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EMOCIONES ENCONTRADAS

Mamuel Choique - Por Edgardo Lanfré

Mamuel Choique es un racimo de casas al que el camino cruza al medio y que, apenas por unos metros, lo divide en dos, ya que pronto se va meseta adentro, dejándolo atrás, en busca de otros parajes. Todo es gris: las paredes, los techos, los árboles sin hojas de este otoño, el polvo, la tierra.

Lo único que se eleva, queriendo mirar el caserío desde lo alto, es el tanque de agua de la vieja estación, donde las locomotoras de “la Trochita” pasaban a saciar su sed. Este pueblo ya se olvidó del día que pasó el último tren. Quizás las vías anhelen aquel traqueteo de los vagones que venían perdidos entre el vapor de las negras máquinas que, con su silbo, quebraban el aire anunciándose desde Jacobacci de paso rumbo a Esquel o viceversa. La estación está desierta, vacía, abandonada. Gime la brisa helada del mediodía en el esqueleto añoso de hierro y maderas, de lo que alguna vez fuera un vagón de cargas.

Más allá de alguna casa, cruzando la ruta y en una lomita, está la escuela. Preside su patio un mástil con una bandera que se mezcla casi hasta confundirse con el cielo celeste de la estepa rionegrina.

Es domingo, se supone que debe ser un día un poco más calmo que los habituales. En estas soledades, cualquier gesto rompe la paz de los días, que se empeñan en parecerse unos a otros. La gente anda agitada, expectante, ansiosa. Cada tanto miran hacia el oeste, con sus ojos mansos y distantes, hurgan la distancia por el coironal, entre las lomadas. Esperan.

Desde hace días, anuncia la radio la llegada de una caravana solidaria. Los niños, ajenos a todo, corren y juegan; más niños que otros niños, sin más mundo en sus vidas que el que desgranan día a día en su campesina inocencia las obstinadas maestras que sólo tienen por herramientas el orgullo y la vocación. Los gobiernos hace rato que dejaron de prestarles atención y, si la escuela sigue en pie, más allá del techo y los ladrillos, con el alma de pie, es por el silencioso patriotismo de los maestros, que se empeñan en que la escuela no termine como la estación. Aquí duele la patria, la profunda, la de carne y hueso, la postergada.

Cerca del mediodía, allá a lo lejos, una polvareda anuncia la proximidad de la caravana. Son una docena de camionetas y vehículos todo terreno que se acercan. Vienen cargadas con lo obtenido en Bariloche, a través de una campaña solidaria y con algunos pedidos puntuales enviados oportunamente a la radio, esa que sujeta la soga, que los mantiene cerca del recuerdo, peleando olvidos.

Los vehículos traen hombres y mujeres de la ciudad, muchos de ellos vienen a curiosear esta atrayente geografía de la “Línea Sur”; otros son hijos de ella, que aún vueltos puebleros, no olvidan sus raíces. Son los “Amigos Todo Terreno”, así se han dado en llamar; orgullosos lucen sus camperas todas iguales que los identifican.

Uno a uno, los vehículos van ingresando al patio de la escuela, ante el ladrido obstinado de los perros y espantando a los caballos palenqueados por allí cerca, que temprano han traído a algún poblador, desde un campo vecino.

Los recibió Nelson, Lonco de la comunidad, quien presuroso alzó su voz por sobre el alegre murmullo de la llegada y ordenó al gentío asignando tareas, junto a Rubén, coordinador de la caravana. Pronto se armó una cadena humana que iba y venía, como hormigas, desde los vehículos a las aulas, cargando bolsas, bultos, colchones, alimentos... esperanza.

Un clima de euforia los acompaña; hasta algún abrazo hubo, soltando una emoción contenida, acrecentada por el largo camino recorrido.

“Goyo” estacionó su camión y luego de bajar las compuertas, comenzó a descargar las chapas, ellas prometen dar batalla a las goteras e impregnarse del humo de la bosta seca quemada, que ha de escapar de las chimeneas. Qué lindas se ven las chapas en manos de gente solidaria y no en las mugrosas manos de los políticos, que juegan con las necesidades de la gente.

Los pobladores guardan una serena ansiedad. Los niños miran pasar esos bultos y se preguntan si estos no son aquellos reyes magos, de los que se habla tanto, que andan en camellos y que por aquí no han pasado nunca. Una madre mira y aprieta en sus brazos a su bebé, un poquito más fuerte que de costumbre, con sus ojos lagrimosos.

Susana tiene una lista en sus manos, pero no necesita mirarla. Su cabeza tiene todo ordenado y sabe qué cosa hay en cada bulto o caja. Es maestra jubilada, curtida en esas lides y la vocación anda por su sangre, más allá de los años que cuente algún archivo.

“Esta caja llevala allá...”, “los colchones en aquella aula...”, “La comida traiganlá acá...”

“Tomá, acá tenés las botitas para tu nene, las que habías encargado. Son un poquito más grandes, pero mejor, así duran más”.

“Yo vengo por lo que haya. Si sobra algo y me lo pueden dar, les voy a agradecer”, dice un gaucho, al que la pobreza no le ha tapado la dignidad, para ser solidario con quien necesite, aún más que él.

Después del almuerzo comunitario, se armó la rueda grande y, de alguna camioneta, salieron acordeón y guitarras, llenando la siesta del paraje. Rancheras, valses y chamamés mientras, en las aulas, seguían repartiendo la ropa y los víveres.

Algunos se fueron en sus camionetas hasta un paraje cercano, a entregar cosas a gente que no tenía como llegar. Al rato regresaron. Jorge, temblando de emoción, peleando porque la realidad no se le vuelva rabia, al toparse en un ranchito perdido, con un cacho de humanidad adentro, aferrado a su paisaje, ejerciendo el derecho a habitar su suelo y que compartió con ellos el último puchito de yerba que le quedaba. Allá los mandó de vuelta, con toda su realidad tiritándoles a flor de piel.

Una olla gigante hierve el chocolate con leche; humeante hará más linda y distinta la merienda de esta tarde. Corre el mate, de mano blanca a mano oscura, de mano mapuche a mano gringa, en termo o pava. “Humildito” el mate, no pregunta, entibia y une, socializa y charla.

Ya comienza a atardecer y es la hora del regreso. Una larga fila de manos que se tienden y mejillas que se besan. Más de uno muerde un llanto emocionado. Es la satisfacción del deber cumplido, sabedores y cómplices de intentar ponerle una bisagra a la historia del pago chico.

Se armó de nuevo la caravana, las camionetas más livianas, las almas cargadas y en silencio. Los ojos van dejando atrás Mamuel Choique. La tarde se va cayendo entre las lomadas, los cerros se recortan en el atardecer de la estepa que, allá al fondo, pareciera incendiarse en las nubes.

Junio avanza y un aire helado que anuncia el invierno cierra el día. Pero, por dentro de los vehículos, crece el calor, ese que viene de abajo, el que calienta lindo, ese que es sólo de los que se animan a sentir, a exponerse a la emoción de parir un tiempo distinto, que venga desde la tierra, desde el arraigo y sin postergaciones.

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