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Wilson Saliwonczyk, el de la payada filosa

Cada décima, una proclama. Cada décima, una proclama.

- CANTO EN EL “ENCUENTRO PARA REENCONTRARNOS” - 

“Soy un guacho lacaniano”, “Milonga queer” o “Arjona y el espiritismo” son algunos de los títulos de sus obras. Pero como buen cultor del género, es diestro en el canto repentista que en su caso, es inseparable de la realidad política y social.

Por Adrián Moyano

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El hombre honra la payada pero no está en Jesús María. A su izquierda se levanta un enorme kultrün y banderas mapuches flanquean el espacio escénico. En sus décimas nombra a Rafael Nahuel y pide la libertad de Milagros Sala. Hace caso omiso a los 31 grados que el cemento del Centro Cívico debe elevar y a pesar de la profundidad de sus mensajes, provoca periódicas carcajadas. Wilson Saliwonczyk cumple una mini-gira por la región, pero no para aprovechar la temporada turística. Se sintió convocado como el rocío por el amanecer al cumplirse el primer aniversario de la virulenta represión que sufrió una comunidad mapuche.

“Mis primeros juguetes fueron las palabras”, le dijo el payador de apellido difícil a El Cordillerano. “Siempre me fascinó el mundo de las palabras, de las rimas, de la poesía, de las etimologías, los dichos populares, los distintos lunfardos de los distintos lugares, las lenguas y sobre todo, los idiomas que pertenecen a los pueblos que resisten y luchan como el mapuche o el vasco. De chico improvisaba sin saber que existía la payada y después de más grande, descubrí que eso tenía un nombre y una forma. Y en otros lugares, otros nombres y otras formas, como el hip hop”.

En general, se asocia la payada al tradicionalismo, al folklore de ponchos rojos más capaz de consagrar sus cantos a los caballos que a la gente. “He sido dignamente expulsado de esos ámbitos (risas), con dolor y después con alegría. Fue un proceso de maduración que se fue dando, estoy muy orgulloso de haber aprendido de los payadores legítimos, de ser un payador que aprendió de otros payadores… Están los payadores que están invadidos por la retórica nacionalista o tradicionalista, pero también está la línea de los payadores anarquistas, como Martín Castro, Carlos Molina o Luis Acosta García, payadores muy conscientes de los problemas contra los cuales luchamos fervientemente”, diferenció Saliwonczyk.

A partir de aquel distanciamiento, “los lugares a donde nos invitan a cantar son como este (El Kultrunazo). Tenemos un problema porque la gente que nos quiere no tiene capacidad de darnos trabajo, hay que calcular que en cualquier municipalidad donde la gurisada no tiene agua potable se gasta un millón de pesos en el Chaqueño Palavecino y cuando tiene 10 artistas de esos se gastan 10 millones de pesos. Esa plata no la destinan a una murga, a un centro cultural independiente o a sus propios artistas locales… Algunos sí, algunos directores de Cultura se dan cuenta de esto pero bueno, estamos felices y orgullosos de que sea esta gente la que nos convoque, la gente que está dando una lucha que no se puede no dar porque si bajamos los brazos nos matan”, señaló categórico.

Ningún fantasma

Según el payador, “esta no es una elucubración o un fantasma: el Estado está matando un chico por día en los barrios cada 23 horas, hay más de dos mil chicas secuestradas por las redes de trata, el paco mata un chico por día, siete de cada 1.000 chicos mueren por desnutrición en un país que produce montañas de alimentos y así sucesivamente… El Estado también es responsable de los femicidios que hay a diario y por supuesto de las matanzas a los pueblos originarios, que no son de ahora ni del gobierno anterior, sino de los últimos 530 años. Entonces, no es una metáfora decir que están en la trinchera dando la lucha imprescindible: no pueden bajar los brazos porque sino los matan más aún. A mí me gusta mucho tener este tipo de amigos y de compañeras”, ratificó.

A pesar de la densidad de los temas que inspiran sus décimas, imposible escuchar al oriundo de Los Toldos sin sonreír. “El humor es la espada de los de abajo. Es un género muy agudo, de hecho hay una forma en el español que a los chistes les llama agudezas. Con humor en un chiste se puede hacer explotar un montón… Recién leí una camiseta que decía: Lo esencial es invisible al Estado... Entonces, no es el humor de reírse del gordo, del puto, del indio, del negro, del villero… Todo lo contrario, es usar el humor como un arma más, como se usa el mecanismo de la metáfora o de la música para pegarle al poder en todas sus formas: el Estado, la Iglesia, la lengua instituida, los saberes hegemónicos, la universidad, la escuela, en fin a todo lo constituido como opresión”, enumeró.

En la súper calurosa tarde del miércoles, honró el canto repentista. “La espontaneidad en el contexto es muy linda en la payada, es muy linda para improvisar y es un desafío hermoso. Uno involucra y hace cómplice a la gente que está ahí y de esa manera, es una forma de encontrar las cosas sobre las que vale la pena cantar. Casi es un canto comunitario, entonces es muy bonito cuando eso sucede y en contextos como este no es una excepción. Un payador no tiene que ser un chupa medias del poder, un tradicionalista o un careta”, desafío Saliwonczyk. Ahí quedó el guante…

La palabra viva

En general, los músicos de la mayoría de los géneros pierden intensidad en el trayecto que media entre el vivo y el registro en un estudio. En el caso de los payadores “más todavía”, admitió Wilson Saliwonczyk. Es que la payada, “es la palabra viva por completo. Yo creo que la industria de la cultura, frase aberrante que usa el Estado, la industrialización de la cultura y la masificación del arte van rompiendo lo comunitario en el arte y los lazos comunitarios. La gente se va volviendo cada vez más individualista, se sienta en su casa frente a un plasma que mide una hectárea y mira el recital de Miranda en vez de juntarse con el vecino a guitarrear, en vez de juntarse en la plaza a escuchar la batucada, la murga o el candombe. Pero en el arte comunitario nos fortalecemos porque es mucho más elocuente que la lengua común”, señaló.

En esa línea, “me gusta que la payada siga siendo un canto comunitario y no un ejercicio de poder de estos escenarios de ahora que son como catedrales. La industria de la música afanó el formato de la iglesia, haciendo escenarios grandes como si fueran catedrales. Crea ídolos, crea fanáticos, crea gente que trae un mensaje, la misa, la mística… Todas esa retórica que creó la industria para que el que está arriba del escenario, ejerza un poder sobre los que están escuchando”, dictaminó Saliwonczyk. Entre hoy y el lunes estará en Esquel, El Bolsón, El Maitén y Lago Puelo, sucesivamente.

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