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EMOCIONES ENCONTRADAS

El gordo de NavidadPor Edgardo Lanfré

Ya se iba yendo la tarde y decidió terminar su tarea. Había ofrecido los billetes de lotería del gordo de Navidad a todos sus clientes y a quienes quisieran escucharlo; en la entrada del correo, a la salida de los bancos, también recorrió los pasillos de la municipalidad y las calles, tentando a vecinos y turistas con algún billete de aquel entero que le quedaba. Decidió rumbear a su casa, ya estaba cansado. Pasó por el mercado y, desde el mostrador, le gritó a Santiago (su carnicero de confianza), que no lo escuchó, por el ruido de la sierra. Le hizo un gesto para que esperara a que termine de cortar. Mientras tanto miró alrededor. Las voces del lugar retumbaban en las paredes del edificio. Otras carnicerías, allá al fondo la pescadería. Las recorrió con la mirada saludando a quienes conocía. 

“Dame una costeleta blandita che, para muelas viejas”, bromeó. Pagó y se despidió. A la salida, en un puesto de verduras, compró unos tomates y algo de lechuga. “Mirá qué lindas cerezas tengo”, lo tentó el gringo Nikola, en ese alemán cerrado y le embolsó medio kilo. Adolfo aprovechó para ofrecerle un número de aquel entero que le quedaba. “Cómprelo a medias con la vecina” le dijo, señalando el puesto de al lado, y alzando la voz para que ella escuchara. La señora le hizo un gesto negativo con el cuchillo con el que cortaba hojas marchitas de unas lechugas. “A mí me va bien en el amor y mal en el juego”, dijo sonriendo la mujer.

 

Alrededor de las ocho de la noche, llegó a su casa. Aunque era diciembre estaba fresco. Se sacó su campera de cuero, los zapatos y, de paso a la cocina, encendió la radio. Justo anunciaban el boletín de esa hora. “Noticias propias y cables de la agencia Ansa, France Press…” recitó en un susurro, acompañando al locutor de la emisora. Se sabía de memoria la apertura del noticiero. La radio era su compañía. Cargó la cocina con algunos troncos que pronto comenzaron a arder y, mientras tomaba temperatura, se fue al dormitorio a buscar sus alpargatas. De regreso a la cocina, calentó un poco de agua en un jarro y tomó unos mates. Con la mirada en el suelo recordó que, al día siguiente, no trabajaba. Era 24. Ya había cerrado la venta esa noche y sólo quedaba esperar el sorteo. Temprano iría a dejar a la agencia los billetes no vendidos y a hacer la rendición, luego, a esperar el mediodía, para seguir el sorteo por la radio. Miró los billetes que había dejado sobre la mesa, sujetos por un inmenso broche plateado, escogió al azar uno. “Me lo voy a dejar a este”, pensó. Le pareció el menos tentador de todos. Era un número que nadie quiso. Adolfo sabía, por su experiencia, que aunque todos los números eran iguales y tenían las mismas posibilidades de salir sorteados, la gente simpatizaba más con uno que con otro; algunos le encargaban el número de patente del auto, otros la fecha de nacimiento o cosas por el estilo.

A las nueve, comenzó el programa de selección musical que todas las noches escuchaba mientras cenaba. Sacó dos argollas de la plancha de la cocina, colocando en su lugar la bífera y pronto chirreaba la costeleta; mientras, lavó la lechuga y cortó los tomates. Abrió el pequeño aparador para sacar un plato y un vaso, miró de reojo la foto que estaba encima de él, enmarcada. Se lo veía disfrazado para un carnaval. Ese era uno de sus placeres. “Después de los gordos de Año Nuevo y Reyes, voy a empezar a preparar el traje para la comparsa”. Cenó en silencio, escuchando la radio y pensando en la Noche Buena, dónde la pasaría. Hacía un par de días, había pasado por la parrilla La Vizcacha donde, cada tanto, se daba el gusto de sentarse a cenar. Allí encargó un lugar para el 24; entre algunas familias conocidas y turistas la iba a pasar bien. Antes de acostarse, en un clavo que había en una de las paredes de la pieza, colgó el broche con el billete que se iba a dejar. Fue lo último que vio al apagar la luz. Se durmió pensando en qué haría si se sacaba el premio. Su capital monetario entraba en una pequeña cartera que guardaba en el ropero. Nunca había visto tantos ceros como los que prometía un billete de lotería.

A la mañana siguiente, entregó la rendición en la agencia y, luego de los deseos de felicidad por la Navidad para todos los conocidos de el lugar, se volvió a su casa. Encendió la radio y esperó a que se haga el mediodía para seguir el sorteo. Tenía un lápiz y un cuaderno preparados para tomar nota de los números. Aunque después los vería en el extracto, eso lo entretenía y le calmaba la ansiedad por saber si había vendido algún premio.

Comenzó el sorteo y el monótono repicar de las voces de los niños cantores repetía los números, la ubicación y el premio. Recordó un año en que “El Gordo” salió a los pocos minutos de comenzado el sorteo, así que no perdió atención. Transcurridos unos quince minutos, sucedió. El niño cantor, mencionó el número, ese que él tenía sobre la mesa, en frente suyo. Casi lo repitió junto con la voz que surgía del receptor, avanzó lentamente y leyendo en voz alta, como si una sincronización del tiempo se hubiese posado sobre la humilde casita de madera. Escuchó “ubicación”, un instante que le pareció eterno y el grito alargado del niño cantor, como un gol de Boca gritado por un relator, acompañado de un sonido de trompetas. Era el primer premio. Miró el receptor, esa vieja radio capilla que fuera de su padre, sin entender mucho, o casi nada. Pareció decirle “decime que es verdad”. La voz del locutor confirmó el número y la ubicación. Miró su billete y repasó lentamente los números, uno por uno, como un goteo ansioso sobre el hule de la mesa. El resto del sorteo le llegó de fondo, como un murmullo inentendible. Dio un par de vueltas en la cocina, salió al patio y miró a la calle. La gente pasaba ajena a su emoción contenida. Ese era uno de esos momentos en que comprendía lo solo que estaba en la vida. Le hubiese gustado tener a alguien con quien festejar; un gato era su único compañero y, a esa hora, andaba por la leñera, en busca de algún ratón para el almuerzo. Un temblor extraño le recorría el cuerpo y le costó un poco calmarse y pensar. Tratando de lograrlo, caminó a la agencia, pero sus pasos iban más rápido que de costumbre.

Los días posteriores se llevaron puesta su rutina. Vino gente de la radio y del diario a entrevistarlo, lo saludó con amabilidad gente que hasta entonces lo ignoraba. La mañana que entró al mercado para hacer unas compras, un aplauso cerrado de todos los puesteros, se le volvió un brillo poco habitual en la mirada, y los lustrabotas y canillitas de la puerta lo abrazaron con sincero afecto. Se sentía más cerca de ellos que de todos los demás.

Toda aquella situación lo había sacado del anonimato y no dormía. “Voy a pagar las cuotas en la tienda, así no debo más nada y me voy a comprar un traje para la comparsa”, pensó una mañana rumbo al centro. Lo vio a Cachito, el lustrabotas con el que solían comerse un berlín a media mañana, en la entrada del refugio municipal, donde se tomaban los colectivos. Los vendía doña Elvira, una señora que bajaba del mallín y los traía envueltos en un repasador blanco. Cachito miraba la vidriera de una juguetería donde, entre varios juguetes, se exhibía una bicicleta. Lo quedó mirando y le silbó. “¿Qué haces Cachito?”, le preguntó a su amigo. “Miraba la bici. Un día me la voy a comprar”. Ese hombre que caminaba a su lado era Adolfo, el de siempre, el que andaba las calles ofreciendo billetes de lotería, que cada tanto, le invitaba un berlín y al que el azar lo había rozado con su vara. Adolfo, en ese instante, resolvió en que iba a invertir su fortuna.

La historia de aquella aldea que quedó en el tiempo, recuerda a aquel hombre, que para muchos, gastó toda la plata del “gordo de Navidad” (aunque él estaba convencido de haberla invertido) en bicicletas y juguetes para los niños de la calle y algunos otros, a quienes, por un instante, les robó una sonrisa.

Foto Edgardo Lanfré

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