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Un sacrificio que todavía interpela a las conciencias

Mariano Moreno sucumbió como consecuencia del veneno que le administró el capitán de un barco británico. Manuel Belgrano dejó de existir en la más absoluta pobreza en 1820, apenas ocho años después de frenar el avance realista sobre las Provincias Unidas. Bolívar también murió en soledad, mientras las facciones oligárquicas de aquí y de allá barrían con su proyecto de unidad continental, entre muchas otras muertes injustas. En ese contexto, no puede llamar mucho la atención que Juana Azurduy –amazona de la libertad, como dice la canción- terminara sus días como una mendiga en la calles de Chuquisaca.

Inclusive en la actualidad, la historia “oficial” de la Argentina prefiere poner en segundo o tercer plano a los revolucionarios del Alto Perú. En el pasado, no faltaron razones, si se tiene en cuenta la ideología que sustentó a quienes tuvieron el poder de narrar el pasado “nacional” hasta hace muy poco... Pero todavía hoy se prefiere soslayar la infinidad de tropelías que cometieron los ejércitos porteños en su accionar por las provincias del actual norte argentino y la jurisdicción boliviana del presente. No por nada el viejo Alto Perú decidió independizarse de España, pero también de Buenos Aires.

Por otro lado, el “olvido” altoperuano en la narración de la historia argentina tiene que ver con razones más detestables todavía, porque se relaciona con valores que están vivitos y coleando, ya que nunca dejan de aflorar... Vemos como periódicamente asoman la xenofobia y el racismo entre los argentinos, el odio de clase y el desprecio por la diferencia. Bariloche no es la excepción.
En el Alto Perú, la guerra por la independencia de las Provincias Unidas del Sud la llevaron adelante contingentes indígenas y gauchos a las órdenes de caudillos populares, más unos pocos militares de Buenos Aires que entendieron de qué se trataba. Fue allí, al igual que en Salta, Jujuy y Tucumán, que la revolución supo de calor popular y estuvo bastante lejos de las intrigas palaciegas, idas y venidas de los porteños.

Mientras las partidas norteñas mantenían a raya a los realistas -quienes inclusive pretendieron ingresar por la Quebrada de Humahuaca en fechas tan tardías como 1825- las tropas de Buenos Aires se consagraban a guerrear con los pueblos del interior, léase la Banda Oriental o el Litoral. ¿Por qué la frontera norte todavía en disputa, no contaba con tropas regulares mientras San Martín se batía en Perú? Desempolvar la gesta del Alto Perú implicaría poner en evidencia a muchos de los que hoy consagra el mármol y sus defecciones.

Aquellos guerrilleros lograron sus jinetas en el campo de batalla, a diferencia de quienes silenciarían sus hazañas cuando se pusieron a escribir historia. Manuel Padilla “ascendió” a coronel del Ejército del Norte cuando el enemigo ya había clavado su cabeza en una pica. Y Juana Azurduy protagonizó un episodio sin parangón en la trayectoria de las fuerzas armadas luego argentinas, cuando se hizo del grado de teniente coronela a pedido de Manuel Belgrano, después de deslumbrar a propios y extraños por su actuación el combate.

“Juana avanzaba casi en línea recta, rodeada por sus feroces amazonas descargando su sable a diestra y siniestra, matando e hiriendo. Cuando llegó a donde quería llegar, junto al abanderado de las fuerzas enemigas, sudorosa y sangrante, lo atravesó con un vigoroso envión de su sable, lo derribó de su caballo y estirándose hacia el suelo aferrada del pomo de su montura, conquistó la enseña del reino de España que llevaba los lauros de los triunfos realistas en Puno, Cuzco, Arequipa y La Paz”. A qué en la escuela le contaron, amigo lector, mil y una veces la anécdota de Dominguito yendo a clases inclusive cuando caían culebras del cielo, pero jamás la acción de Juana...

Es que reivindicar su memoria para la “historia oficial” es nombrar aquello que precisamente, Sarmiento y Mitre no querrían nombrar. Es reconocer el lugar del gauchaje, de la “barbarie” que quiso encontrar el sanjuanino, la trascendencia del pobrerío del interior que durante su presidencia, el fundador de “La Nación” no hizo otra cosa que martirizar... En el Alto Perú quedó muy claro que indígenas, gauchos, negros, esclavos y mestizos no sólo no eran inferiores a los ilustrados de Buenos Aires, sino que además lucharon con mayor tenacidad y desprendimiento que varios de los oficialitos que mandaba el puerto.

Si se pusiera en su justo lugar a Juana Azurduy –entre otros- se reconocería que el supuesto papel rector que tuvo Buenos Aires en el destino americano, no sólo no fue tal sino que además, nos encontraríamos con un cúmulo de traiciones, vacilaciones y actuaciones miserables muy difíciles de explicar. Y además, caería aquella imagen que muchos argentinos tienen de sí mismos, porque en el Alto Perú nuestros compatriotas no bajaron precisamente de los barcos.

En la Argentina, el 12 de julio es el Día de las Heroínas y Mártires de la Independencia de América, precisamente en conmemoración del nacimiento de Juana Azurduy, sobre cuya memoria tenemos una deuda enorme. Luego del asesinato de su esposo y de varios de los principales jefes guerrilleros, ella bajó a Salta y combatió junto a Güemes, quien la protegió y le dio un lugar importante.
Pero luego de la caída de éste en una emboscada realista en 1821, Juana entró en una profunda depresión. En 1825 solicitó auxilio económico al gobierno de la Argentina para retornar a Chuiquisaca.

La respuesta del mandamás salteño resultó indignante, ya que apenas le otorgó “50 pesos y cuatro mulas” para llegar a la “nueva nación de Bolivia”. Cabe recordar que los Padilla eran gente de recursos antes de que comenzara la Revolución y que buena parte de sus bienes se consumieron en su financiamiento, los que no fueron incautados por el enemigo. Juana murió a los 82 años, el 25 de mayo de 1862, en la mayor pobreza. Su sacrificio todavía interpela a las buenas conciencias.

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