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EMOCIONES ENCONTRADAS

De Corazón - Por Edgardo Lanfre

Sonia corría de un lado a otro. Raquel, su madre, cumplía esa semana sesenta años y ella le había preparado una cena familiar, íntima, en lo de su tía Elena. Por enésima vez, la llamó. Era su sostén en aquella aventura que iniciara hace un tiempo. Repasaron la lista de invitados y todos los pormenores. “Tía, ¿cuando llegue el regalo, vas a estar con ella?”. “Sí, chiquita. Conozco a tu madre. Va a estar todo bien”. Elena cortó la comunicación y se quedó un instante con el teléfono entre sus manos y la mirada perdida en el piso. Siempre estuvieron juntas con su hermana, transitando alegrías y tristezas. Quizás el dolor más grande fue cuando Raquel perdió a su hijo Alejandro, ese muchachito de cabellos dorados y ojos chispeantes que a los diecisiete años se topó con la muerte. Los recuerdos iban y venían en su memoria, como las olas de ese lago que miraba por la ventana y aparecieron aquellos días con mucha fuerza. ¿Será que el corazón decide cuando deja escapar cosas que estaban adormecidas? Fue el dolor más grande que habían soportado. Si bien despidieron a sus padres, ellos partieron cumpliendo la regla de la vida, ser despedidos por sus hijos. Pero, en el caso de Alejandro, fue distinto: cuando los padres deben dar el último adiós a sus hijos, aquel orden se trastoca. Un accidente cerebro vascular lo dejó vegetando, aferrado a la vida sólo por unos cables y una maquina que, durante tres días, los tuvo en vilo, hasta que Raquel tomó la decisión de desconectarlo, como sugerían los médicos. Vaya el destino. Aquella madre que le dio la luz de la vida debía decidir apagársela. Antes de hacerlo, a instancias de Sonia, su hija mayor, decidió donar los órganos. Nunca entendió esa cuestión pero la convenció pensar que algún otro muchacho pudiera continuar la vida que a su hijo se le estaba escurriendo. El sonido del teléfono la trajo nuevamente al día desde algún lugar de la nostalgia.

Llegó la noche y la casa de Elena se iluminó con la presencia de amigas íntimas de la cumpleañera y algunos familiares. Sonia había llegado un rato antes para ayudar con los preparativos. “Nico está muy nervioso. Me dijo que, cuando llegue, me avisa con un mensaje, para que lo busque en la puerta”, le dijo a su tía mientras extendía el mantel. “Es un dulce. Ayer, cuando lo busqué en la terminal, conversé un rato con él. Es muy lindo que se haya animado a venir”, contestó Elena. El sonido del timbre las interrumpió. “Es la señora de la torta, recibiselá”, pidió la tía, mientras se iba a la cocina.

De a poco, fueron llegando los invitados y también Raquel, que estaba radiante. La comida transcurrió entre anécdotas y brindis. Elena miró a Sonia que, impaciente, miraba su celular a la espera del mensaje de Nico. La tranquilizó con un gesto disimulado, luego miró a su hermana, que estaba en la cabecera de la mesa, riendo con sus amigas del secundario. Se merecía esa alegría; la vio deshecha cuando la pérdida de Alejandro. Le vino a la memoria el recuerdo de aquella tarde que, caminando por la costanera, le dijo que la tranquilizaba saber que algo de su hijo había quedado en este mundo, aunque sea en otro cuerpo. Vio a Sonia levantarse rumbo a la cocina y entendió que el momento había llegado; con la excusa de buscar unas servilletas la siguió. Su sobrina temblaba. “Está afuera, tía”. “Tranquila tesoro. Andá con él que yo busco a tu mamá y te aviso cuando entrar”. Sonia se dirigió a la puerta aferrada a la medalla que fuera de su hermano y que, desde su partida, no dejó de utilizar.

“Vení nena, te trajimos un regalo”, dijo Elena con infinita ternura, tomando la cara de su hermana entre sus manos. Miró alrededor, todos estaban enterados de aquel regalo. La puerta se abrió y entró Sonia con Nico de la mano; era un muchacho morocho, de mediana estatura, de unos veinticinco años, más o menos. Raquel lo miró, recorrió la cara de todos quienes la rodeaban, vio risas bañadas en lágrimas y no alcanzó a comprender de qué se trataba. Sonia, apoyó su mano en la espalda del muchacho, para que se acercara a esa mujer, para él desconocida. Cuando Nico estuvo cerca, le dijo: “Te traigo el corazón de tu hijo, para que lo abraces”. Elena, comprendió que era el instante justo para abrazar a su hermana y hacerle sentir que allí estaba, que no tema, que había un reparo de ternura a su alrededor.

Raquel tapó su boca con ambas manos, mientras meneaba la cabeza con un gesto de incredulidad. Lentamente extendió su mano y la apoyó en el pecho de Nico, como una mariposa sobre una flor. Sintió el latir desbocado de ese corazón, el de su hijo. Era ese que sintió antes que nadie en su vientre, ese que latía entre sus brazos cuando su niño dormía. Allí estaba, en otra piel, pero cantando a la vida, para ella.

“Dejáme saludar a mi hijo”, susurró, y apoyó su oído en el pecho de Nico.

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