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EMOCIONES ENCONTRADAS

-  Aquellos viajantes - Por Edgardo Lanfré

Hace poco, en una despensa de mi barrio, pude ver a un muchacho que me precedía (era vendedor de algún mayorista) que, con un celular, seguramente a través de una aplicación, enviaba el pedido que le iba haciendo el comerciante. No pude menos que recordar a aquellos viajantes que, hace ya bastantes años, llegaban a Bariloche como parte de la “gira de venta”, la cual arrancaba desde Buenos Aires o Bahía Blanca y ellos iban “peinando” la ruta, pueblo por pueblo, levantando pedidos.

 

Por lo que pude observar, desde mediados de los años 60 hacia acá, por la actividad comercial de mi familia, estos hombres llegaban en sus vehículos, luego de traquetear bastante en las huellas de tierra, portando unas inmensas carteras, similares a las que utilizábamos para el colegio, en las cuales contenían carpetas con folletería y listas de precios de diferentes productos, ¡eran un hipermercado mayorista ambulante!: legumbres, harinas, azúcar, yerba, sal, etc. Rubro por rubro iba ofreciendo y el comerciante pedía cantidad (a veces tentado por la habilidad del vendedor). El viajante tomaba nota pacientemente en unos remitos, los que luego ensobraba para enviarlos por correo a la casa central desde donde, luego de algunos días, llegaría la mercadería por tren o en camiones.

Arrancaba de temprano la venta, acompañada por mates y café, con una pausa para el almuerzo y religiosa siesta (muchas veces, en la misma casa del dueño del comercio) y luego se seguía hasta la hora de cierre, continuando al día siguiente si era necesario. La gira de estos caballeros duraba meses; muchos de ellos bajaban por la ruta 40 (la verdadera, la de antes) llegando hasta Santa Cruz para luego retornar por la 3 bordeando la costa.

Se entablaba una amistad entre viajante y comerciante que superaba la relación comercial y se trasladaba a la familia. Muchos de esos trotamundos terminaban siendo padrino de algún recién nacido y, a veces, llevaban encargues a la gran ciudad que nada tenían que ver con su oficio.

Obviamente el paso de estos hombres por tantos pueblos dejó un reguero de anécdotas y contadas de la más variada especie. Sólo para ilustrar, contaré una. Un viajante se encontraba en el comercio de un “turco” (etiqueta que engloba libaneses, sirios, árabes, etc.), que como casi la mayoría de los de la colectividad tenía “boliche”. La venta transcurría por los carriles normales, interrumpida -cada tanto- por algún cliente que era atendido por el propio turco o por su esposa, una señora bastante más joven que su marido; ella iba y venía tras el mostrador.

En un momento, aquel comerciante se retiró a atender a alguien y el viajante aprovechó para curiosear las estanterías que lucían varios de los productos que él correteaba, con una etiqueta sujeta por una chinche en la madera que lucía el precio puesto con fibra o lapicera. Cuando volvió el “turco” el hombre le preguntó: “Y ¿cómo anda la patrona? ¿Se mueve?”. La reacción del dueño del comercio fue inmediata. Se podría decir que se prendió fuego; sin mediar más palabras y en muy malos términos, “invitó” al viajante a retirarse inmediatamente del local, dando por terminada la visita y la amistad.

Luego de un rato, gracias a la intercesión de un comerciante vecino, lograron hacerle entender al “turco” que el viajante se había referido al aceite La Patrona en botellas de litro y medio, esas que él vendía y había observado en la estantería, justo cuando la esposa del “turco” iba pasando.

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