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Contra la dictadura de la televisión

Hace unos 30 años, la televisión no tenía ni por asomo la penetración que tiene en la actualidad. En Buenos Aires, las opciones televisivas se reducían a cuatro canales abiertos y en algunos de sus barrios, también se podía recibir la programación del canal platense. En el resto de las grandes ciudades del país el abanico de ofertas era más reducido aún. En localidades más pequeñas había que contentarse con las repetidoras de Canal 7 o como en el caso de Bariloche, con su propia estación.

En aquellos tiempos, ningún canal transmitía las 24 horas, como es moneda corriente en la actualidad en las señales de TV por cable. Las franjas horarias estaban claramente delimitadas y en consecuencia, a ningún niño se le hubiera ocurrido ver “dibujitos” a las diez de la noche y menos aún a las nueve de la mañana. De hecho, aproximadamente a la una de la madrugada terminaba la tarea de los trabajadores de la televisión y el canal se despedía sencillamente, hasta el mediodía siguiente.

El fútbol tampoco ocupaba tanto lugar en nuestras vidas. En materia de AFA, se transmitía solamente el partido adelantado, que se disputaba los viernes. En ocasiones se jugaban fechas a mediados de la semana pero si no se iba a la cancha, había que limitarse con seguirlas por radio. La enervante dinámica futbolera de la actualidad, con la fecha ordinaria repartida durante cuatro jornadas –todas con presencia en TV- más la aparición de nuevos certámenes continentales distintos a la tradicional Copa Libertadores y la presencia en la pantalla del ascenso, es un invento relativamente reciente, que data de mediados de los 90.

Hasta la crisis de 2001 la Argentina era el tercer país en el mundo en cuanto a penetración de la TV por cable. Es decir que en términos relativos, aquí se veía más televisión que en cualquier otro lugar del mundo, salvo Estados Unidos y Canadá. Las consecuencias pueden rastrearse en diversos ámbitos: el político, el educativo, el sociológico... Pero digamos sencillamente a título de burdo ejemplo: mientras se ve un partido de fútbol por TV, no es posible jugarlo.

Es la civilización que alcanzó su máxima expresión con los “reality show”, aquellos programas espantosos merced a los cuales los televidentes renuncian a vivir una vida propia para observar la de los demás. Para colmo, no sólo durante la emisión propiamente dicha, sino también al erigir las peripecias de los protagonistas en tema de conversación e inclusive, en materia de comentarios en otros espacios televisivos y radiales 

Durante el mismo período en que la televisión por cable “explotó” en la Argentina, una generación de nuestros jóvenes se vio privada de acceder el pensamiento crítico. Claro que no se trata de un fenómeno que se limite a nuestro país. Sin ir más lejos, Umberto Eco acostumbra a reflexionar sobre los peligros que entraña esta suerte de dictadura ya que en Italia la TV supo estar claramente subordinada al poder político. No sólo allí, claro.

En su momento, mucho revuelo se generó en la cuna de una de las culturas occidentales más representativas cuando Berlusconi, afirmó muy suelto de cuerpo que a los periódicos no los lee nadie mientras que todo el mundo ve televisión. Obviamente, el por entonces mandamás itálico irritó a todos los bien pensantes pero en realidad, Eco considera que no estuvo tan errado porque si se reunieran todas las tiradas de los periódicos italianos se alcanzaría “una cifra bastante risible si se la compara con la de quienes sólo ven la televisión”.

Las consideraciones del semiólogo y novelista se referían a la coyuntura italiana pero sus conclusiones son válidas para cada rincón del planeta. Allí sólo “una parte de la prensa italiana mantiene aún una actitud crítica ante el gobierno actual” y toda la televisión “se ha convertido en la voz del poder”, entonces “no cabe duda de que Berlusconi tiene toda la razón: el problema es controlar la televisión, y que los periódicos digan lo que les venga en gana”. Como puede advertirse, las aseveraciones precedentes son sumamente válidas para la Argentina.

Dice el autor de “El nombre de la rosa” que “en nuestro tiempo, si dictadura ha de haber, será mediática y no política. Hace casi cincuenta años que se viene diciendo que en el mundo contemporáneo, salvo algunos remotos países del Tercer Mundo, para dar un golpe de Estado ha dejado de ser necesario formar los tanques, basta con ocupar las estaciones radiotelevisivas. Ahora el teorema ha quedado demostrado”.

De hecho, según Eco la situación actual tiene mucho en común con el imperio del fascismo porque “un régimen es una forma de gobierno no necesariamente fascista. El fascismo obligaba a los chicos (y a los adultos) a ponerse un uniforme, acabó con la libertad de prensa y enviaba a los disidentes al confinamiento. El régimen mediático (que había ensayado) Berlusconi no es tan anticuado. Sabe que el consenso se logra controlando los medios de información más difundidos. Por lo demás, no cuesta nada permitir que disientan muchos periódicos (hasta que no puedan ser adquiridos)”.

A comienzos del siglo XXI, las metodologías de control pasan por otro lado. “En un régimen mediático donde, pongamos, sólo el diez por ciento de la población tiene acceso a la prensa de oposición y el resto recibe las noticias a través de una televisión bajo control, si por un lado está extendido el convencimiento de que se acepta el disenso (...), por otro el efecto de realismo de la noticia televisiva hace que se sepa y se crea sólo aquello que dice la televisión”.

En definitiva, parecería que si se pretende un país mejor, se impone adoptar una postura crítica frente al reinado casi absoluto de la televisión. La ausencia de una política cultural frente a un fenómeno tan poderoso termina redundando en los hábitos de participación, como bien dijera el antropólogo argentino García Canclini. Está a la vista que no alcanza con un par de señales estatales y menos si se convierten en prensa partidaria.

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