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Cómo manejar los fracasos

El cerebro humano se encuentra en un estado de alerta constante, lo que se conoce como “piloto automático”, y lo hace porque está buscando algún peligro. Esto está relacionado con nuestro instinto de supervivencia que nos lleva, cuando ingresamos en algún lugar, a recorrerlo mentalmente para comprobar que no exista ningún peligro.

Doctor Bernardo Stamateas

El hecho de que nuestros pensamientos y nuestras palabras se vuelvan rutinarios (pensamos y hablamos siempre lo mismo) nos brinda la posibilidad de ahorrar combustible psíquico. El cerebro siempre guarda combustible para una situación de crisis. Los pilotos de avión, por ejemplo, chequean todo antes de despegar con una hoja en la mano para ahorrar combustible psíquico que podrían necesitar durante una emergencia durante el vuelo.

¿Qué le sucede a nuestro cerebro cuando cometemos un error con una consecuencia negativa que nos cuesta olvidar?

Se produce un “despertar”: el cerebro sale del piloto automático y nos indica que nos equivocamos y debemos reparar el daño. Este es el motivo por el que fijamos más los errores que los aciertos. La mayoría de nosotros solemos recordar más las experiencias malas que las buenas. Esto sucede porque la emoción adhiere esa situación difícil con mayor intensidad que una agradable para que recordemos tener cuidado en el futuro.

Entonces, ¿cómo deberíamos manejar los fracasos? Básicamente de dos formas:

1. Asignándoles el rol de maestros que nos ayuden a aprender y crecer en la vida.

Mucha gente se paraliza por el temor a fracasar. Por lo general, ya han fracasado antes y tienen miedo de que les vuelva a ocurrir. Por ejemplo, en el caso de volver a formar pareja después de una separación dolorosa. En estos casos, debemos entender que el error, que todo el mundo considera un fracaso, es en realidad una fuente de aprendizaje. Ver cada error que cometemos como “experiencia acumulada” nos permite movernos (aunque tengamos miedo) y construir para adelante.

2. Convirtiéndonos nosotros mismos en maestros.

A partir de los 40 años, se desarrolla en nosotros la capacidad de trascender. ¿Qué significa esto? Que nos volvemos cada vez más capaces de transmitirles a las próximas generaciones todo lo que sabemos. Sin darnos cuenta, nos transformamos en maestros y la enseñanza que podemos compartirles incluye, sobre todo, nuestros errores y experiencias negativas. Es una forma de mostrarles lo que no les conviene hacer si no desean equivocarse.

Algo fundamental para aprender a manejar los fracasos es reconocer nuestras debilidades. Tal actitud, aunque suene extraño, nos hace fuertes. ¿Por qué? Porque cuando uno reconoce (y acepta) sus puntos débiles, sus vulnerabilidades, y puede decir: “Sí, me equivoqué”, logra armar una estrategia para superarlos y se vuelve fuerte. Negar una debilidad, o querer taparla ante los demás, solo nos hace más débiles.

Todos los miedos nos debilitan. Pero para vencer el miedo a fracasar: a que nos vaya, o nos vuelva a ir, mal en la vida, tenemos que establecer claramente en qué áreas somos vulnerables. Es normal que un soldado tenga miedo durante la guerra. Frente a ese temor, puede reaccionar de dos maneras: admitirlo para controlarlo, o ser víctima del pánico y huir. Quien posee una autoestima sana no tiene problemas en reconocerse y mostrarse vulnerable. Sabe dar y pedir ayuda.

Por el contrario, alguien con baja autoestima (que en el fondo es inseguro) no puede pedir ayuda ni consejo. Actúa así porque intenta mostrarse invulnerable pero ignora que la tensión aumenta en su interior y termina por hacerlo fracasar, eso que tanto teme. La inseguridad descontrolada puede dar lugar a la paranoia: un estado permanente de hipervigilancia y falta de confianza.

Para manejar los errores inteligentemente, necesitamos conocer nuestras debilidades. Todos las tenemos y no deberíamos escapar de ellas. Solo así podemos buscar a alguien que sabe hacer lo que nosotros no sabemos y pedir consejo, ayuda y/o apoyo, cuando de verdad lo necesitamos, todo lo cual nos fortalece.

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