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Que la Armada recupere el espíritu de Montevideo

Hoy se celebra el Día de la Armada Argentina. La conmemoración se estableció a través de un decreto que lleva la firma del ex presidente Arturo Frondizi, que se puso en práctica en 1960. Se eligió la fecha en cuestión porque ese día, la todavía incipiente marina patriota lograba la victoria de Montevideo, hecho que tuvo importancia fundamental en el curso posterior de la Revolución de Mayo.

En términos de divulgación histórica, en general poco se habla de la relevancia que tuvo la lucha independentista en la Banda Oriental porque claro, buena parte de ella tuvo como líder a José Artigas, luego enemistado con Buenos Aires y en la práctica, con la vertiente liberal que se apoderó de la narración histórica. Pero la verdad es que gracias a ese triunfo naval, no sólo cayó más tarde la futura capital uruguaya, además la expedición que partió desde España para recuperar a las colonias sublevadas tuvo que elegir otro puerto, en lugar del Río de la Plata.
Hacia 1812, las tropas patriotas ya sitiaban Montevideo a las órdenes del general José Rondeau. Pero dos años después, la ciudad ribereña todavía resistía el asedio y con cierta holgura, porque los realistas disfrutaban del abastecimiento que recibían, justamente por vía acuática. Por entonces, el predominio español en el mar no había recibido golpes considerables y los mercantes de la corona gozaban de cierta tranquilidad, sólo perturbada por unos pocos corsarios.
Estaba al mando de la escuadra de Buenos Aires el almirante Guillermo Brown. Conocedor del paño, el irlandés sostuvo ante las autoridades de las Provincias Unidas que sin bloquear el puerto de Montevideo, la plaza resistiría durante mucho tiempo más el asedio sólo terrestre. Como se sabía que en forma inminente partiría desde la península ibérica una expedición considerable que podría elegir a la Banda Oriental para desembarcar, se aceptó el plan que propuso el almirante.
La fuerza que se envió a combatir a los maturrangos contaban con nueve buques y 147 cañones. Los realistas contaban con superioridad numérica: 11 embarcaciones de 155 cañones. Por eso, el jefe patriota tuvo que mover las neuronas para achicar la desventaja. En primer término, simuló una retirada hacia mar abierto para inducir la persecución del enemigo. Brown logró su cometido y cuando advirtió que la treta daba resultados, cambió el rumbo y se interpuso entre la flota adversaria y la ciudad sitiada. Desde esa posición, presentó batalla.
En realidad, el combate arrancó el 15 y recién arribó a su desenlace dos días después. En la última de las jornadas, la fragata “Hércules”, que era el buque insignia del almirante, entró en las aguas de Montevideo al perseguir a los buques enemigos. Dos buscaron refugio al amparo de la fortaleza del Cerro y otros tres se ubicaron bajo los muros de la ciudad. La fuerza española había abandonado la lucha... Desde entonces, los barcos patriotas establecieron un cerrado bloqueo al puerto montevideano, circunstancia que derivó en la rendición de la plaza a manos del ejército sitiador, que en esos momentos estaba a las órdenes del general Carlos de Alvear.
Buenos Aires recibió la buena nueva por intermedio del teniente Lázaro Roncayo, oficial de la sumaca “Itatí”. Brown la había comisionado para conducir el parte de rigor. El pueblo porteño manifestó su júbilo y como era costumbre por entonces, llevó al marino de la escuadra vencedora en andas hasta el fuerte. Desde entonces y en particular, desde 1816, la Armada se concentró en defender la soberanía de las aguas argentinas.
Claro que en realidad, antes del triunfo de Montevideo ya existía una escuadrilla argentina. La historia naval relata que fueron dos los hombres que forjaron aquella primera fuerza: Juan Bautista Azopardo y Francisco de Gurruchaga. El primero era maltés de origen, marino corsario al servicio de Francia. El segundo, por entonces diputado de la provincia de Salta. Las autoridades lo designaron ya que había sido teniente de fragata en la Real Armada y de hecho, veterano de Trafalgar.
En parte, la tripulación se conformó mediante una leva en los regimientos de Infantería de Línea, integrados básicamente por criollos. Tres barcos constituyeron aquella Primera Escuadrilla: la goleta “Invencible” de 12 cañones y 66 marinos, al mando de Azopardo; el bergantín “25 de Mayo” de 18 cañones y 108 marinos, bajo el comando de Hipólito Bouchard; y la balandra “Americana” de 3 cañones y 26 hombres, bajo la guía de Abel Hubac, francés como Bouchard. En total, 200 hombres de las más diversas procedencias y 33 cañones, para hacer frente a la todavía poderosa armada española.
Claro que como el resto de las fuerzas armadas nacionales, en más de una ocasión la Armada Argentina perdió la brújula y dirigió sus armas contra diversas expresiones del pueblo, alejándose de su misión específica. Gozan de suficiente difusión los hechos que tuvieron lugar durante la última dictadura pero no está de más recordar que el 16 de junio de 1955, decenas de aviones de la Aviación Naval sembraron la Plaza de Mayo con bombas de fragmentación y provocaron una inmensa mortandad en la gente que se manifestaba. No deben ingresar las fuerzas armadas en “las pasiones de facción”, como decía Tomás Guido, que justamente, tuvo a su cargo armar la flota expedicionaria al Perú.
En nuestros días, se impone que la Armada y el resto de las fuerzas, tomen nota de los cambios que se registraron en el planeta en los últimos 30 años. Adviertan que los enemigos de la soberanía nacional no están fronteras adentro sino en aquellas grandes capitales donde aspiran a contar con nuestros recursos naturales para la explotación de sus trasnacionales. Y justamente, el mar es un bien común al que potencias con nombre y apellido quieren controlar. Vuelva entonces la Armada a desempeñar su función histórica.

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