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Demanda que en vez de añejarse, rejuvenece

O un pelícano o una valija… (Foto Joaquina Romero) O un pelícano o una valija… (Foto Joaquina Romero)

- “PUNTOS SUSPENSIVOS” EN LA LLAVE -

Bajo la dirección de Julio Benítez, Bárbara Marigo y Melisa Rodríguez se agigantan en una trama que vincula memoria, búsqueda y esperanza. Pero ya no sólo en relación a los 70, sino al presente.

Por Adrián Moyano
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Teatro de cámara. El espectador está tan cerca de las actrices que no sólo puede escuchar el jadeo de su respiración, también puede advertir la humedad de sus ojos y cómo pierde precisión el rímel a medida que la acción avanza. A priori, el espacio escénico está delimitado por tres filas de asientos en disposición rectangular pero sólo a priori. Uno de los personajes ingresará a la acción desde atrás y en varias ocasiones, los dos superarán el perímetro. En más de una oportunidad quien observa deberá privilegiar porque si enfocara su visión sólo hacia adelante, habrá alternativas que quedarán fuera de su campo.

En la noche del sábado tuvo lugar otra función de “Puntos suspensivos”, obra de teatro que lleva un par de años en cartel aunque con presentaciones espaciadas. Tiene como intérpretes a Bárbara Marigo y Melisa Rodríguez, dos actrices tan jóvenes como convencidas. Y convincentes… La dramaturgia que llevan a escena tiene la firma de Javier Santanera, texto que ganó el Concurso de Dramaturgia Patagónica 2015. La dirección corre por cuenta de Julio Benítez, que de convicciones entiende bastante.

La acción arranca con un despertar. Pero ese abrir de ojos no es plácido, ni cómodo. Más bien es trabajoso, difícil y ruidoso. A la mujer (Marigo) no le alcanza con levantar las cobijas de una cama inexistente, más bien tiene que desembarazarse de una funda o quizá de una piel, como el gusano cuando sale de su capullo. Respira ruidosamente, perturbada… Al incorporarse busca sus zapatos y cuando logra dar con el primero de ellos –estaba debajo de una de las sillas de la pequeña platea-, éste imprime a su pierna movimientos involuntarios, como eléctricos. Pocos amaneceres tan incómodos.

La primera exhibe alguna elegancia en su atuendo, aunque descuidada. La segunda (Rodríguez) está descalza, lleva un gorro de lana, un pantalón algunos talles más grande y un pullover de proporciones similares. Sin embargo, el sufrimiento está más a flor de piel en la que recién despertó.

Habla de una búsqueda, de memorias, de prohibiciones… No recuerda el nombre de aquella otra mujer que añora encontrar. Ni siquiera el suyo propio recuerda.

Entre enojos y comprensiones

Las dos mujeres establecen un contrapunto que en ocasiones sabe de enojos, en otros de comprensión. A veces afloran recriminaciones y demandas. Podría pensarse incluso que no se trata de dos, sino más bien de diferentes voces en la conciencia de una. El texto es más bien críptico melisa rodríguez y bárbara marigoaunque en ocasiones, incurre en explicitaciones que no dejan duda alguna. Por ejemplo, cuando el personaje de Marigo enumera los eufemismos con que se denominaban procedimientos de tortura durante la última dictadura cívico militar: submarino, parrilla… Por si quedaban dudas, se disipan y está claro de dónde y cuándo data la búsqueda.

La tensión aflora cuando la chica del gorrito de lana divisa algo en las alturas. Mientras una sostiene que se trata de un pelícano, la otra arriesga que más bien es una valija. Las posiciones se tornan irreductibles y la disputa verbal se hace física, cuerpos que se trenzan en lucha insospechada sobre el suelo. El temblor del pugilato hace que el buche que fuese –pelícano o valija- se desfonde con violencia y caigan sobre las contendientes decenas, centenares de fotografías. La cantidad hace que una primera se extravíe, se pierda. Desaparezca… Era la que retrataba a la mujer que aquella del despertar tumultuoso, busca. La desesperación camina a la par de la desmemoria.

Pero la segunda joven promete que encontrará la estampa. Descuidada, se había limpiado la nariz con ella y luego había confundido a la retratada con un hombre. Esas faltas no podrán pasarse por alto… Desde ese momento, las dos revisarán pacientemente una y otra imagen, con más resignación que confianza, aunque la palabra esperanza se las arregle para colarse y ser pronunciada, a pesar de la prohibición que sobre ella rige. Esperanza, brama el personaje de Marigo. Esperanza…

Si bien la referencia a las desapariciones de los 70 es más bien explícita, cuando la chica de la ropa holgada comienza a enumerar nombres de mujer en su afán de dar con la identidad de la buscada, la invocación puede asociarse con la violencia de género que en los últimos cinco años se tornó despiadadamente visible. Al nombrar a cada una, el cuerpo de su compañera de búsqueda recibe fusilamientos, puñaladas, golpes, torturas, más golpes, que sólo se interrumpirán ante desgarradores pedidos de basta. ¡Basta!

En el ámbito del rock suele decirse que tal grupo o canción envejecieron mal… La expresión refiere a determinadas formas de interpretar el sonido de una época que en ocasiones, quedan burdas o incluso hasta grotescas para la presente. Con “Puntos suspensivos” sucede exactamente el fenómeno inverso, comenzó a pensarse unos años atrás cuando la necesidad de ejercer memoria, verdad y justicia en relación al Terrorismo de Estado, gozaba de más urgencia que en la actualidad, en términos de opinión pública.

Después de la última escena, que encuentra a las dos mujeres de rodillas y abrazadas, las luces de Pablo Beato se apagaron. Las actrices se incorporaron, se ausentaron por segundos y retornaron al espacio escénico con los carteles más vistos en la Argentina en los últimos 40 días: los que reproducen el rostro de Santiago Maldonado. A pesar suyo, “Puntos suspensivos” rejuvenece en lugar de envejecer, como (casi) todos quisiéramos… De ahí el silencio después de los aplausos, de ahí el nudo en la garganta. De ahí las lágrimas, otra vez.

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