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Las redes sociales profundizan la “inseguridad” informativa

En un principio, la generalización de Internet supuso la eliminación de todas las barreras que antes existían a la hora de publicar informaciones. Década y media más tarde, la irrupción de las así llamadas redes sociales permitió entrever el fin de los oligopolios mediáticos, a tal punto que el concepto de “medio de comunicación” está en duda en la actualidad, ya que los contenidos que circulan en la red no siempre tienen origen en la versión electrónica de algún diario o portal informativo. Sobre todo en los países más desarrollados, se accede a las informaciones de manera individual, sin pasar por alguna portada.

Estas dos derivaciones de las “nuevas tecnologías”, es decir, el acceso libre a la publicación y la difusión de contenidos a través de redes, hizo pensar que caminábamos hacia una manera de comunicarse más democrática e igualitaria. No obstante, está a la vista que en el marco del nuevo panorama también se amplifican viejas anomalías. Una vez más, éstas profundizan la desigualdad entre “informados y desinformados”.

No hace falta profundizar demasiado para advertir que la falta de rigor tomó por asalto Internet desde una perspectiva informativa, en particular a las redes sociales. El asunto no es demasiado grave para el ciudadano que cuente a favor con una mediana formación, ya que en general, tiene como hábito elegir determinadas fuentes e inclusive, comparar las informaciones. Pero el asunto se torna grave para las grandes mayorías, que primero tuvieron que habituarse a recibir un torbellino informativo que se caracteriza por su sobreabundancia. Y en la actualidad, sin que haya menguado su velocidad, tal vorágine se dejó dominar por el rumor, la distorsión o lisa llanamente, la falsedad.

En consecuencia, la supuesta igualdad que aparentemente proporcionaba la nueva situación genera en verdad mayores desigualdades, según demostró un grupo de investigadores de la Universidad de Londres. Los expertos ingleses concluyeron que “la desigualdad no es disminuida sino intensificada en las redes sociales modernas. Nuestra investigación sugiere que las redes sociales de medios han efectivamente magnificado la disparidad entre la calidad de la información a la cual diferentes grupos sociales pueden tener acceso”.

En efecto, las redes sociales elevaron el rumor a la categoría de noticia, incluso hasta contaminar a los grandes medios de comunicación que a decir verdad, nunca se caracterizaron por su rigor. Como bien sabemos, canales abiertos, señales noticiosas y hasta cadenas internacionales acostumbran a ilustrar sus crónicas o comentarios con imágenes que toman de Internet y en más de una oportunidad, resulta que los cuadros no se ajustan al lugar ni al acontecimiento sobre el cual supuestamente se quiere informar.

En estos casos, la responsabilidad de los medios es total porque en general, exhortan a sus audiencias a que envíen imágenes o testimonios, sin que las redacciones se tomen el trabajo de cotejar esas informaciones. Así, se terminó por convertir un enterratorio de animales en una fosa común de ejecutados o muertos en combate, mientras que las autorías de las masacres más recientes cambian siempre que se busca confirmar el suceso.

Es verdad que los hombres y las mujeres de prensa tienen dificultades para trabajar en el caso de algunos conflictos bélicos o de ciertos regímenes opresivos. Frente a las posibles carencias informativas, se recurre entonces a los testimonios que se vierten en las redes sociales o a las imágenes que circulan por varias vías. La responsabilidad de las empresas periodísticas se limita a destacar que tal video o testimonio procede de determinada red social, sin detenerse a averiguar quién está detrás de la información que suministran y dónde se origina.

Hubo un caso relativamente reciente que gozó de gran repercusión en Europa. Se trató del blog de una chica siria que se proclamaba lesbiana y denunciaba la represión del gobierno que encabeza Bachar el Asad contra la homosexualidad. El espacio alcanzó un éxito considerable durante cuatro meses de 2011. En junio de ese mismo año, un post que subió una prima de la mujer, informó que a la joven la habían detenido entre tres hombres de 20 años. Tiempo después se supo que ni la autora del blog ni su prima existían y que la trama, obedeció a la imaginación de un estadounidense heterosexual que no tenía ninguna relación con el país del Asia Menor.

También son corrientes las mentiras que involucran a personajes de prestigio. Efectivamente, circulan de manera regular escritos que llevan la firma de autores de renombre. Uno de los casos impactó en España, donde una hipotética carta del escritor José Luis Sampedro, insultaba a Mariano Rajoy hace aproximadamente un año. El escritor publicó una desmentida en su página personal y la primera web que había difundido la falsa carta la retiró y pidió perdón. Pero el supuesto escrito circulaba ya por muchos portales y redes sociales y todavía puede encontrarse.

Recurrir como fuente a una red social para informar es como si 10 años atrás, cualquiera de nosotros, periodistas, hubiera escrito, “según se escuchó en un bar”. Con el agravante de que al menos ese recinto tenía un asidero geográfico. En el caso de Twitter, la cosa es todavía más imprecisa porque no sólo no se sabe quién es el autor de la especie, también se desconoce su procedencia o ubicación. En consecuencia, resulta claro que con la generalización de Internet y sobre todo, con el uso cada vez más frecuente de las redes sociales, la inseguridad informativa que padecemos hace décadas, no hace más que intensificarse.

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