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EMOCIONES ENCONTRADAS

De boxeadores - Por Edgardo Lanfré

En la década del 70, Bariloche fue una de las plazas más importantes del boxeo del país. Incluso se llegó a realizar una pelea por el título sudamericano, en el gimnasio Pedro Estremador y, alguna vez, Nicolino Loche realizó una exhibición en un cuadrilátero montado en el mismísimo Hotel Llao Llao. Allí se sirvió una cena cuya tarjeta, por su precio, espantaba al más “pintao”. Me imagino que de postre había “bollos”.

Desde las entrañas del gimnasio de bomberos, salieron aguerridos y exquisitos boxeadores que han quedado grabados en la memoria del pueblo: Carlos Laciar (Kid Gambitas), Arnoldo "Pato" Agüero, "Pajarito" y "Yeyé" Hernández, entre otros. Estos baluartes, eran formados y entrenados en Bomberos y, cuando subían al “ring”, tenían grandes hinchadas.

Alguna vez pasó por nuestra ciudad, ya que se encontraba realizando el servicio militar en La Escuela Militar de Montaña, un pampeano de nombre Miguel Ángel Castellini quien, con los años, llegaría a ser campeón mundial en su categoría. Era hermoso ver las noches que peleaba Castellini.

Toda la tribuna que da a la calle Moreno estaba repleta de "colimbas" de uniforme, “cinchando” por el pampeano.

Otro personaje de esas memorables noches era un mudo que subía en el descanso de cada round a dar instrucciones a los boxeadores; por supuesto, estaba todo el “ring side” tratando de entender lo que el gesticulador entrenador intentaba decir.

Los hermanos Hernández eran asistidos y entrenados por su padre, quien atendía un puesto de venta de garrapiñadas (que él mismo elaboraba) desde que abrían las puertas del gimnasio, hasta minutos antes de que uno de sus hijos subiera al “ring”, momento en que él se vestía de blanco y se transformaba en entrenador.

"Pajarito" era el ídolo más joven de todos, ya que apenas con dieciséis o diecisiete años, tumbaba muñecos todos los viernes, en peleas de semifondo y, más tarde, de fondo. Tenía una zurda mortífera, con una precisión quirúrgica; saltaba y bailoteaba alrededor de sus desgraciados rivales, surtiéndolos como para que tengan y guarden. Desde su rincón, se escuchaba que le decían: "Pegue y salga, Pajarito, pegue y salga…".

Cuando “Yeyé” Hernández se coronó campeón argentino en el Luna Park, lo fue a recibir el pueblo de Bariloche al aeropuerto, desde donde fue traído en una de las autobombas de bomberos hasta el centro. Cuentan algunos que la caravana unía a la estación aérea con la calle Moreno. Una columna interminable de vehículos...

Otro de los animadores de esas veladas era Esteban "Mono" Roa, un personaje. El “Mono” tenía, sobre el cuadrilátero, una capacidad actoral que hacía el deleite de la concurrencia pero, además, tenía una técnica trabajada. Sus peleas eran una especie de comedia boxística, ya que desarrollaba una cantidad de trucos y piruetas que hacían delirar a sus seguidores.

En determinados momentos, el gimnasio enmudecía y el “Mono” soltaba el aire por su nariz, resoplando como una vieja locomotora a vapor, lo que retumbaba en el salón e inmediatamente provocaba el estallido de la ovación. Otra era pegar un “cachetazo” con la parte de afuera del guante en la “carretilla” de su oponente provocando un estruendo tremendo.

Había noches en que no la estaba pasando muy bien, cobrando más de lo normal y algunos, desde la tribuna, recordando aquel "pegue y salga, Pajarito…", le gritaban: "reciba y salga, Mono; reciba y salga…".

Cierta noche, el “Mono” estaba combatiendo una pelea de cinco rounds de tres por uno, con un rival bastante bueno. Era un “peleón”, que tenía en vilo a toda la concurrencia, hasta las autoridades de la pelea. Sucedió que, en el último asalto, Horacio M., el encargado de tocar la campana que anuncia el principio o el fin de un asalto, estaba tan entretenido que se olvidó, hasta que quien hacía los anuncios (aquel: “segundos afuera, tercer round…”) le dijo: “Che, tocá la campana, que van como cuatro minutos…” y el “campanista” respondió: ¡“Dejalos nomás, que está buenísima…”!

Todas estas peleas eran transmitidas en vivo por LU8 RADIO BARILOCHE, lo pongo con mayúsculas, pues lo merece el recuerdo y la calidad profesional de aquella emisora que llegó a estar entre las más importantes del interior del país y que, luego de casi cincuenta años, el régimen militar la estatizó, transformándola en la actual Radio Nacional.

Aquella querida radio fue escuela de periodistas, locutores y técnicos que, aún hoy, brillan en nuestra ciudad, guardando aquella vocación de servicio y acompañamiento a la comunidad.

Se seguía a los deportistas barilochenses, transmitiendo en vivo carreras de autos, en los autódromos del Valle, siguiendo a Aníbal Eggers y Carlos Bravo, entre otros. También se daba la Vuelta de la Manzana completa, desde la largada en General Roca, hasta la llegada nuevamente en esa ciudad valletana. Se realizaban conexiones con móviles en la ruta y hasta transmisiones desde un avión.

Alguna vez, se acompañó a "Pajarito" Hernández a Nueva York, donde se disputaba el campeonato mundial Amateur, en el que él competía. Desde allí, transmitirían pero llegaron tarde. El barilochense ya había sido eliminado.

De ese viaje, cuentan Rodolfo García, Leonardo Jalil y Luís Baigorria: al hacerse presentes en el hotel donde se alojaba nuestro crédito, preguntaron en la recepción el número de habitación y le golpearon la puerta.

"Pajarito", al abrirla y verlos a los tres allí parados, exclamó: "¡Ja, mirálos vos a los indios en Nueva York!…”. Como si él fuera Noruego,¿no?

Pero volvamos a una de esas transmisiones desde el Pedro Estremador. Terminada una de las peleas, se acercó un periodista a entrevistar a un boxeador, que acababa de pelear y le preguntó:

- Se lo vio un poco ahogado, como falto de aire.
- Sí, lo que pasa es que había mucho humo.
- Claro, o sea que lo perjudicó el humo.
- Sí, sí. Me perjudicó, pero aparte me “cagó”, porque no podía respirar.

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