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¿Hasta cuándo Catilina abusarás de nuestra paciencia?

El poder corrompe a las personas. “Y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Los políticos, salidos del mismo pueblo que representan, son los más vulnerables y proclives a usar el poder indiscriminadamente y muchas veces en contra del mismo pueblo. ¿Puede la democracia poner un freno a esos excesos? 

Estos modernos emuladores de Catilina se visten de soberbia, hacen lo contrario a lo que prometieron en la campaña, juran por Dios ante los Santos Evangelios y después cometen todo tipo de latrocinios y tropelías amparados en los fueros y en las prebendas que da el poder.

¿De dónde sale la plata para las campañas políticas? ¿Cuánto le pagan a los medios para tener periodistas adictos y adocenados a su relato? ¿Por qué casi todos incrementan escandalosamente su patrimonio y nadie los controla? ¿Por qué tienen jueces adictos que durante el tiempo en que ellos están en el poder no los investigan? ¿Por qué los señores parlamentarios son simple levantamanos y aparceros de estos mandamases? ¿Hasta cuándo mantendrán los subsidios y los planes sociales en vez de generar fuentes de trabajo? ¿Por qué no reducen los gastos de la política e implementan una reforma impositiva donde paguen más los que más tienen, en vez de generar una deuda externa cada vez mayor, que ellos seguramente no pagarán?

Dijo Marco Tulio Cicerón en el año 55 a.C: “El presupuesto debe equilibrarse, el Tesoro debe ser reaprovisionado, la deuda pública debe ser disminuida, la arrogancia de los funcionarios públicos debe ser moderada y controlada, para que Roma no vaya a la bancarrota, la gente debe aprender nuevamente a trabajar, en lugar de vivir a costa del Estado”.

El poder ejercido en forma despótica aunque se vote en democracia y funcione el Parlamento abre las puertas al autoritarismo, conduce a la decadencia de la Nación y la despoja de todo orgullo imperando una democracia meramente formal, que vota cada dos años solo para guardar las formas.

El esclarecido escritor rumano Emile Cioran escribió en su exilio en París que “las naciones sin orgullo ni viven ni mueren. Sólo la pasión podría liberarlas de un destino monótono. Pero se llega a un punto en que ya ni hay pasión”.

Lamentablemente una clase dirigente que no ha estado a las alturas de las circunstancias desde hace muchos años “nos ha desviado hacia el vacío de una democracia sin República, no participativa. Y a una libertad sin responsabilidad cívica, sin civismo. La política se nos ha transformado en un carrerismo casi deportivo cuya meta es el poder (o mejor, el puesto público) sin que exista dirección moral programática o patriótica. Nos estamos acostumbrando a ver a los políticos como protagonistas de una eterna, frívola, cuadrera electoral (con todas las astucias y trampas de los pura sangre de provincia”.

“Nuestro Parlamento y las legislaturas provinciales son irrisorios, sin debate, movidos por lo peor de la democracia que es el totalitarismo sordo de las mayorías”.

El que tiene la mayoría no busca consensos, no dialoga, no construye desde la pluralidad, porque están enfermos de poder y a veces lo detentan en forma desvergonzada contra los mismos ciudadanos. Aumentando las tarifas de los servicios públicos, no respetando la división de poderes ni dando participación a las leyes que al país le interesan y necesita en forma imperiosa.

Nada de eso sucede, se solazan en los votos que obtuvieron como si eso les diera derecho para todo.

“Ahora –dice Abel Posse- no nos quedan alternativas; o logramos desplazar la ineptitud y la corrupción movilizándonos democráticamente para re-institucionalizar este país desarticulado o estamos en la puerta de la anarquía, cuyo color, como sabemos, es el de la sangre”.

“Estamos en un país frivolizado, farandulizado, de hedonismo estúpido. No se puede ser complaciente”. La Patria –ese dolor que nunca cesa- nos necesita más que nunca.

El Catilina de Cicerón muchas veces ya no viste la toga de los tiranos sino el traje con corbata de los políticos, su sonrisa estereotipada y las mentiras cuando están de campaña.

 Jorge Castañeda
Escritor – Valcheta

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