzaría con la puesta en marcha de las tecnologías más sofisticadas pero al prolongarse, terminará con armamentos que hoy consideraríamos obsoletos o piezas de museo.

Las cosas se complican para todos. Hay que recordar que hace unos cuatro años, Sudamérica vivió su propia crisis, al resolver el entonces presidente colombiano que su país cobijara bases estadounidenses. Colombia limita con Venezuela, sede de la experiencia política que más irrita a la Casa Blanca. Los memoriosos tendrán presente la Cumbre de la UNASUR que deliberó en Bariloche, precisamente con ese tema en el centro de la agenda.

Con 13 años a cuestas, pareciera que el siglo XXI no será el momento más apacible de la historia de la humanidad. Hay que tener presente que después de aquellas discusiones por las bases estadounidenses en Colombia, se produjo el golpe de Estado que afectó a Honduras y más cerca en el tiempo, la experiencia paraguaya, que puso en crisis al MERCOSUR. Para Estados Unidos, mantener la abrumadora superioridad militar que posee no es una opción. Es una necesidad.

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