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Cosa de mapuches

César Aladino Currulef, de acendrada raigambre mapuche, escritor, político y periodista, educado por los padres salesianos que tanto influyeron en su vida, dejó páginas inmarcesibles sobre sus paisanos, los indios, como a él le gustaba decir.

En una de sus esclarecidas notas sobre esta temática, hizo enseñanza de la cultura de sus ancestros. En “Cosa de indios”, escribe César lo siguiente:

“Del progreso, como de todos los seres y las cosas de este mundo, se puede tener conceptos diferentes; con más razón en el imperio de los indios.

Al decir del poeta: “No tuvieron mis padres araucanos cimeras de plumaje luminoso, no descansaron en pastos nupciales, no hilaron oro para el sacerdote… y en la cepa secreta del raulí creció Caupolicán”.

De estas voces arcanas, fundamento coplero en el acervo popular, aparecen cinco siglos de desencuentro, que hoy día me llevan a destacar fragmentos de los “Grandes caciques de la pampa”, escritos por don Luis Franco: “Aunque no está descontado que el más remoto hábitat de las razas indias de nuestro extremo sur sea la Patagonia, es más probable que fueran indios de origen chileno los que en tiempos de Colón poblaron los Andes australes y nuestras pampas hasta el río Salado, por lo menos. Araucanos de boleadoras (no querandíes isleños y de flechas) serían, pues, los que, sin retroceder ante los caballos, le tumbaron el suyo a don Diego de Mendoza e izaron su cabeza en alto. Ercilla dejó constancia de que los puelches, indios de este lado de los Andes, prestaron ayuda a Caupolicán. Estos araucanos de la pampa sabían mucha geografía. Conocían la flora chilena del sur, empapada de lluvias, y su frecuente piso de ciénagas, y la cordillera con su maravilla y su terror –decimos-, con su estatura celestial y su encumbrado cementerio de cráteres y fríos infrahumanos. Y conocían las travesías desalmadas del oriente, en el que el sol hace de ascua y la tierra de parrilla, y donde la luna es dulce y tibia como la leche. La pampa en la que el horizonte condesciende al nivel de los umbrales y en que el pastizal es una alfombra sin orillas”.

Allende los Andes cuajó el poderío indígena, y tras las sierras sanluiseñas asomó la Santa Federación de todas las tacuaras de la pampa y de la falda de los Andes.

Los Calfulcurá reinaron por más de cuarenta años. Fue Piedra Azul, la ley del Talión, fue un Demóstenes de vincha; Calfulcurá mejor que nadie, veía y sentía cosas con ojo y corazón de indio. Así y todo, cayó el cacicazgo en pelea desigual en esta tierra de uno… porque la regalada cama en la que dormía era la húmeda tierra empantanada, epitafio ercillano por antonomasia.

La tierra de uno es una hermosa e impostergable pasión. ¿Se podrán devolver las tierras algún día? El derecho de la propiedad privada es tan viejo como el mundo, pero sabemos quién manda y quién las tiene. Una mezcla del bien y del mal compone este mundo. Por ellos nos regimos.

He recorrido el vasto desierto rionegrino; desde niño conocí lagos y montañas, cuando grande la meseta del Somuncurá me mostró otro concepto de la libertad, del poder y de la propiedad. Y el mar, en más de una ocasión, me recuerda quienes llegaron trayendo su precepto de libertad, de poder y de propiedad.

Ahora escucho el ruego de la nación mapuche, basado en la libertad del poder y el derecho adquirido, que trastocan sentires muy profundos, que respeto y quiero por ser hijo legítimo de América.

Las luchas siempre existieron y dejaron un vencedor de quinientos años, vencedor de mis padres, como el de cientos de miles de indígenas que pueblan la Patagonia del Septentrión.

Si pretendemos una nación, no podemos hincarnos doblando a duelo; si queremos una nación, deberá ser en el campo de la igualdad; si aspiramos a recuperar identidad y derechos; traspasemos la generación presente y venidera, la cultura visceral, argamasa del pueblo indio en su lucha perdurable y reivindicativa, forjando en la probidad hombres y mujeres; ocupando escaños decisivos ante la sociedad occidental y cristiana, que regla el mundo actual y conocido.

Es la tierra de valor inmanente, consuetudinario, pero es también coesencial a la formación del ser, que necesita cobijo, aliento y dignificación; entonces, por ahí, comience una nueva nación.

Jorge Castañeda
Escritor - Valcheta

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