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Martín Fierro tenía razón

José Hernández (a 131 años de su fallecimiento) fue el autor del inmortal Martín Fierro, tuvo el acierto de reflejar en su poema las vicisitudes y desgracias del gaucho, auténtico representante del pueblo en aquel entonces.

Tanto el genial autor del inmortal poema, como los gauchos de aquella época (muchos de éstos, aun sin saber leer ni escribir) eran afectos a manejar, y con justeza, un buen número de refranes.

“Así aparecen –escribe José Marcón- a lo largo del poema completo, tanto en los labios de Fierro como en los del Moreno, de Cruz y del Viejo Vizcacha. Cada personaje lo transmite desde su mundo interior pero, al mismo tiempo, reflejando el modo de pensar y de vivir de los hombres de aquel tiempo”.

El refrán, según lo define la Real Academia de la Lengua Española, es un “dicho breve y sentencioso, anónimo y popular, conocido y admitido comúnmente”.

Agrega Marcón que “José Hernández tomó los refranes del habla popular, con las mutaciones o trasplantes producidos, pero acertados, y con singular maestría los puso en boca de sus personajes. Así llegan hasta nosotros después de cien años para dejarnos una lección sin tiempo”.

Es conocido que, para Hernández, el Martín Fierro era el vehículo para expresar sus ideas políticas en defensa de los más sectores más desamparados y desposeídos de la sociedad de aquel tiempo: el ciudadano de a pie, el anónimo habitante, víctima de las injusticias de un régimen perverso.

Y el refranero, a pesar de haber pasado mucha agua bajo los puentes del país, mantiene una vigencia extraordinaria, sobremanera en esta época de grandes incertidumbres, y así será seguramente a su propio decir: “hasta que venga un criollo en esta tierra a mandar”.

El primer refrán aparece en el canto segundo de la primera parte y Hernández lo pone en los labios del protagonista del poema cuando dice que “no hay tiempo que no se acabe/ ni tiento que no se corte”. Adaptado seguramente, como tantos otros, del refranero español: “no hay plazo que no llegue/ ni deuda que no se pague”. A la luz de los últimos acontecimientos económicos, ¿tendría o no razón Martín Fierro?

Hablando de las tristes peripecias de los marginados, supo decir Hernández “que son campanas de palo/ las razones de los pobres”. Y así siguen siendo hasta el día de hoy. Es que “los pobres no tienen historia”, y ya ni siquiera son una estadística, eso se sabe.

Hoy, en mundo globalizado e individualista, donde cada uno no sólo lleva agua para su molino sino que se ha olvidado de los verdaderos valores evangélicos como el amor y la solidaridad, vemos cómo se cumple el refrán del cínico o realista Vizcacha donde aconseja que “cada lechón en su teta/ es la forma de mamar”.

Y, hablando de las características de cada individuo, y en especial de los gobernantes que en campaña política prometen y prometen, y desde el gobierno luego hacen todo lo contrario a lo que prometieron, nada mejor que el viejo refrán: “es al ñudo que lo fajen/ al que nace barrigón”.

Emparentado con éste hay otro refrán de gran sabiduría que también se puede aplicar a los políticos, que mucho hablan pero se desconoce cómo obrarán desde su función de gobierno. No hay nada más apropiado –en realidad- que “para conocer a un cojo/ lo mejor es verlo andar”.

Bien sabemos los argentinos, ante tanto desmadre de gobiernos y gobernantes, una verdad innegable que muchos políticos –no todos, porque siempre hay excepciones- “en la barba de los pobres/ aprienden a ser barberos”.

Y el pueblo, como antes los gauchos, vivirá siempre bajo los designios de los que mandan y será el pato de la boda de sus errores, por más que se implementen políticas sociales como consuelo ante tanta pobreza “quién no nace para el cielo/ de balde es que mire arriba”.

Por otra parte, muchos que ocupan “lugares de eminencia” y “enfermos de importancia” se creen los pavos reales de la política y se empeñan en llamar la atención en raides mediáticos, olvidando la sentencia de Hernández que “nunca escapa el cimarrón/ si dispara por la loma”.

Seguramente José Hernández recordaría las palabras del Cid Campeador cuando mirando al pueblo, supo exclamar “que buenos vasallos serían, si tuvieses un buen señor”.

Algún día, al decir del gran Marechal, el pueblo habrá de recoger todas botellitas que se tiran al mar con señales de naufragio, y entonces, dejando odios y desencuentros seremos un gran país.

(*) El autor de la columna es escritor.
Valcheta – Río Negro.

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