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EMOCIONES ENCONTRADAS

Vamos al cine - Por Edgardo Lanfré

Aquella canción de Serrat que cuenta del viejo cine Roxy, que fue derrumbado y, en su jugar, se construyó un banco, donde los actores hacían fila en las ventanillas o, por las noches, cruzaba el hall un transatlántico, con Fred Astaire y Ginger Rogers en la cubierta, puede hacerse realidad cuando hoy uno visita el supermercado que funciona donde alguna vez estuvo el cine Coliseo. Capaz que se encuentre entre las góndolas a Giuliano Gemma convertido en Ringo, con su Colt 45 cargada en la cartuchera o, en la caja, puede que atienda Gina Lollobrigida, encandilándonos con esos faroles que provocaron insomnio y fantasías en más de una noche.

Ese viejo edificio, con las letras en su frente, sobre una mampostería que semejaba algo así como fichas de dominó desordenadas, con las puertas de madera en cuyos vidrios se exhibían láminas que promocionaban las películas que estaban en proyección y las que estarían próximamente, con las pequeñas ventanillas a ambos lados que, desde la pared, dejaban ver un programa con los horarios.

Era todo un acontecimiento ir al cine. Acercarse a la boletería y elegir fila, mirando el tablero con las entradas prolijamente hechas un rollito, insertas en el hueco que marcaba la ubicación; luego, saludar a vecinos, amigos o conocidos que coincidían en el lugar, esperando que se habilite el ingreso a la sala. También era una buena oportunidad para aprovisionarse en el kiosco que funcionaba allí adentro, o salir y comprar en el que estaba afuera, pegado al edificio; una pequeña ventanita donde la señora que atendía parecía salir desde un reloj cucú. Los inmensos telones color bordó se abrían y, luego de que el boletero cortara la entrada, por ambos lados, se ingresaba.

El piso de parquet, más el alfombrado, y el tratamiento acústico de las paredes “asordinaban” las voces. Un párrafo aparte merece el techo, con esos cubos que parecían estar insertos de diferentes formas y que daban un aspecto asombroso, jugando con las sombras de la tenue luz que iluminaba el momento previo al inicio de la función.

Una vez comenzada la proyección, veíamos las publicidades que presentaba Lowe (que no sabíamos qué era), esperábamos el inicio de la película, mientras los acomodadores con sus linternas guiaban a los remolones que llegaban tarde, en la planta baja o subiendo las escaleras por los laterales para ubicarse en el pullman.

Los sábados y domingos, había matinée, que comenzaba a eso de las tres de la tarde. Algunos mayores recuerdan aquel mayo del 60, cuando la pantalla se rajó por los movimientos del terremoto y obligó a los espectadores a abandonar presurosos la sala.

Las paredes del actual comercio deben guardar un ventarrón de suspiros arrancados a las mujeres desde la pantalla por Steve MacQueen, Paul Newman, Alain Delon; Brigitte Bardot, Sofía Loren y alguna otra hacía lo propio entre los varones. El tableteo de la cinta pasando por el proyector dejaba ver la luz que venía desde la pared del fondo y dibujaba en la pantalla besos, angustia y terror, que rondaban la sala con ese sonido envolvente y profundo que todo lo ampliaba. Cowboys trenzados en balaceras, que casi nos obligaban a atrincherarnos detrás de las butacas, momentos de suspenso que eran quebrados cuando algún desgraciado dejaba caer una botellita de Crush o Bidu por la escalera o escenas de pánico que eran aprovechadas, allá por la fila 24, para abrazar a alguna compañera asustada. Tiburón, que a más de uno le quitó las ganas de meterse en el lago por un tiempito; la película de Jesús de Nazaret, que era tan larga que se hacía un corte en el medio.

Recuerdo una noche de invierno en que vimos El Exorcista con un amigo y que, a la salida, nos fuimos caminando hasta su casa, por la calle Pasaje Gutiérrez al fondo, con el viento murmurando entre los pinos y cipreses en la ladera del Otto, donde alguna vez estuvo el cementerio… Sobrevivimos, pero aún hoy nos da escalofríos recordar aquella noche.

El tiempo se llevó los cines y, hoy, ellos mismos vuelven como una película. Cables, Netflix, descargas de pelis o algún video club que sobrevive no pueden reemplazar a aquel programa que llevaba toda una noche y que, a veces, la película era lo de menos. Ese cine que nos invitaba a estar juntos, a encontrarnos en la previa y, después, con los comentarios que duraban días.

Parafraseando al gran Joan Manuel Serrat, no se espante amigo si al ingresar al súper le pide fuego Charles Bronson, son los fantasmas del Coliseo que no descansan en paz.

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