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EMOCIONES ENCONTRADAS

Por los caminos patagónicos - Por Edgardo Lanfré

El transporte por los desolados caminos de la Patagonia suele ser una verdadera odisea. No el de algunas empresas dedicadas a ello, sino el de solitarios propietarios de colectivos que “inventaron” líneas y recorridos. Obviamente, el asfalto trae progreso y aparecen colectivos modernos y frecuencias variadas para satisfacer el traslado de pobladores rurales. Nuestra Linea Sur no ha sido la excepción. Hoy ya hay algunas líneas pero, hasta no hace mucho, se escuchaba por LU8 (o radio Nacional después) el aviso de que Transporte El Torito o El Pampa (por citar algunos) anunciaban el recorrido que realizarían en los próximos días. Al escucharlo, los pobladores organizaban su día para estar a la hora que más o menos se calculaba iba a pasar el colectivo. No sólo por la ruta 23, también por algunas ramificaciones de ésta, que llegan a algunos parajes.

Obviamente, el servicio era precario pero de un alto valor solidario; el propietario de la unidad oficiaba de chofer, camarero, guarda, valijero y todos los menesteres que el viaje requiriera. Más de algunos inviernos han “peludiado” en la nieve y el barro, demorando el recorrido ante la paciente espera de los pasajeros a un costado de la ruta. Sin dudas, hay una cantidad de anécdotas que han dejado los transportistas de la región; vamos a citar sólo un par, a modo de homenaje a aquellos pioneros.

Cierta tarde, en un paraje alejado de Bariloche, subió un poblador y sin mucho rodeo le comentó al chofer que tenía envuelta en una arpillera media res de capón, la que deseaba llevar a su casa del pueblo, para consumo familiar. Sabido es que no se puede pasar carne faenada por los controles policiales, pero este hombre quería llevar “su” carne. El chofer, sabedor de esta necesidad, lejos de negarle aquella acción, rápidamente se puso del lado del paisano y elaboró un ingenioso plan. Como el colectivo venía a medio llenar, acondicionaron el capón en un asiento, allá en la última fila, contra la ventanilla. Le pusieron un poncho que andaba por ahí (de esos que utilizaban los pasajeros para poner sobre su falda para paliar la falta de calefacción) y un sombrero en el cogote, medio caído hacia adelante; de lejos y a lo oscuro parecía alguien entregado al sueño.

Al llegar al control policial, ya detenido el vehículo, subió un agente a inspeccionar y semblantear al pasaje, la oscuridad y la escasa luz del interior del colectivo jugaban a favor. El policía preguntó al chofer, a quien conocía, como iba todo, mientras curioseaba hacia el interior del micro. El chofer contestó tranquilo, sin pestañear siquiera: “lindo nomás che, toda gente de la zona. Aquel del fondo se quedó dormido hace un rato, viene medio descompuesto, mejor dejarlo descansar…”. Fue suficiente para que el agente descendiera y dejara continuar el viaje.

En otra oportunidad, ya de noche, transitaba un colectivo entre Mencué y General Roca. El chofer, que venía mateando con un pasajero, detuvo la marcha al ver una luz y un cono en la ruta. Era un control policial. El agente solicitó revisar las bodegas, que están por debajo del vehículo, a los costados. Como estaba bastante helada la noche, le dijo al chofer que se quedara a bordo. Este, aprovechando la detención, le pidió al cebador de mates cambiar la yerba, por lo que tomó la calabaza y, tras abrir la ventanilla, la sacudió hacia afuera, vaciando el contenido. Sintió una voz de alerta y un insulto entre dientes. Pronto estuvo frente a él aquel policía, con su gorra y uniforme llenos de yerba, exigiendo una explicación.

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