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EMOCIONES ENCONTRADAS

La promesa - Por Edgardo Lanfré

Era una mañana de fines de noviembre, de esas en las que se nota que la primavera se va corriendo para dar paso al verano. Tomó un par de mates en la cocina, miró el cielo y terminó de decidir que ese era el día. Se fue hasta la casa que fuera de su padre y entró al galponcito del fondo, ese donde el viejo pasaba largas horas, una especie de oráculo mezclado con taller y depósito. Todo estaba prolijamente ordenado, tal cual él lo dejó; disfrutaba de estar rodeado de objetos viejos, “ustedes tiran todo, déjelo ahí que para algo va a servir”, solía decir, defendiendo “su” territorio.

Se detuvo un instante en la entrada y miró todo: una vieja radio a transistores, por allá unas tazas cromadas, de las que cubrían las llantas del Rambler que tuvo alguna vez, latas con tornillos y tuercas, un banco con una morsa, en la pared un tablero con herramientas y, al lado, enmarcadas, un par de fotos de Fangio, de esas que traía El Grafico. Allá al fondo, enganchado en un caballete estaba el viejo motorcito fuera de borda, el Jumpa de cinco caballos, ese que el viejo utilizaba para impulsar su antiguo bote de madera. Lo acarició, como pidiéndole que no le fallara y lo ayude a cumplir la promesa.

Cargó el motor en la camioneta, una caña, la caja de pesca y algunas cosas que había preparado en su casa, en un cajoncito de madera, antes de salir, como lo hacía el viejo: el mate, una tablita, salamín, queso, la bota y algunas otras cosas. Así lo hizo él también. Al viaje lo matizó recordando tantos días de pesca junto a su padre. La noche anterior no dormía de la ansiedad. El viejo tenía esa sabiduría de hacer todo en el momento justo y sin prisa, daba una explicación a cada pregunta de aquel niño inquieto y curioso. Era un ritual casi religioso el preparativo y posterior desarrollo de “la pesca”. De grande, comprendió que su padre a veces armaba la salida solo para darle el gusto a su hijo, a quien le había transmitido la pasión; con los años, los roles se invirtieron, aunque aquel hombre ya mayor siempre supervisaba todo.

Una huellita lo apartó de la ruta principal y, luego de un tramo entre los árboles, apareció el lago. Era un inmenso espejo verdoso, en el que se veía reflejado todo el entorno. Sujeto a un coihue cercano a la playa, estaba el viejo bote de madera, allí había quedado desde la última vez que lo utilizaron. Miró el interior y vio los remos, también lo que fuera una lata de aceite “Cocinero”, que utilizaban para “achicar” el agua que se filtraba entre las maderas.

Buscó en la camioneta el viejo Jumpa, ese que, enganchado en la popa del bote, parecía un “alguacil”, así le llamaban a las libélulas que solían acompañar los días de pesca, cruzando el aire con su forma de helicóptero. Cargó la caña y el cajón de madera y, ayudándose con un remo, clavándolo en el lecho del lago, puso a flotar a ese cascaroncito de madera. Enganchó el motor, que suavemente se hundió en el agua, le enroscó una soga en la polea de arriba, tiró fuerte un par de veces y, luego de “toser” un par de veces unas bocanadas de humo azulado, comenzó a ronronear suave.

Navegó paralelo a la costa, justo donde comienza el veril. Solía ir tirado en la proa, mirando, de un lado, el lecho del lago, donde se veían troncos, piedras y arena y, del otro lado, el oscuro abismo de las profundidades. El viejo bote de madera color verde musgo abría el pecho del agua suave, impulsado por el motorcito. Cerró los ojos y le pareció ver al viejo armando la caña para dejar que el caimán se fuera despacio, cabresteando por el agua, buscando alguna presa.

Dejó, por un momento, el mando del motor y sacó del cajón una tablita, que apoyó en uno de los asientos. Cortó un pedazo de queso, otro de salamín y, acompañado de un trozo de pan, lo saboreo sin prisa, sintiendo el mismo estado de felicidad que le provocaba de niño. Hoy se daba cuenta de que aquello era la felicidad y quizás uno de los legados más grandes que aquel hombre le había dejado. Tomó la bota y miró al cielo, como en una ofrenda, la alzó y dijo “salud”; luego, dejó entrar el chorrito de vino en su boca.

En un rato más, estuvo en la desembocadura del arroyo. Ese era el lugar. El viejo le buscaba despacito para ver si lograba el ansiado pique, pasando una y otra vez, cruzando el cauce que cantaba entre las piedras blancas y bajando desde adentro del bosque a meterse en el lago. Pasó una vez, dio la vuelta y se acercó nuevamente. Sintió que era el momento. Guió el bote lo más cerca que pudo de la orilla, cuidando de no encallar, sacó del cajoncito una especie de bombonera de madera, cerró los ojos y la apretó contra el pecho. Una huala soltaba un lamento desde la bahía, parecía haberlo estado esperando.

Destapó el cofre y soltó las cenizas que contenía en el lecho del arroyito que, ondulando suave, se las fue llevando hacia adentro, hasta allá, adonde se aquietaba en el inmenso espejo del lago. Cerró los ojos y sus lágrimas rodaron, yéndose en el agua junto a su padre.

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