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Otoño de funcionarios

Es en otoño, no hay dudas. Las hojas caen y se levantan otra vez porque el viento decide que se queden un poco mas, dando giros como de despedida tal vez, hasta que aparece la lluvia y aun asi no se van, solo se empapan y se comprimen. El acto siguiente lo realizan los muchachos que barren las calles y envuelven al otoño en bolsas y se lo llevan en camiones para que cumpla su ciclo en alguna otra parte.

Todo es muy poético, sino fuera porque los seres humanos elaboramos críticas y juzgamos... al otoño, al viento, a la lluvia y a los otros seres también. Juzgamos y condenamos. Hace un tiempito nomás, una banda de funcionarios se adueñaron de la mina esta que lleva una balanza en una mano y una espada en la otra y con los ojos vendados imparte la justicia. Se pusieron muy de acuerdo y rajaron al tipo que hacía de intendente, culpable, entre otras cosas, de un levantamiento social que sembró el caos en la ciudad. Eso estuvo grave, lo de los saqueos. Pero después se armó un interinato que se suponía iba a poner las cosas en su lugar y traería la paz a la aldea. Fué peor. 

En los saqueos se perdió mucho dinero, materiales, tiempo y mucho miedo. Pero no murió nadie. En el interinato, hasta ahora, varias vidas se segaron en sucesos incontrolados. Un policía, una mujer inocente, varios hombres, casas incendiadas y unos barrios en pie de guerra que no se sabe cuándo van a explotar. Todo eso en un par de meses que se van a extender hasta septiembre porque también se decide cuando hay que soltar a la chica de la balanza.

¿Quién juzgará a los que juzgan antes de que vuelva a ser temprano? Porque para los muertos es demasiado tarde y si suceden las tragedias no hay una garantía de que no vuelvan a aparecer.

Es decepcionante asistir a ciertas determinaciones en el poder y más cuando suceden casi originalmente, en unos pocos lugares. Los golpes de estado civiles y constitucionales son ideas de Paraguay, un lugar que no es muy histórico por sus democracias y con un largo antecedente de desaciertos. Y nuestros ilustres representantes copian de los malos mostrando al mundo una joven historia que se puede alargar. Ciento once años es bien poco para una ciudad, pero puede ser una eternidad cuando no se sabe a donde ir.

Criticar y juzgar al otoño y a los elementos no es grave, es apenas el folclore de algunas personas. Tomar determinaciones desde el poder y caer en peores situaciones sí que es espantoso. Deberíamos interrogarnos a nosotros mismos antes de proceder. La palabra autoridad significa auto-conocerse a si mismo y  es la única manera de saber si seremos capaces de hacer las cosas mejor.

Una carta orgánica escrita para la ciudad no es una garantía de que aprendimos a manejarnos con el otoño, con las hojas, con las lluvias y con los vientos. Mucho menos con los seres humanos.
 
Juan Romero 
(*) [email protected]

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