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“El amateur” enfila hacia la Fiesta Provincial del Teatro

Una escena entre “Pájaro” y “Lopecito”. Una escena entre “Pájaro” y “Lopecito”.

- DESPUES DE PRESENTARSE EN ARAUCANIA - 

La obra que protagonizan Mariano Beitía y Dionel Ocampo se despidió momentáneamente de Bariloche, con buena repercusión de público. Su actuación en Río Colorado está prevista para el sábado con dos funciones.

Por Adrián Moyano
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El espacio escénico está dispuesto a ras del piso, como un largo rectángulo al que se delimitó con tubos fluorescentes. Las primeras filas de espectadores están a un metro de los actores y en ocasiones, a menos. La oscuridad será una constante en la puesta de “El amateur” que pensó y ejecutó Vanina Santoriello, con la actuación de Mariano Beitía (Lopecito) y Dionel Ocampo (Pájaro). Esa especie de pasillo imaginario hará de ruta que guiará las desventuras del ciclista.

Curiosamente o quizá no, hace 20 años que Mauricio Dayub estrenó su obra. Al año siguiente, a partir de un guion propio, su trabajo se hizo cine con la dirección de Juan Bautista Stagnaro. Entonces, hay que decir que el grupo alQuigre (Alquimia y Sangre) asumió un desafío de importancia al elegir la dramaturgia del entrerriano, porque no sólo se transformó en película, también alumbró una sucesión considerable de puestas y versiones.

La acción arranca explícitamente de noche, detrás de un paño que deja ver en sombras a Lopecito y a Pájaro. Los dos irrumpen en el rectángulo – pasillo con linternas y se dejan asombrar por la elegancia del recinto (Salón Araucanía). Visten de blanco inmaculado aunque denotan sino pobreza, considerable austeridad: calzoncillos largos, camisetas, alpargatas, gorras… Echan varios brindis a instancias del primero, quien lleva un “tetra” y un par de vasos. Tenue atmósfera de marginalidad.

Pájaro se muestra remiso a celebrar de esa manera porque tiene que cuidarse. Pero ante la insistencia de su compañero, accede a unos tragos a través un truco: hablar mientras bebe… La dupla parece divertirse. Pronto Lopecito se revela como amante del tango y nostálgico bailarín, a la vez que hace saber que extraña sobremanera a su compañera de danzas. Por su parte, Pájaro nos hará saber que atesora un sueño como ciclista de elite, aunque con metas de pibe de barrio o pueblo.

Su anhelo será el que movilizará la trama porque Lopecito más bien se refugia en la añoranza, en el recuerdo de un pasado que de manera evidente, fue para él más venturoso. Muy flaco y alto, Pájaro sueña de manera recurrente con un viaje hasta el Sol, con Ícaro que insiste en invitarlo porque a pesar de la cercanía, aquel no quema. Durante el día, ese mensaje onírico se transforma en la búsqueda de superar un récord.

Aliento permanente

Es conmovedor el esfuerzo del ciclista. Lopecito está ahí para alentar a su compañero, para asistirlo cuando flaquea su voluntad, para alimentar el sueño central con otros: una recepción triunfal en un estadio imaginario, repleto de público y coberturas periodísticas. La presencia de su madre, una ceremonia de premiación cuyos detalles se planificaron con precisión milimétrica. Una fiesta del pueblo…

Pero antes de llegar a la meta hay que entrenar y superar los obstáculos. Parecieran más infranqueables los interiores que los reales. Lopecito quiere que su compañero se suba a una bicicleta pero éste no la ve. Demora en alinear su imaginación en el mismo sentido hacia donde apunta el bailarín de tango pero finalmente, logra ese cometido. Entonces, es pura velocidad y ritmo, concentración y mirada hacia delante. Pedalea y pedalea Lopecito para apurar su preparación.

El amateur habla de superar centenares de horas sobre los pedales. Ya está exhausto y enfermo de dolor, cuando todavía restan 10 horas para batir el récord. ¡Nada menos que 10 horas! A punto de desfallecer, vuelve su compañero a esforzarse en su discurso para que recobre los últimos bríos. Pájaro saca fuerzas inexistentes de flaquezas y se dirige hacia aquel anfiteatro pleno que desborda de entusiasmo, con mirada tenaz y gesto adusto.

La llegada se produce y por Lopecito, sabemos que la alegría es inconmensurable. Pero dura muy poco. El protagonista de la hazaña se desploma entre sus brazos para no volver en sí, a pesar de los esfuerzos angustiados por reanimarlo. La ensoñación y la muerte se mezclan, cuando el amateur vuelve en sí de improviso para recordar una vez más a Ícaro, quien palabras más, palabras menos, le dice: ¿viste, flaco? No quema.

Pero vaya si duele… La versión barilochense de “El amateur” evidencia un esfuerzo considerable en el diseño de la puesta y en la construcción de los personajes. Se estrenó varios meses atrás y en sus planes, está participar de la inminente Fiesta Provincial del Teatro, que arrancará en unos días más en Río Colorado. Como suele suceder, allí se consagrará a la obra rionegrina que después, representará a la provincia en la Fiesta Nacional del Teatro. Allí van entonces, de nuevo Lopecito y Pájaro. La mirada fija en el horizonte, las sonrisas, los músculos tensos… Pura ilusión.

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