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EMOCIONES ENCONTRADAS

Un picadito inolvidable - Por Edgardo Lanfré

El picadito en la calle estaba reñido como nunca. Ese día, no había venido el Flavio, que tenía una número cinco que era una maravilla, así que la pulpo número tres saltaba enloquecida entre el pedregullo de la calle del barrio Lera. Los dos arcos hechos con un bultito de ropa sobre piedra bocha o ladrillos y los laterales eran las cunetas a ambos lados. ¡Qué problema cuando se iba la pelota ahí! ¿Cómo sacarla sin mojarse o embarrarse?

El partido era de toques cortos y a rastrón. Ya una vez, el Tincho, creyéndose Pinino Más, agarró el “fulbo” de bolea y lo clavó en la ventana de doña Irma; el vidrio no se rompió porque Dios es grande, pero se suspendió la actividad por unas semanas y la canchita se mudó más cerca de la esquina. Algún chofer, cada tanto, doblaba con su auto y había que suspender las acciones. Se quedaba cada uno en su lugar y el que portaba la pelota la pisaba hasta que se decidía recomenzar.

Generalmente, aquel picado se armaba después de las cinco de la tarde, cuando llegaban los que iban a la escuela; ni el guardapolvo iban a dejar a la casa, allá quedaba junto al portafolio a un costado. Adrián la tenía atada a sus zapatillas. Las Flecha la amasaban y parecían dormir a aquella pelota que lo buscaba, pegándosele; su casa estaba en la misma cuadra de la “canchita”.

Dobló en la esquina un Falcon color crema, lo dejaron pasar y se estacionó a la altura del córner. Un “uh” generalizado se escuchó, “¿justo ahí tenías que estacionarte?”.

Adrián estaba recostado a la izquierda, esperando el pase en cortada que seguramente le pondría el Seba. Al detenerse el juego, aprovechó para atar sus cordones. Estaba en eso cuando vio descender del vehículo a su maestra de quinto grado, que había llegado hasta allí llevada por su esposo. Se le heló la sangre, sintió derrumbarse el mundo, ¿qué hacía ahí?

Rápidamente, mientras se incorporaba tratando de no llamar la atención mezclándose entre el resto, repasó en su memoria ese día y los anteriores, buscando algún motivo para que su maestra, a la que había visto hace un rato en el aula, esté parada golpeando las manos frente a su casa.

Ella era recta, pero lo quería bastante, más allá de alguna ida al rincón o un llamado de atención, no pasaba. Esa tarde, había estado tocando la guitarra en el recreo, en el aula. Era una vieja guitarra que solía utilizar “la de música”. A Adrián, le encantaba la música, era su otra pasión aparte del fútbol. Como en su casa no tenía una, cada vez que podía, se le prendía a aquella de la escuela. Ya en un acto, había cantado una zamba que dejó rastros en algunos corazones. ¡Justo hoy tenía que venir! El sábado era su cumpleaños y esa mujer parada frente a la puerta de su casa amagaba opacar los festejos.

Tito, que estaba de arquero, miraba a la casa y a su amigo, levantando las cejas en un claro gesto de duda e intriga, cualquiera fuera la derivación de aquello estaría a su lado, espalda con espalda, como reclaman los códigos.

Las dos mujeres conversaban distendidas, sonrientes, lo que calmó un poco los ánimos del muchacho. De pronto, su madre lo llamó; la suerte estaba echada. Secó la transpiración de la frente y luego la nariz con la manga de su remera, y allá fue, estoico, a afrontar lo que fuera.

La maestra le dio un beso y se fue hasta el auto. Del asiento de atrás sacó una guitarra, envuelta en un nylon, nueva, brillante, preciosa. Aquella señora había detectado la vocación de su alumno y se llegó hasta la casa, pero antes de entregársela, pidió autorización a la madre. Todo un gesto de amor hacia el niño y de respeto a la autoridad materna.

Con los años, Adrián pisó los escenarios y, cada tanto, allá en alguna silla, en la platea, reconocía a su maestra, aquella que le paralizó el corazón en medio del picado pero que le marcó una canción para toda la vida.

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