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Ampliar el ejercicio de la memoria

Arrancó la Semana de Mayo y con ella, el renovado ejercicio de la memoria histórica, que debería ser más amplio. Porque más allá de Moreno, Saavedra, Larrea, Belgrano y demás protagonistas más o menos conocidos de la Revolución, se impone también detenerse en figuras de trascendencia menor pero de labor igualmente decisiva. Es el caso de Julián Álvarez, uno de los firmantes de la presentación popular que se elevó el 25 de mayo, hace casi 203 años. Pero claro, como presidía una logia, pocos historiadores se animaron a resaltar su figura.

Como se sabe, en 1812 un grupo de caracterizados oficiales americanos llegó a Buenos Aires desde España, previo paso por Londres. Entre ellos, se encontraba un oficial de fuerte acento “gallego” y varias condecoraciones en su haber: José de San Martín. Fue Álvarez, como titular de la Logia Independencia, quien recibió al contingente, del cual emergieron varios animadores del proceso revolucionario.

 

Álvarez había perdido a su referente político poco más de un año antes, cuando Mariano Moreno había muerto como consecuencia del veneno. De hecho, el secretario de la Junta lo había designado para que se desempeñara en La Gaceta de Buenos Aires, el órgano del nuevo gobierno. Nuestro hombre alternaba su tarea editorial con la actividad política, a la que desarrollaba dentro del liberalismo revolucionario de aquel entonces.

Cuando la traición consiguió terminar con la vida de Moreno, Álvarez quedó un tiempo al frente de La Gaceta. En el marco de su tarea de agitador antimonárquico, puso en contacto a San Martín con tres hombres que se sumarían al futuro proyecto sanmartiniano: Manuel Guillermo Pinto, José Gregorio Gómez y el publicista Bernardo de Monteagudo. El posicionamiento de Álvarez abona a la hipótesis que planteamos en forma recurrente, es decir, que la Revolución de Mayo no tuvo en sus orígenes pretensiones de escindir a las colonias de España, sino más bien derribar al absolutismo y procurar su reemplazo por un régimen democrático y liberal.

Es que si bien era porteño, su padre fue un rico español. Gracias a esa solidez económica, se pudo formar en las mejores instituciones de la época, entre ellas, el Colegio San Carlos. Luego prosiguió estudios en Córdoba y en Chuquisaca. Fue justamente en el Alto Perú donde cayeron en sus manos los libros de Juan Jacobo Rousseau. También supo abrevar en las ideas de los jesuitas Mariana y Suárez, sobre el derecho de resistir a la opresión.

Álvarez tuvo en aquellos acontecimientos de 1810 y en la década posterior una actividad central, pero fue presa del silencio que sobre él tendieron historiadores liberales, católicos, revisionistas o de otras tendencias, probablemente por su pertenencia a las logias de inspiración jacobina. El nombre de una calle capitalina lo recuerda, pero deben ser los menos quienes tengan presentes sus datos biográficos, su actividad política y su obra como jurista.

Al iniciarse el proceso de Mayo, se alineó sin dudar en el bando revolucionario, en su facción más combativa. Amigo y colaborador estrecho de Moreno, se dice que conocía con seguridad las ideas del secretario de la Primera Junta y su famoso Plan de Operaciones. Justamente, cuando San Martín detentó la gobernación de Cuyo puso en práctica varias de las propuestas del malogrado en alta mar, entre ellas, la economía de guerra, el impulso a la industrialización, el proteccionismo y un incipiente estatismo. Por eso, hay quien dice que Álvarez imbuyó al futuro libertador de esos conceptos, ya que fue su estrecho colaborador desde Buenos Aires.

En enero de 1811, ingresó como funcionario en la Secretaría de Gobierno de Buenos Aires, al lado de Moreno. Posteriormente, fue diputado por San Juan en la Asamblea General Constituyente que sesionó entre 1812 y 1813. Pero fue objeto de proceso judicial y conoció la cárcel por sostener desde la prensa la necesidad de que el poder se concentrara en una sola persona. Al instalarse el Directorio obtuvo la absolución y pasó a desempeñarse como oficial en la Secretaría de Estado. Desde 1816 hasta 1820, tuvo a su cargo la redacción de La Gaceta.

Cuando las fuerzas de las demás provincias derribaron al gobierno de Buenos Aires en 1820, Álvarez eligió exiliarse en Uruguay junto al resto de su familia. A la par de Álvarez Thomas, había cumplido otras tareas ante el gobernador de Santa Fe, Estanislao López. En 1820, al enfrentarse con el partido porteño y volver a conocer la prisión, optó por volver a partir hacia Montevideo con su familia.
Como para ratificar que en aquellos tiempos los hombres más preclaros se movilizaban detrás de la libertad de América y no en función de pequeñas apetencias nacionalistas, en Montevideo fundó “El Constitucional”. Su propósito fue difundir el credo republicano y la vigencia de las instituciones para desalentar las contiendas internas.

Justamente, Álvarez logró más reconocimiento en la Banda Oriental que en su lugar de origen, ya que al morir en 1843, se desempeñaba como presidente de la Corte Suprema de Justicia en Uruguay. En 1829 había participado de la Asamblea Constituyente del vecino país, ámbito en el cual también desempeñó una activa participación como político y jurista. Americano como Artigas o el propio Moreno, no encontró mayores contradicciones en sumar sus talentos a la construcción uruguaya.

Sobre Álvarez dijo un historiador cuya memoria nos provoca rechazo, que era de “un bellísimo carácter, talento epigramático sin amargura, escritos fácil aunque algo difuso, nutrido de estudios serios, que derramaba en sus escritos toda la savia exuberante de la juventud”. Soslaya Mitre puntillosamente su compromiso con Moreno y con San Martín, desde el ala más radicalizada de la Revolución de Mayo. Por el contrario, allí ponemos nosotros el acento.

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