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EMOCIONES ENCONTRADAS

Nemesio Nahuelcura - Por Edgardo Lanfré

Nemesio era uno de los tantos callados habitantes de la meseta patagónica, de esos a los que les basta una humilde ruca para abrigar sus huesos. Hacía ya algunos años que habían muerto sus padres, ni se acordaba cuándo. Esa gente vive casi en secreto y así es como se van a los silencios. Estaban enterrados atrás de la vertiente, al costado de la loma donde su madre le dijo que ella y las abuelas enterraron las placentas de los hijos que parieron, hacia el puel, desde donde viene el sol. Antes, también se camaruqueaba ahí, pero después las rogativas se trasladaron a lo de doña Iris, más arriba, al pie de la planiza, ella era la Machi de la zona.

Esa mañana estaba mateando, como siempre, esperando terminar la pavita y ensillar su caballo para salir a recorrer. Vio llegar la camioneta por la huella. Era la del nuevo vecino. “Otra vez, este mocoso insolente” pensó. Ni ganas tuvo de invitarlo a pasar; lo atendió desde el guardapatio.

“Nemesio, te vas a tener que ir prontito, eh. Ya te van a notificar”. Poco le importó lo que le decía, mas le molestó la cara irónica y el tono de la voz. “Los chivos te los va a comprar mi viejo. De favor, así te llevas unos pesos”.

Hacía un tiempo que había aparecido esa gente con unos papeles, vaya a saber de dónde, diciendo que el campo era de ellos. Nunca le importaron. Además de no saber leerlos, le bastaba con ser parte de todo ese lugar, cada yuyo, cada piedra lo había visto andar desde hacía 40 años.

La audiencia en el juzgado fue corta, leyeron unos papeles y los sellaron. Nemesio estaba solo, a un costado de la sala, con el sombrero entre las manos y su mejor ropa. Su padre le había dicho que, para ver a los maestros y los doctores, había que vestirse bien y ser respetuoso, que era gente estudiada. De fondo, le llegaban las palabras, casi un murmullo, como el viento en los mallines. Su cuerpo nomás estaba allí; su espíritu andaba por otro lado. Algunas imágenes de su vida le pasaron por la mente mientras un nudo, quizás más grande que el del pañuelo, desde adentro de la garganta, lo hacía tragar seguido. Pensó en esa mañana en que fue a contarle a doña Iris lo que le andaba pasando. Ella, luego de quemar unas cosas en el fuego y cantar unos tahiles, le dijo: “Una nube oscura ronda desde hace mucho a nuestra gente. Eso que el winca llama justicia no está hecha pa´nosotros. Esos papeles que andan trayendo valen más que nuestras palabras. Son muchos los que andan perdiendo los campos. Sus mayores y los míos han vivido acá, sus huesos están enterrados acá. Pero eso poco cuenta”.

Nemesio anduvo dando vueltas por el pago un tiempo hasta que un vecino le prestó el galpón para alojarse. Deambulaba callado, no era de muchas palabras. Ya quisiera haberlas tenido para explicar ese dolor que le quebraba el pecho, una piedra que lo apretaba.

Como suele suceder, la cajita de vino lo ayudaba a soltar algo parecido a unas lágrimas. Más bien, eran gotas de sudor de su alma, cansada de sujetar la rabia.

Aquella tarde, en el boliche de Oses, estaba sentado en una mesita en un rincón, apurando un trago. No necesitó siquiera darse vuelta para ver que había estacionado aquella camioneta. Esos vehículos hacían un ruido distinto al de las destartaladas camionetas que andaban por la zona. El muchacho entró atropellado, ni saludó. A un lado del local, estaba el mostrador donde se vendían vicios y algunas cosas para los quehaceres del campo. Le alcanzó una lista al peón que atendía con un gesto que le dio a entender que también lo era de él. Miró para el rincón y lo vio: “¿Te estás tomando los chivos que te compramos?”. Nemesio apretó el vaso. Tenía la vista borrosa por el alcohol pero la presencia de ese hombre y sus palabras la nublaron más aún. Se le acercó y prosiguió: “Encima que te ayudamos, ni siquiera nos diste las gracias. Así van a terminar todos ustedes, chupando todo el día”. Nemesio sintió que aquella piedra en su pecho comenzaba a quebrarse y querer salir, ya no le cabía dentro. Su mano fue a la cintura y sacó el cuchillo Esquiltuna, lo soltó hacia adelante, como si todo el dolor de su gente lo empujara. El peón, desde el mostrador, solo vio el puño de Nemesio apoyado contra el pecho del muchacho.

El juicio duró poco, Nemesio lo siguió en silencio, con la cabeza gacha. Cada tanto miraba al tribunal. Uno de esos hombres de traje era el que le leyó el papel que lo sacó del campo y también lo vio alguna vez con el fallecido, cazando ciervos por la zona. Sólo dijo que lo había ganado la rabia y pidió disculpas.

La reja se cerró detrás de él. Se acomodó en la cama que le pareció más amplia y cómoda que el catre que tenía en su ruca. Allá, al pie de la planiza, doña Iris hecho al fuego una mezcla de yuyos, pelo de chivo y saliva que las llamas hicieron chispear, cerró los ojos y soltó un canto lastimero sobre el kultrum. Comprendió que la nube oscura seguía sobre su gente.

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