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Pensar, alimentarse y ahorrar en beneficio del medioambiente

Hoy se conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente. Para su edición 2013, la consigna que se eligió es “Piensa. Aliméntate. Ahorra”. Con esas “órdenes” en su base, el PNUMA (Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente) instrumentó una campaña para reducir los desechos y pérdidas de alimentos. Es que según la FAO (Organización de la ONU para la Alimentación y Agricultura), cada año se desperdician 1.300 millones de toneladas de comida. Increíble disparate...

La magnitud equivale a la producción alimentaria de todo el África al sur del Sahara. La constatación demuestra por demás qué tan ridículo es el funcionamiento de la economía planetaria, ya que mientras se tira comida a la basura, uno de cada siete habitantes de la Tierra se va a dormir con hambre. Por otro lado, más de 20 mil niños de menos de 5 años mueren de inanición cada día.

El PNUMA quiso que tomemos en cuenta tamaño desequilibrio y que consideremos el carácter devastador que el desfase provoca en el medioambiente. De ahí que la consigna “Piensa. Aliméntate. Ahorra”, pretenda dar a conocer el impacto que tienen nuestras decisiones alimentarias y cómo tomarlas a partir de contar con el 100 por ciento de la información.

En la actualidad, el afán consiste en que la Tierra pueda ofrecer los recursos necesarios para los 7 mil millones de humanos que somos. Según los cálculos, seremos 9 mil millones hacia 2050. No obstante, la FAO calcula que un tercio de la producción alimentaria se pierde o se desecha. Desde ya, el despilfarro es altamente perjudicial para las fuentes naturales de recursos y genera consecuencias negativas para el medioambiente.

Con su iniciativa, el PNUMA quiere que sepamos cómo ciertas decisiones que podemos adoptar de manera cotidiana, pueden reducir el volumen de los desechos. Además, éstas nos permiten ahorrar dinero de nuestros presupuestos y por otro lado, disminuyen el impacto ambiental que provoca la producción de alimentos. Es que si se desperdicia comida, otro tanto ocurre con los recursos que se emplean para su producción.

Algunas ejemplos ayudarán a comprender de qué estamos hablando... Para producir un litro de leche, se afirma que hacen falta mil litros de agua. Para llegar a una hamburguesa, se requiere de 16 mil litros. Además, durante el proceso productivo se liberan emisiones de gases “efecto invernadero”. Cuantificaciones que serán en vano –para decirlo con suavidad- si al final de la cadena, se desechan los alimentos.

La producción global de alimentos ocupa un 25 por ciento de la superficie habitable. Además, se lleva el 70 por ciento del consumo de agua, provoca un 80 por ciento de la deforestación y emite el 30 por ciento de los gases contaminantes. Se trata entonces de una de las actividades que más provoca pérdida de biodiversidad y cambios en el uso del suelo. Cuando el PNUMA exhorta a tomar decisiones informadas, se refiere a que elijamos para nuestro consumo alimentos cuyo impacto en el medioambiente sea menor.

Son sugerencias que periódicamente hacemos nuestras aquí, pero que se difundan desde organismos internacionales constituye una novedad. Por ejemplo, hace rato que es preferible optar por alimentos orgánicos, en cuya producción no se usan agro-tóxicos. También sabemos que es deseable adquirir los productos en mercados locales, donde se supone que no fue necesario el transporte y en consecuencia, no supusieron tantas emisiones de gases contaminantes.

Desde ya, la última de las recomendaciones tiene plena validez para las áreas que son productoras de alimentos. Precisamente, en más de una ocasión saludamos aquí el funcionamiento de la Feria de Horticultores que trabaja durante el verano, como ejemplo de recuperación de la soberanía alimentaria que Bariloche nunca debió perder. Para localidades como la nuestra, volver de manera sustantiva a la producción de alimentos se entroncará íntimamente con las necesidades que para la jornada de hoy plantea el PNUMA.

Desde ya, el impacto de los desechos alimenticios no es sólo financiero. El medioambiente aparece como el gran perjudicado, ya que los desperdicios suponen el uso de fertilizantes y pesticidas. Por otro lado, el empleo de combustibles de origen fósil para su transporte genera metano, uno de los gases que más alimenta al “efecto invernadero” y al cambio climático. El metano es 23 veces más potente que el dióxido carbono.

¿De qué maneras se produce el desperdicio? Según los organismos de Naciones Unidas, los consumidores de los países enriquecidos malgastan aproximadamente 222 millones de toneladas de comida, más o menos el volumen que representa la producción neta de alimentos de África al sur del Sahara. Los desechos y la comida que se pierden cada año equivalen a más de la mitad del cultivo mundial de cereales: 2.300 millones de toneladas (2009-2010). Va de suyo que la pérdida y el desperdicio de alimentos suponen además un importante consumo de agua, tierra, trabajo y capital que inevitablemente favorece el efecto invernadero.

En los países empobrecidos la mayor parte de los desechos y pérdidas se producen en la primera fase de la producción. El asunto podría mejorar con técnicas de gestión y financieras que mejoren el almacenamiento y la conservación de los alimentos. La ayuda a los granjeros, más inversiones en infraestructuras y transporte, ayudarían a reducir los alimentos que se pierden y se desechan.

En países de ingresos medios o altos, la mayor parte de los desechos tienen lugar en la fase final del proceso productivo. Es aquí donde los consumidores jugamos un papel importante. Por otro lado, la falta de coordinación entre los distintos actores de la producción de alimentos hace su parte. Una mayor conciencia en la industria, el comercio y los consumidores, junto con el aprovechamiento de la comida que más tarde se desperdicia, ayudarían a reducir las pérdidas. Es necesario terminar con tamaño dislate.

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