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EMOCIONES ENCONTRADAS

El Checho Por Edgardo Lanfré

¡Qué pinta tenía el Checho, mamita! Trababa el lomo a la entrada del boliche y parecía una estatua, se ponía una remera manga corta ajustada, que amagaba rajársele por las galletas de los brazos. El pelo negro, cuidado, con un peinado “a lo Sandro”, con patillas y el ceño medio fruncido, como desconfiando. No solo tenía pinta de guapo, lo era. Una vez se le plantó a un cancherito del turno tarde, a la salida del comercial y lo alineó para toda la secundaria. Era parte de la barra, siempre la rueda de auxilio para lo que fuera: en los picados jugaba donde hacía falta uno, iba adonde decidíamos todos y si había alguna picardía colectiva recomendaba no hacerla, midiendo las consecuencias, pero bancaba la parada. Un caballero el Checho. Llegó a la escuela allá por quinto grado y de ahí fuimos pasando con la barra hasta quinto año. Vivía en un barrio periférico y aunque nunca conocimos su casa, por lo poco que alguna vez contó, nos dimos cuenta que era más bien pobre y que nada sobraba en su casa. Medio duro para las matemáticas, de lengua remolona para castellano pero, con sacrificio, machetes y copiadas lo sacamos adelante entre todos. Él pagaba con honestidad y nobleza, era de una pieza. Heredó una gomería del viejo, era hijo único, lo que lo llevó a desprenderse de nosotros. Unos nos fuimos a estudiar, otros comenzaron a trabajar, casamientos, hijos… en fin, todo lo de un joven camino a la madurez, en un pueblo. 

Una tarde lo vi de lejos, o mejor dicho, me pareció que era él. Su aspecto, deteriorado, no me dejó reconocerlo del todo: ropas sucias y un andar sin rumbo, me dieron la impresión de un tipo rendido, de esa gente que vaga por las calles buscando algo, aunque más no sea un saludo, que lo haga sentir que todavía existe. Su manera de caminar me confirmó que era él. “Checho” grité y le silbe a la manera que lo hacíamos de pibes. Se dio vuela, como llamado por algo que venía de muy lejos, en ese lugar y en su recuerdo. Miraba con asombro. Le recordé quien era yo, a pesar de mi cabellera perdida y unos cuantos kilos de más. Su rostro cansado, le prestó media boca solamente, para dibujar una sonrisa.

-¿Cómo andas Checho? – le pregunté con alegría, abrazándolo.

-Acá ando hermano, tratando de subirme a la lona – me contestó, con gesto amargo.

En una charla amena recorrimos los largos años que habían pasado desde la última vez que nos vimos, le había ido muy mal, había perdido casa, comercio y “mi compañera se cansó de pasar hambre y se fue querido”. No tenía hijos y andaba solo por la vida.

“Perdí todo hermano, este “ispa” te reparte cartas de truco y cuando decís envido, te dice que estamos jugando al póker”. Siempre fue acido en sus reflexiones. Me acordé un día que la de química le puso un cero en la hoja de la prueba y gritó “¡empate!”, cuando se la entregó.

Fumamos un cigarro, sentados en el cerco de una casa cercana antes de despedirnos. “No me quedó coraje ni pa´matarme hermano y me corto las manos antes de salir a robar, así que cobro un subsidio que me dan en el corralón y algo que changueo por ahí”.

Esa noche no dormí, recordando los años de la barra, el colegio y todo el tiempo que pasó. A los pocos días me crucé con el Guille, uno de los muchachos de entonces y también con el Carlitos, ninguno había sabido nada de él, hasta ese día. Como todos los miércoles, nos fuimos a cenar a lo de Jorge; de todos, era al que mejor le había ido, tenía un comercio prospero y un quincho que era nuestro reducto de recuerdos, truqueadas y charlas interminables. Se acordó de ese día en que se quebró la canilla en un picado y el Checho lo cargó al hombro hasta la casa y, como los viejos no estaban, lo llevó a “cococho” hasta el hospital; después, lo acompañó todos los días de la recuperación, yendo a su casa a jugar al ludo, damas, domino y todo lo que hubiera a mano para acortar la convalecencia. “Me siento un ingrato loco, nunca más supe de él”, dijo pensativo Jorge, “la vida no te hace maduro, te pone más duro” continuó y golpeó la mesa.

Como el agua del arroyo pasa la vida, corre y corre; algunos vamos en ese cauce y no vemos lo que va quedando atrás. Hasta ese día, el Checho era un lindo y dulce recuerdo, pero la realidad nos había cacheteado a todos. Quedamos en pensar en algo, no darle plata, porque para un tipo de trabajo, puede ser humillante. Más que nada, una herramienta para pelearla.

Aquella mañana, como tantas otras, pasé por la ferretería de Jorge, no necesariamente a comprar algo, sino a “chusmear”, aunque a veces anda “en llamas” por la demanda de su comercio, pero siempre hablamos: de su River del corazón, pesca y lo que salga del día. Me miró desde la otra punta del salón y parecía estar esperándome, vino con ese paso cortito y rápido característico en él, nervioso. “Vení, seguíme” y salió al patio trasero. “Te presento a mi nuevo gerente de actividades especiales” y ahí estaba el Checho, con un mameluco y unos papeles entre sus manos, con el ceño fruncido, como en aquella parada afuera del boliche. Aunque su lomo no estaba trabado, sí estaba de pié. Una emoción me subió desde el pecho a la garganta y los abracé.

Ese miércoles, en el quincho, agregamos una silla.

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