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Que el 25 de Mayo no sea una celebración de facción

Prácticamente un año atrás, Bariloche experimentaba una conmoción importante. Por primera vez en su historia, un primer mandatario se hacía presente en la ciudad para celebrar aquí el 25 de Mayo, la fecha patria por antonomasia. Le tocó en suerte a la presidenta Cristina protagonizar tamaña circunstancia que desde ya, pasó a la posteridad más allá de las simpatías o antipatías que pueda despertar su gestión.

Un año después, la coyuntura política parece distinta. En los últimos meses, las denuncias mediáticas que hacen centro en hipotéticos casos de corrupción, disfrutaron de suficiente amplificación como para hacer mella en la imagen presidencial. Por otro lado, ciertas dificultades económicas que el gobierno no atina a resolver, ensombrecen un tanto el panorama que 365 días atrás, era sumamente festivo.

Además, en 2013 el gobierno está más preocupado por poner de relieve la década supuestamente ganada, en lugar de situar en el centro a los aspectos específicos que hacen a la revisión y construcción de la memoria. En ese sentido, se conoce nuestra posición al respecto: no resulta del todo exacto afirmar que en esa jornada de 1810 comenzó el proceso de emancipación de la Argentina. Más allá de las diferencias ideológicas y la pertenencia a diferentes clases sociales, pensamos que quienes protagonizaron aquellos episodios creían que animaban una revolución de carácter democrático y liberal, no un intento por independizarse de España.

Durante mucho tiempo se enseñó en nuestras escuelas la versión que habla de una ruptura con la Península Ibérica, que se disimuló con “la máscara de Fernando VII”. Esa hipótesis es de elaboración más tardía, la acuñó sobre todo Bartolomé Mitre en su faceta de historiador pro-británico, poco simpatizante del estigma español que caracteriza a Latinoamérica y sobre todo, adversario político del americanismo.

Pero los hechos que tuvieron lugar en Buenos Aires hace 203 años no fueron excepcionales. La propia España vivía un proceso similar, que había arrancado en 1808 cuando los partidarios de la democracia y la libertad cuestionaron severamente el orden monárquico y sobre todo, los privilegios de la nobleza y el clero. Pero en aquel escenario donde se desempeñaron San Martín y muchos otros futuros próceres americanos, el ascenso de la burguesía como clase social también coincidía con una episodio de liberación nacional, ya que se sufría la invasión de Francia.

Fue en la península ibérica donde se dieron los primeros pasos para la autonomía americana, ya que en primera instancia, las juntas que asumieron el poder político ante la ausencia del monarca prisionero, invitaron a las antiguas posesiones de ultramar a enviar representantes, ya no como colonias de la corona, sino como provincias españolas en América, en un plano de igualdad con las europeas.

Además, gracias a la difusión que alcanzó la interpretación de Mitre, los argentinos solíamos suponer que la Revolución de Mayo fue un hecho único que se dio en Buenos Aires y que desde allí, se “exportó” la independencia a Chile y Perú, gracias a la genialidad de San Martín. Nada más falso. En forma simultánea a la asonada porteña, tuvieron lugar hechos similares en Santiago, en el Alto Perú, en Venezuela y antes en México.

Creemos que por más aceitada que fuera la maquinaria organizativa de los revolucionarios porteños, es difícil creer que tuvieran la posibilidad de generar movimientos en zonas tan distantes en un lapso temporal relativamente breve. Por el contrario, esa coordinación se explica porque la oleada liberal-democrática no era un fenómeno exclusivamente que se desarrollaba en Buenos Aires, sino más bien un movimiento que con antecedentes en Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos, signaba la lucha ideológica de la época.

Que la de Mayo de 1810 fuera una revolución democrática y liberal en lugar de una secesionista, explica que conformaran españoles el primer gobierno patrio y que por el contrario, americanos militaran en el bando realista. También ayuda a entender cómo San Martín, que había participado en más de 30 combates bajo el pendón rojo y gualda, cruzó hasta el Río de la Plata cuando las tropas españolas ya nada podían hacer frente a las francesas. No se puso de las órdenes del Primer Triunvirato para traicionar sus orígenes y pugnar por la separación de España, sino para continuar en estas tierras su pelea por las libertades democráticas y civiles contra el absolutismo. Léase su correspondencia de aquellos años y los posteriores y se verá que jamás se refiere a sus adversarios como españoles, sino más bien como godos o maturrangos, entre otros calificativos.

Fueron los sucesos en Europa los que modificaron años después el carácter del proceso “argentino”. En 1814, tuvo lugar en España la restauración monárquica. En verdad, todo el Viejo Continente fue escenario de una contraofensiva de las monarquías, confabuladas en la Santa Alianza. Ante la nueva coyuntura, los patriotas entendieron que bajo la égida española, no sería posible mantener las conquistas democráticas que se habían alcanzado en los años que habían mediado entre 1810 y 1814. Fue frente al cambio de situación y ante el anuncio de expediciones punitivas que venían a castigar a los insurrectos, que San Martín y otros protagonistas de aquellas épocas decisivas, concibieron la idea de separarse de la suerte española.

Si queremos reconstruir nuestra historia sin faltar a la verdad, hay que sepultar esa idea infantil que nos enseñaron en la escuela, según la cual un militar “argentino” libertó a la Argentina y después a Chile y Perú. Ese hombre genial siempre se consideró americano, al igual que Artigas, Dorrego, Mariano Moreno, Belgrano, Tomás Guido, Simón Bolívar y centenares más. Tengamos presentes por estos días ese espíritu americano y no reduzcamos la exaltación del 25 de Mayo a una festividad de facción, se haya o no ganado una década.

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