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EMOCIONES ENCONTRADAS

Que fácil se hace hoy andar en bicicleta, en las modernas mountain bike, con esa cantidad de platos y piñones agarrados de las ruedas que parecen una torta de hojaldre. Quienes van transportados por ellas aparentan no hacer esfuerzo. Viéndolas, me vienen a la memoria aquellas que utilizábamos cuando chicos, las de calle, con un modesto piñón y un plato, con las que era una maravilla andar cuesta abajo y para los laterales del pueblo, pero cuesta arriba, ¡te la encargo! Había que subir llevándolas al lado de uno o animarse a pedalear hasta donde aguantaran las piernas, parados, agarrados del manubrio para poder hacer más fuerza.

La bicicleta - Por Edgardo Lanfré - 

La evolución normal era la bici chiquita, con las rueditas a los costados, la 14, 16, 18… y así llegar a la 28. No vale mucho reparar en aquellas plegables (Aurorita, Fiorenza, sólo por citar algunas), tenían un canastito por delante y un portaequipajes. Solía ser una muestra de acrobacia llevar a algún amigo parado, sujeto a nuestros hombros por detrás. Nada tenían que ver esas bicis con nuestra fantasía de verla como una moto, en las que descollaban nuestros pilotos en las carreras de motocross en el circuito de cerro Otto o en Colonia.

Las plegables eran un peligro. A más de uno le pasó que se le desarmó en pleno pedaleo o por el traqueteo entre el ripio, provocando una situación angustiante, al ver que, por un costado, la asentadera amagaba rebasar al manubrio con nosotros encima, inevitablemente aquello terminaba en una rodada. Las rodado 18 en adelante, de cuadro triangular (de varones), pronto eran adecuadas al estilo deportivo (lo que hoy sería “tuniarlas”) bajo la desaprobatoria mirada de los viejos, que recalcaban el esfuerzo realizado para comprar aquella bicicleta a la que nosotros modificábamos.

Una incursión por lo de Baratta, El Piñón, Pochi o lo de Ramírez, permitía surtirnos de “fierros” para personalizar nuestro rodado: manubrios palomita, manoplas especiales (opcional si queríamos flecos sobresaliendo), cinta de plástico para encintar el cuadro, unos guardabarros cortitos, reemplazando a los envolventes que traían de fabrica y varios elementos más. La chapa plateada que cubría el plato y la cadena era retirada, producía un molesto ruido a lata que nada tenía que ver con el ronronear del motor de una Gilera o Zanella que intentaba imitar nuestras voces.

Recuerdo haber visto a un amigo del barrio que se metía entre el cuadro de una enorme y pesada bicicleta, aquellas negras con freno a varilla y rodado ancho, en la cual no llegaba a trepar al asiento y se las ingeniaba para pedalear y manejar de costado. Estas bicicletas también venían en un modelo de reparto, con una especie de cajón de caños por delante (algunas de estas utilizaba el afilador).

A la hora de frenar, a veces se prescindía del freno en el manubrio y se lo hacía metiendo la zapatilla entre el cuadro y la rueda de atrás, presionándola con la suela. Una canchereada deliciosa, el placer de verla “sacar la cola” a la bici, derrapando. Recordar los tirones de orejas por lo gastado de las zapatillas nuevas opacaría este relato.

Cada uno debe tener alguna anécdota sobre dos ruedas. Me viene a la memoria una que me contaron hace algunos años, la cual le sucedió a un vecino, trabajador gastronómico, allá por los años 70. El hombre desempeñaba sus tareas en el hotel Pilmayquen. Temprano, a veces, aun antes de que aclare, rumbeaba desde algún lugar del barrio Lera hacia el hotel, sobre la costanera. Bajaba derecho por la calle Elordi que, al llegar a su intersección con Moreno, obligaba a doblar ya que subía desde el paredón de Mitre, haciendo que esa última cuadra fuera contramano. Esto no era obstáculo para nuestro joven amigo ya que se recostaba a los autos estacionados y, con cuidado pero no despacio, bajaba esos últimos cien metros de contramano, y luego doblaba hacia la izquierda, descendiendo el trayecto de Mitre, a la que separa el paredón, luego una cuadrita por Onelli, O´Connor y ya estaba en su trabajo.

Marchaba todo sobre ruedas (nunca más oportuna la frase), sólo que a unos cincuenta metros del paredón, bajando por Elordi a bastante velocidad, comprobó la rotura de los frenos de su bicicleta. No tuvo tiempo a nada, cuando se quiso acordar, se estrelló de frente contra el paredón. La bicicleta quedó estampada, él no. Dio una vuelta por el aire, despedido hacia adelante por la inercia, pasó por encima del paredón y cayó del otro lado. Fue una caída de unos cuantos metros que podría haberlo hecho aterrizar en el asfalto. Tuvo la suerte de caer sobre el techo vinílico de un Chevrolet Rally Sport que estaba estacionado. Luego de pasado el susto y refregarse algún machucón, tomó lo que quedaba de su bicicleta y, un poco más tarde que de costumbre, llegó a pie a su trabajo.

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